Último verano en Stalingrado, novela

domingo, 20 de marzo de 2011

Convalecencia

Tendría que haber ido a almorzar con mis amigas y no fui. Festejaríamos el cumpleaños y podríamos conversar entre todas, al aire libre, disfrutando el privilegio de un domingo a pleno sol en el Bosque.
También tendría que haber ido a visitar a mi amiga P, y tampoco fui.
Tenía muchas ganas de verlas a todas, pero no hay con qué. A fuerza de engañarlo por varios días con un híbrido entre aliviadores ortodoxos y alternativos, mi cuerpo se impuso a mi deseo y se despertó resfriado, entumecido, cansado y sin tonicidad muscular como para andar de pie.
Mientras tanto en mi cabeza merodean la frustración, la culpa y la ansiedad de estar en la cama mirando  por la ventana como Dios o el Universo nos hace este regalo otoñal de plenitud.
Circulan por todas partes eslóganes de síntesis entre tradiciones filosóficas, religiosas, psicológicas y medicinales, Al final, pueden resumirse en pocas palabras. El cuerpo dice basta cuando necesita descansar. Somos tan necios a veces que no escuchamos las señales.
Me abandono a la lectura de Alice Munro pero una vocecita interior me tilda de cobarde a cada rato. Dormir de día, encerrarme con este sol, siempre me ha parecido una suerte de pecado de desagradecimiento. Como si el carpe diem implicara necesariamente la salud plena y su ausencia momentánea supusiera una agachada, una traición a la vida. Se me ha reprochado más de una vez postergar los placeres en nombre de las responsabilidades. Y sin embargo, la obligación de disfrutar a como de lugar también a veces cuesta caro. Hay días en que, definitivamente, somos Margarita Gautier.

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