Último verano en Stalingrado, novela

miércoles, 23 de diciembre de 2009

"Contra la eternidad", según A


Me habla del libro que está leyendo, como habla ella, A., cuando está entusiasmada: abriendo grandes los ojos para acentuar alguna idea, gesticulando con las manos, femeninas, de dedos finos y uñas arregladas, y con esas humoradas ingeniosas que se cuelan hasta en sus argumentos más densos. Hay ciertas frases que pronuncia que se me hacen herencias del léxico familiar -como diría la extraordinaria Natalia Guinzburg- de esos códigos que heredamos de nuestros antepasados (de los que nos hablaron con palabras y de aquellos, incluso, que nunca conocimos y hablaban en lenguas que no comprendemos con nuestra razón, pero aun así, nos dicen de ellos y de nosotras). Como si en el léxico del humor no hablara ella sola, sino que fuera la intérprete de un estilo familiar al que ha terminado darle una forma personalísima.
A mí me hace reír.
(A veces, su arquitectura del lenguaje me causa tanta gracia como algunas frases de Chesterton o de Bioy: inteligentes e ingeniosas, y debo disimular, porque cuando el contenido de su discurso es "serio", y hay otros presentes, me mirarían acusadoramente, sin comprender que no es falta de respeto ni desubique: es goce ante la palabra que baila al son de músicas nuevas y con imágenes de edificios de Gaudí.)
Por supuesto, logra picar mi curiosidad. Es por su manera de contar, por su entusiasmo, que quiero ya leer el libro de Jean Allouch del que me cuenta: a partir de tres textos, uno de una escritora japonesa (ella no recuerda el nombre, desde ya, eso no tiene importancia, pero yo hoy lo googleo y veo que se trata de Yoko Ogawa), otro de Lacan y otro que...bueno, en fin (es Mallarmé), el libro Contra la eternidad, nos explica, a E. y a mi, habla un poco de como dejar morir lo que ha muerto, cómo impedir que viva para siempre, hasta matarnos.
La escritora japonesa cuenta la historia de un lugar al que la gente acude a guardar las cosas que no quiere dejar ir (¿dejar morir?). Y enseguida pienso en todos los muertos que cada una de nosotras cargamos, los que están bajo tierra y siguen habitándonos; los que se encarnan en diversos significantes de nuestra cotidianeidad; en el peligro de convertir nuestros hogares-y nuestras vidas- en mausoleos, donde ya no quepa ni un poco de aire para respirar, y bailar, y pintar, y cocinar en esas noches en las que una realmente tiene ganas, tiempo, acariciando las hojas verdes de las lechugas y las endivias, regándolas lentamente, como si fuera una caricia, con oliva, moliendo pimientas de distintos colores sobre las hojas frescas, mientras tomamos una copa de vino fresco y revolvemos una salsita liviana en la que cuece una carne que serviremos tan tierna como manteca, cuando lleguen aquellos a los que deseamos agasajar.

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