Último verano en Stalingrado, novela

lunes, 3 de agosto de 2009

Niña vieja 2


Acerca de ella,o más bien, de mi relación con ella, es posible que no pueda agregar demasiado a lo ya dicho en otros post.
Y sin embargo...
Ella siempre, aun en su inquietante parálisis, ausencia de movimiento, silencio, se las ingenia para hacer algo no haciendo.
Es como una estatua que, al contemplarla desde distintos puntos de vista (como espectadores, la rodeamos, nos movemos, intentando captar alguna esencia, descifrar un misterio que se nos vuelve más esquivo a cada nuevo intento) nos revelara nuevas facetas.
Incluso, en las sombras que proyecta, creemos poder descubrir nuevos sentidos de su gesto inmóvil.
Ha tenido la osadía de comunicarse, con esa curiosa estrategia suya de hago como sino hiciera, es decir, lanzo la piedra, tomo un pequeño riesgo sin consecuencias para mí pero cuyo daño (al otro) finjo no sospechar, con mi hijo. Y con total desparpajo le ha dicho más o menos lo mismo que a mí. Que lo quiere y que lo extraña, bla, bla,bla, pero que necesita estar tranquila.
Estar tranquila parece querer decir: no puedo verte, porque verte me perturba, me intranquiliza, altera mi paz. Es decir: es tu culpa que no te vea, a pesar de que quisiera verte.
De todas las excusas posibles para engañar a un niño, aun cuando sea uno mismo el que está tratando de engañarse y justificarse, utiliza una muy ruin. Pudo haber dicho: estoy muy ocupada, enferma, de viaje. Incluso, algo que se pareciera un poco a la verdad: estoy enemistada con tus padres y, aunque eso me entristece, no encuentro la manera de verte porque no quiero (puedo, sé cómo) resolver mis problemas con ellos y entonces, no puedo (quiero) verte.
Lo que no ha calibrado es que el niño que ella supo conocer ya no existe, ha estado muriendo como morimos todos a la infancia y en su lugar, lenta pero inexorablemente, ha nacido un adolescente que ya no se deja engañar con esa clase de tonteras.
Mientras tanto, arrinconada en su determinación de permanecer como niña, ella languidece sin asumir la adultez ni el paso del tiempo.
Me apena que su proyecto de vida se parezca tanto a la muerte y más aun, que de estas palabras que arrojo en el vacío, ella no comprendería, probablemente, nada.

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