Último verano en Stalingrado, novela

viernes, 21 de agosto de 2009

Sueño con una falsa máscara japonesa


Quizá porque estuve hablando con E. de Mishima y de Confesiones de una máscara.
Quizá porque la muerte anduvo merodeando por donde no debía.
Quizá por una llamada inquietante que vino a perturbar mi precario equilibrio.
Anoche soñé que entraba en un palacio, cuyos muros descascarados dejaban, todavía, visible, los rastros de grandes frescos al estilo pompeyano. Y en cada habitación, un coro, una barra siniestra de mujeres de todas las edades, que no tenían nada que hacer pero permanecían allí, me observaba como a una curiosa discrepancia con el ambiente.
Tenía que hablar con una persona importante. Era importante porque tenía la llave de mi seguridad laboral. Esa persona no estaba y se hacía esperar largas horas, y yo sabía, en el fondo, que nunca llegaría, que una vez más postergaría una decisión que afectaba mi mundo todo.
En cambio, debía entrevistarme con su delegada. Una mujer grande que, tras una máscara al estilo de una ópera o del teatro japonés (kabuki), pese al maquillaje blanco de gruesa capa, no lograba ocultar su locura ni su maldad.
A mis preguntas, respondió con desafinados cantos en un idioma desconocido.
Y hui de allí, para salvarme, aunque sabía, pese a que se trataba de un sueño, que hay momentos en los que no es posible escapar ni salvarse de lo que viene.
Y como escribía Girondo, recordé que: "La desorientación de mi generación/ tiene su explicación en la dirección de nuestra educación, cuya idealización de la acción, era - ¡sin discusión!-/una mistificación, en contradicción/con nuestra propensión a la meditación, a la contemplación y
a la masturbación."

1 comentario:

la vida abierta dijo...

muy lindo el suenio/pesadilla. a veces lo que se viene tiene la inexorabilidad del pasado, a veces no.