
Me gustaba tanto que me dajaba sin aire, de sólo imaginarlo.
No recordaba que se pudiera desear tanto a alguien, porque había dejado atrás los quince y los dieciséis hacía mucho.
Cada mañana me duchaba, me peinaba y me vestía encendida con la idea de cruzarlo. Y lo cruzaba. Aparecía dando la vuelta de la esquina en el lugar más inesperado y yo, que iba manejando, estaba a punto de chocar.
El ni me veía, pero yo sentía que me latía hasta el empeine y que mi vida era eso: deseo y deseo de ser deseada y casi nada más. Una canción para evocarlo, escuchada una y otra vez y una conversación con alguna amiga, para contarle (también una y otra vez) cómo me lo había cruzado al dar la vuelta de la esquina.
Tenía esas sonrisas sobradoras y cancheras que de chica me dejaban, igual que ahora, sin aire.
Averiguaba cosas de él, con el entusiasmo de un espía muy bien motivado en plena Guerra Fría y la expectativa del águila que, desde cualquier altura, divisa a la presa.
Hacía una pavada detrás de la otra, exponiéndome no sólo al ridículo sino también a la humillación.
Y las hacía, junto a mis amigas, por toda la ciudad, recorriendo de Norte a Sur el casco urbano y más allá. Sintiendo esa mezcla densa de histeria, de ansiedad y de postergación (de la satisfacción) que crece como los tilos en La Plata.
Me dejé besar a las apuradas en el baño de un antro y embarqué a mis amigas en proyectos desatinados e inapropiados para mujeres adultas. Es cierto que ellas se lo pasaban muy bien en esas aventuras nocturnas (y noctámbulas) en las que lo único que era mayor a mi deseo era mi ansiedad. Ardía, pero no "ardimos", como en el viejo tema de Los Peregrinos.
Por seguirlo a él, redescubrimos la ciudad, la noche, los tragos, las calumnias y el chisme en bares de rock y de treinteañeros como nosotras: algo deprimidos, un tanto decepcionados, con varios fracasos a cuestas y mucho culto al arte.
Cuando lograba acercarme cara a cara, en lugar de besarlo, me salía agredirlo. Un tonto, dos tontos, tres tontos. A veces la calentura se mezcla con el desprecio y la autoestima se afianza en rechazar a quien no nos ha propuesto nada.
Jugamos un jueguito tan histérico que se parecía a una canción de los Virus que atrasaba veinte años pero, aun así, daba para jugar, porque era primavera, porque estaba mutando de piel, porque me acostaba y pensaba en él y no podía respirar.