lunes, 25 de mayo de 2020

Algunos de mis animales predilectos este otoño

Leía como Carlo G hablaba de la influencia de los cuentos que le leía su madre en la infancia en sus elecciones adultas.
Su gusto por la Historia, las brujas, los hechiceros ...
Imaginaba a Natalia G, inclinada junto a la cama de su pequeño hijo, la niña durmiendo cerca, la lámpara de noche ilumninando su prematura viudez, la guerra rompiendo todo y el suicidio del amigo poeta.
Ella, gastando las suelas de su único par de zapatos, trabajando día y noche para procurarle el pan a sus pequeños.
Leía un rato y el viento sacudía las ramas del limonero y el laurel.
Escuché el trote del animal cansado: pasaba un cartonero con su carro y un tapaboca que no dejaba descubrir si era un joven avejentado por la injusticia o un viejo que se escondía por pudor o cansancio. 
Los cuentos de la infancia y la lengua materna que nos hacen.
Las palabras de la otra mujer (siempre hay otra mujer, incluso cuando solo nos queda el espejo y el encierro). Yo sentía su dolor, su lamento cayendo en saco roto.
Lloraba por un hombre al que estaba deseando con desesperación, como se desea lo que pudo haber sido. 
Un hombre que yo intuía incapaz de dar nada, un hombre roto en el instante primario en que la lengua materna nos hace y a la vez, nos parte , nos separa, nos arroja al mundo para que hagamos de ese dolor y de ese miedo algo amoroso.
O perezcamos en el intento .

Un hombre que siempre estaba en otra parte, saltando de cuerpo en cuerpo, bebiéndose como un nectar venenoso su propio palabrerío de un amor que no sabía sentir, y no se cansaba de fingir imitando el discurso amoroso de la lengua materna, tal vez para llenar un vacío que era como el abismo de la película de Cameron, pero sin fin.

Leía las palabras del gran  historiador como si fuera un narrador se historias inventadas, y bebía mi copa como si creyera que si puedo elegir entre los animales, me gustaría que sea  el que habita las zonas frías, los cuentos populares rusos  y te puede abrigar con su pelaje y cuidarte de otros predadores.
Ese animal, y también una perra compañera y un gato que vuele.


jueves, 23 de abril de 2020

El tiempo hace caprichos

Había salido, había pisado el otoño y lo había visto sobre su pequeñez, habitando las copas de los árboles del barrio lleno de ausencias.
Se había cruzado con un viejo cartonero que arrastraba un carro desvencijado por la avenida y la miró con unos ojos acusadores que a la vez parecían pedir disculpas por la falta de barbijo.
Y ella fue la que agachó la cabeza y hundió la mirada en su pecho, y ni todo su barbijo ni todo su agotamiento, su esfuerzo, su entrega, eran nada al lado de toda esa falta.
Llegó a la verdulería y sintió que toda su queja egoísta , la plata que no alcanza, el trabajo que es siempre excesivo, la angustia por las personas que quiere, todo eso no se mitiga con el dulce jugo de las manzanas, pero su familia puede comer y ella puede pagar.
Y el frescor de la rúcula , el goce de las uvas... Tanto para pocos y tan poco para tantos ...
El mundo se ha convertido en la pesadilla que la ciencia ficción venía anunciando.
Ella, que no sabe nada, cada tanto sospecha y es como hundirse en las sombras de algunos cuadros de Goya, Cronos devorando a sus hijos y también Los desastres de la guerra ...
Y quién sabe por qué la camioneta cubierta de hojas amarillas, las calles vacías como en una escena guionada por Oesterheld pero en colores, le hizo pensar en una calle de Palermo, calle de adoquines, en algún invierno muy pero muy lejano ya, un domingo a la mañana , el cuerpo saciado, caminar bajo copas otoñales de árboles que no sabía si volvería a ver, subir al auto, poner música , tomar la avenida santa.
Y descubrir - cuando a lo largo de los años fuera volviendo a esa calle, o a otra, pero siempre a esos besos matutinos sin mate, parte que realmente odiaba la de sin mate, pero que la noche, la cena, el vino, el sexo, justificaba- que el tiempo hace trampas y caprichos con nuestra vida.
Pandemias.

jueves, 16 de abril de 2020

Como esas cosas que sabíamos que un día llegarían

Fue como tantas de esas cosas que sabemos antes de que nos las digan. No porque una sea particularmente intuitiva ni nada por el estilo.
Es tal vez que el cuerpo a veces lee la gestualidad ajena , o capta el clima, como una partícula molecular no virósica y saca conclusiones antes que se active la parte del cerebro donde pensamos según la lógica, si es que tal cosa existe.
Sabemos a veces de esa forma, por ejemplo, que una persona ha muerto un poco antes de que nos lo digan, o que alguien está por llegar, o que tu pareja te mete los cuernos, o que alguien va a traicionarte, aunque las señales sean imperceptibles e inconectables racionalmente .
Conscientemente.
Como cuando sabés que tal persona se está acostando con la misma persona que vos, aunque nadie lo haya dicho.
Y de paso te das cuenta ahí si la persona con la que te estás acostando realmente te importa.
Del mismo modo.
Con ese saber del cuerpo .
A veces no queremos saber.
Nos resistimos .
Hacemos enormes esfuerzos para no ver lo evidente, no escuchar los aullidos, no oler lo salvaje de la desesperación que rasca las puertas.
Las puertas de las casas, las iglesias , los asilos.
Las puertas y compuertas que pueden abrir los diques, dejar salir todo este inmenso llanto que contenemos para no derrumbar a otros.
Para no derrumbarnos.
Para no ser ríos correntosos de lágrimas por el mundo perdido .
No es que fuera un gran mundo, pero era el nuestro.
Y allí, a nuestro modo, nos amábamos y amábamos la vida lo suficiente como para salir a pelearla todos los días.
Es como esas cosas que sabíamos que un día llegarían....y aun así no estamos preparados.

¿Quién despedirá a nuestros muertos?

¿Quién despedirá a nuestros muertos, a los que se van sin los ritos funerarios? ¿O acaso no hay una historia de tragedias humanas que se originan en no poder cumplir los ritos funerarios?
¿O acaso no sabemos en Argentina demasiado de esto, de no poder tocar, ver los cuerpos de aquellos que amamos y se van?
¿O acaso no tuvimos suficiente?
¿Cómo seremos cuando termine la mutación, cuando las fosas comunes sean visitadas por los deudos, cuando dejemos de ser zombies?
¿Cómo será el amor, cómo será el encuentro, el sexo, la caricia que calma a una extraña o un extraño y que nos hace humanos?
¿Cómo seremos con los que en su avaricia sin fin se quedan con todo, con toda el agua, con toda la comida, con todas las vacunas, los barbijos, los cielos, los bosques, respiradores, camas, la paz, las fiestas, los campos de verde amor?
Culto a los muertos, reconocer el linaje del cual venimos. Cultivo de alimentos, reconocer que pertenecemos a la especie, y debemos dejar ese saber y ese nutriente a los que vienen.
¿Cómo compartiremos el pan, compañeras, compañeros?

martes, 31 de marzo de 2020

El único antídoto

Tiene razón E. Venimos hablando, como con varixs amigxs.
El mundo se convirtió en un asteroide que va cobrando cada día más velocidad y no sabemos exactamente cuándo ni cómo será el impacto.
Ni que dejará en pie.
Me acuerdo de aquella película ya clásica de J. Carpenter, Príncipe de las tinieblas. De como el mal en su esencia está escondido en una micro partícula.
Guardada en secreto.
Por miles de años.
Hasta que.
El único antídoto eficaz parece ser el amor al prójimo, con su ética de servicio y de sacrificio, de renuncia a las comodidades superfluas pero no al goce de la vida. Ese gran mensaje que no hemos podido jamás escuchar y hacer real y que, sin embargo, insiste en reclamar nuestra atención.
Lo que angustia, a fin de cuentas , lo insoportable , es temer por los que amamos y por el mundo que acá perdimos .
No es que el mundo fuera la gran cosa , tan hediondo de injusticias y crueldades .
Pero es lo que conocemos , lo que acunaba nuestros sueños y daba forma a nuestras pesadillas .
No hay manera de despertarse cada día sin resistirse a la idea de que esto, y todo lo que ni nos atrevemos a pensar, esté ocurriendo .
Pone patas para arriba el sentido de todo lo que hacemos y pensamos .
Decimos cuando esto pase, pero no hay experiencia, ni individual ni colectiva .
Ni al I Ching me atrevo a consultar.
Y cuando cae la noche, miramos este cielo sin saber si es el mismo de ayer o de mañana .

domingo, 29 de marzo de 2020

Quinta estación. Cuarentena

Y en la cuarentena , como si fuera una quinta estación, se precipitan (como en los preparados químicos) algunas soluciones.
Y algunas confusiones se disipan.
Es como entrar a otro orden del mundo en lo pequeño y en lo grande.
En primavera hay renacimientos, grandes enamoramientos, besos sonreídores y Martinis; en verano pasiones eróticas efímeras (y algunas que duran por décadas), Gin Tonic, Black Mamba; en invierno enfermedades e introspecciones que se llevan mejor con cognac, que no bebo, y tinto que disfruto; en otoño sexo melanco y té con jenjibre, miel y limón ...
Y en Cuarentena caen muchos velos.
Ni Apolo, ni Dionisio, querido Friedrich N.
Más Lou Andreas o Sabina Spilrein.
Se acomodan los melones y el amor sale nadando después de pasar esas rompientes engañosas.
Mar adentro, como bailando con delfines y surfers en un atardecer en Arenas Verdes.
Las pasiones de ayer (ayer es la estación anterior a la Cuarentena , tan cerca , tan lejos) ya consumadas o consumidas.
Los payasos apiñados en el circo ya no asustan ni hacen daño .
Oh libertad de este encierro.
Quizá en las próximas citas, cuando volvamos al deseo expresado de manera tangible, importe mucho menos la estupidez de aquello que me hacía decirte todo el tiempo quizás quizás quizás (pero mejor no) y pueda decir, probemos antes de que el invierno sea cada vez más crudo y más largo.

miércoles, 25 de marzo de 2020

Oh, Francis. ¿Y cómo serán los que vengan después?

F.S.F, El Crack-up, 2011, 
Buenos Aires: Crackup
“Una generación nueva, que se dedica más que la última
a temer a la pobreza y a adorar el éxito;
crece para encontrar muertos a todos los dioses,
tiene hechas todas las guerras y debilitadas todas las creencias del hombre”.
(F. Scott Fitzgerald, 1925)


¿Y cómo serán los que vengan después? 
Ya no sé en cual de los ensayos de El Crack up, que se publicó en 1945 y post mortem, retoma el genio de Francis Scott Fitzgerald esa idea que ya estaba en El gran Gatsby.
Me ronda Scott en estos días, como si fuera un hombre del que podría haberme enamorado en medio de este Apocalipsis. Ya no sé si me llega su nombre #SignificanteAmorPosible por el cansancio del trabajo sin pausa, sin descanso y sin rutina, si es la cuarentena, si la falta de tiempo hasta para esta escritura/desahogo, si los miedos por las personas que amamos y por el mundo que conocimos y ya no será de nuevo.
¿Y cómo sería un hombre así, un hombre formado antes del crack up, un hombre para acompañar este nuevo Crack up global? ¿Y cómo sería una mujer así, una Zelda del siglo XXI antes de su propio crack up?
Un hombre capaz de captar la sutileza en la belleza de un acorde de su propia factura, un hombre capaz de la poesía en el dibujo o en la palabra, y de abrazar con más amor que vanidad.
Un hombre que escribió, o escribiría, o escribirá: "después pasé muchos años borracho y después morí". (F.Scott Fitzgerald, 2011: 254) y también "Nunca deseé que hubiese un Dios a quien visitar; a menudo deseé que hubiese un Dios a quien agradecer" (2011: 255).
No sé si alguien así se detendría en alguien como yo, trasnochada rusa, cansada, alienada en el trabajo y que no sabe más que de excesos.
G dice que sus amigos le dicen cosas de mí, cosas lindas. Pero eso pertenece a un mundo que ya no existe.
Y aun si existiera, ya no me embriagan las palabras que sólo pueden sostenerse haciendo equilibrio en las barandas de balcones aceitadas. Abajo, las avenidas desiertas, arriba, el cielo que no toma nota de nuestro pánico.
Aunque tal vez Scott F (lo llamaremos así de acá en más, es posible) por eso quiebra también. No sólo por la locura y la pasión con que ama a su compañera, ni por el alcoholismo o los Locos Años Veinte.

Ni es sólo por la Guerra y por el Fin de Todo lo que Amaba.

Sobre todo, el fin de la belleza humana, esa que se hace también del tiempo para el goce, para la conversación, para tirarse en el piso de una cueva a escuchar tambores de otros mundos o guitarras del futuro.

 Cuerpo a cuerpo.

Como era en el mundo pre avatares y algoritmos ,  como era antes de que habitáramos las catacumbas sin salir a la superficie, cuando lo humano habitaba en el contacto entre los cuerpos y los androides no dominaban el planeta.

Fuego de antes y de ahora, niños encendidos de alegría, comida para los hambrientos y asilo para los sufrientes. Una cueva de amor cristiano. Una pandemia de generosidad.

Pero nuestro Francis (también lo llamaremos así) la ve venir. Cae en todos los pozos, entiende más de lo que los demás creen. Escribe como desde una máquina del tiempo. Y sufre por esa humanidad sin nobleza ni tiempo para apreciar lo bello y lo triste.

Tal vez si Scott estuviera acá, sino fuera un completo borrachín ya, sino todavía un hombre capaz de discernimiento, si me mirara como alguien que puede ver más allá de su ombligo, yo en lugar de arrojarme al abismo de su mirada lo estaría mandando a comprar víveres o a podar las enredaderas, o a hacerme reír en la ducha.
Él por supuesto no iría.
Y yo me quejaría amargamente de su falta de sensibilidad y de pragmatismo.

Y no sé por qué desearía que compensara todo recitándome un poema de Pavese en italiano.
Sería como un acto de locura.
Sería como si V no hubiera muerto y me besara co sus labios gruesos y sus ojos verdes sonrientes y encendidos.
Y brindáramos si temor a contagiarnos  más que de alegría de haber sobrevivido a este holocausto.

Pero a veces ni los Apocalipsis logran que se encuentren los desencontrados.

Hay veces que sólo en un estado de excepción como este somos capaces de calibrar el tamaño de nuestra libertad, de nuestra valentía, de nuestra capacidad de amar.

Hoy leí que L. L. dice que es casi imposible desamarrarse de un deseo. Que al deseo sólo se le puede escapar mediante un duelo, algo así (quizá lo estoy recordando mal). A veces en realidad nos da tanto miedo no volver a desear que permanecemos amarrados a deseos letales como virus.

Y yo estoy, querido Francis, como en una funeraria, todos mis duelos frente a mis ojos, y todos los cadáveres enfriados ya al parecer.

Pero nunca son todos .
Dios sea loado.
Siempre hay vida.

Aunque algunos de ellos no se dan cuenta e insisten, como si las cosas permanecieran inmutables y como si el mundo metafórica y literalmente no se estuviera sacudiendo.

Insisten en ser amigables o en ser amables y yo replico como si eso me importara, como si fuera realmente importante, como si todo ese fuego que alguna vez inspiraron hubiera dejado alguna brasa, más para economizar energía que para dejar el fogón con algo de brasa. Una cordial indiferencia, como la que tenemos con el repatidor de agua (aunque ese sería otro capítulo) o el verdulero, si es que todavía pudiéramos ir a la verdulería. Cosas que hacíamos antes, cuando podíamos salir de nuestras casas y mirar a las personas de cerca, e incluso tocarlas sin miedo.

¿Creerá alguno de ellos que porque soy correcta y me río de sus bromas y contesto sus mensajes aún queda algo de aquello? ¿Todos se han puesto comunicativos y bromistas‽

Nos pasa el miedo.

No es deseo, es aislamiento.

¿No se dan cuenta de que sólo cuándo los odiaba enérgicamente realmente valía la pena?

Oh Francis, you know.


II-

Tal vez Scott no sería ese de los rulos y la mirada asimétrica que siempre se queja de todo pero sabe hacer belleza en este y de este caos.

Scott, atormentado y dandy, perdedor innato, sublime creador de nostalgia, fabricante de mundos que pueden o no existir.


III-


Cada vez que creo que las pestes y los virus, el agotamiento y la vida, los amantes que se sucedieron como si fueran micro amores cuando en realidad no llegaron ni a broma, pusieron fin a ese malestar que me empuja hacia la repetición de lo mismo y lo mismo -ese malestar al que podríamos llamar deseo...Pero. Entonces, ¿si no llegan los celos, mensajeros de los dioses que nos recuerdan que todavía hay algo ahí que no se apaga, es que ya hemos terminado el duelo? ¿Cuántos duelos?
La experiencia es, a veces, una educadora brutal.

¿Y cómo sabés que ya no te importa alguien?, peguntaría (en inglés y con las cejas depiladas y una melenita rubia a la garçon) un personaje femenino de Scott.
Porque ya no siento ni una cosquilla de celos...escuchemos jazz mi querido, como esa tarde en que colgamos las hamacas bajo las ramas de un bosque de novela policial, bebamos  un Martini seco en blanco  y negro  y olvidemos todo de una vez.

Yo te abriré la puerta y te dejaré entrar como si no hubiera peligros.

Podemos hacer planes para el futuro como si creyéramos en eso, o hablar de los libros de Rodrigo Fresán que seguro tampoco leiste ni leerás.

Pero la verdad es que
sólo me extraño a mí.

Sólo extraño a mi familia.

Sólo quisiera mucha más de esta paz -de varios instantes- con mi propio linaje: joven luchador,  encarnación del cangrejo y mirada oceánica y transparente; y acariciar una vez más a mi perra y a mi gata, abrazar a mi madre, besar la frente de mis sobrinos, reírme hablando con mis amigas y amigos, observarte desde la alfombra de pelo azul mientras preparás las verduras y los agridulces y nos envuelve Ella Fitzgerald con su magia de habrá mañana.

Y si es por el sexo, preferiría a un desconocido que te haya leído con la misma sed que yo, Francis, y que se ría de toda esta pavada.



IV-


Estoy agotada de trabajar y limpiar los virus, los vidrios, los azulejos, las telarañas y las promesas sobre el bidet.

Estoy feliz en medio de la borrasca unos instantes, porque un par de nudos se desanudaron y un par de párrafos ennovelados en una trama parecen tener la forma de un tapiz medieval que me satisface.

Nada queda de ellos en mi piel, como si toneladas de alcohol en gel los hubiera limpiado.


En medio de esta crisis que sacude al mundo, en medio del temblor del capitalismo que nunca sabemos si mutará en Hyde sin rastro alguno de Jeckyll, yo todavía imagino que habrá una conversación entre nuestras miradas que restablezca alguna clase de intimidad y de orden musical en esta partitura amorosa demasiado silenciosa y con este allegro ma non troppo que nos  saque de esta encrucijada.


Porque, como escribió F.S. F:



"Claro, toda vida es un proceso de demolición, pero los golpes que llevan a cabo la parte dramática de la tarea—los grandes golpes repentinos que vienen, o parecen venir, de fuera—, los que uno recuerda y le hacen culpar a las cosas, y de los que, en momentos de debilidad, habla a los amigos, no hacen patentes sus efectos de inmediato. Hay otro tipo de golpes que vienen de dentro, que uno no nota hasta que es demasiado tarde para hacer algo con respecto a ellos, hasta que se da cuenta de modo definitivo de que en cierto sentido ya no volverá a ser un hombre tan sano. El primer tipo de demolición parece producirse con rapidez, el segundo tipo se produce casi sin que uno lo advierta, pero de hecho se percibe de repente". (El Crack-Up)

domingo, 1 de marzo de 2020

Un personaje en un cuadro

Nos invadieron las plagas, las del ya no tan lejano Oriente, las del Paraguay y su dengue. Ese mismo Paraguay del que hace 150 años nuestros jefes machos y crueles exterminaron a los hombres y al futuro, sólo porque podían.
Ese mismo Paraguay del que descienden parientes míos que no veo pero presiento.
Leo a María Gainza y su Nervio Óptico y me conmueve cuando cuenta la historia del manco Cándido López, pobre pintor de trincheras y polvaredas de muertes, pobre bajo el mando del genocida Mitre.
Y entretanto, navego un rato para dejar de trabajar y ya no te veo conectado en las redes, ya no tenemos las mismas redes, ya me fui, ya te fusite, ya re configuramos las vidas reales y virtuales y cuando alguien por casualidad te menciona, siento que una máscara mishimesca encubre el gesto que pudiera delatarme, pero no porque recuerde algo en partiuclar, sino porque el olvido borronea alguna incomodidad. A veces pienso que salís con Tal o Cual, me concentro en mí misma, me pregunto si me causa celos, descubro que podría ponerme celosa si alguna vez hubiera sentido que era amor. Pero no. No siento celos. 
En verdad no siento ya casi nada, un poco de curiosidad, como si fueras un personaje en un cuadro, un soldado herido en la trinchera con los ojos cerrados que sueña otra vida o sueña con dormirse satisfecho en brazos de su amante, en la selva.
De eso sí me acuerdo, si me esfuerzo. De tus ojos semicerrados en ese momento en un gesto que me hizo pensar, al recordarlo, que mi cuerpo te conmovió al menos unas tardes, en otra vida. Esas cosas no se mienten.
Te vi conectado  y hubiera querido hablarte pero después me di cuenta de que ya no tenía nada que decirte, ni siquiera te odio un poco. Ya nada, ni siquiera stlakeo tus perfiles ni me entretengo mirando tus fotos.
Para saber si hubo algo entre nosotros sólo puedo apelar a mi memoria, tan buena en general, tan olvidadiza en los días de verano y carnaval.
No sé qué dirías si te preguntara.
Probablemente nada.
Lo que más recuerdo es la múltiples maneras en que me ignoraste, permaneciendo mudo y lejano como los muertos.


martes, 25 de febrero de 2020

Leyendo a La Enriquez





Sé que lo más conveniente sería salir, o hacer ese viaje y estar en la escena y no mirando la escena de afuera,y en cambio estoy siendo así: leyendo lento, muy lento, como nunca supe hacerlo.
Yo, atrapada en la ansiedad, sintiéndome en mi reino al devorar los libros como si fuera el único alimento del náufrago o el oxígeno salvador del asmático, y después corriendo hacia tal o cual sitio donde apenas puedo estar siendo.
Yo, al fin sola, al fin distante de los pequeños diablitos que ensordecen y nos hacen enloquecer de paranoia o de ataques de importancia que nos vuelven tan vanidosas como infelices.
Al fin sola, saboreando las últimas páginas como quien se demora para no salir de la casa.
Al fin, esa soledad que me deja escuchar mi propio latido.
Sin quejas.
Sin simulacros ni autocompasión.
Así, pensando con oraciones y palabras que hagan avanzar esa novelita que escribo, que le mando a J en pequeñas entregas (bendita lectora que se mete en la trama y ya tendrá su papel, como si fuera una de esas escenas en las que Hitchcock se divertía haciendo un bolo, una pasadita frente a la cámara como un ignoto extra).
Quizás .
Yo, leyendo a Mariana Enriquez como si fuera el postre que anhelamos después de las comidas de los hay que (leer para preparar una clase, para evaluar un texto académico, para persuadir a otros de tal y tal política).
Con el pequeño ronroneo y nada más, sin canciones de fondo, sin desear a nadie , como si fuera un monje en un templo de oro mishimesco, pero tan argentina como la inmensa cantidad de horas que pasamos haciendo colas, en medio del ruido que no cesa, sin lograr apenas escuchar nuestros propios latidos.
Yo, al fin estando acá sin culpa, sin desear estar en otra parte, sin hacer de escapista, sin caer en mi propia trampa una y otra vez.
Sin hablar de mí cuando parece que hablo de mí.
Sin simulacros.

Respiro hondo, y en lo hondo, al fin me sumerjo sin miedo.


Para llegar a Ítaca

¿Cómo serán las familias felices de las fotos fuera de las fotos?
En las fotos hay sonrisas de publicidad de pasta dental y paisajes que parecen disfrutarse más porque las familias felices de las fotos son felices todas de la misma manera, parafraseando al revés al gran inventor de la infelicidad de aquella sufriente y apasionada mujer que se enamora de quien no corresponde y de quien no es. Y lo sacrifica todo en nombre de una forma de amor que ya nadie recuerda, y si hay quien la recuerda, la defenestra.
La primer deconstrucción, leo por ahí, fue la de Dios. Digamos que empezó con Kant y el fin de los tutelajes y después puso primera y arrancó con la muerte de Dios del padeciente enamorado de la brillante Lou Andreas (segunda chica rusa de esta historia) hasta las picadas del siglo XX.
Ya en el XXI nadie podría entender a la enamorada Ana Karenina, y mucho menos, compadecerse de ella.
La tratarían de estúpida.
Ahora andamos solos y solas, con los corazones inquietos y familias felices para las fotos.
Las únicas familias que parecen sostenerse son la que se amarran al proyecto burgués, como Ulises para resistir al canto de las sirenas que reclaman: no ames, pero goza.
Y tal vez sólo resisten porque resignan un poco el amor, para ganar en confort y estabilidad económica, o tal vez tengan secretos guardados bajo siete llaves, secretos que no pueden verse en las fotos ni penetrar en la conciencia de una auténtica alma rusa.
Yo veo las fotos de las familias felices en modo familias felices, veo las fotos de los amantes felices en modo amantes felices, incluso mis fotos en ambos modos, y sospecho que debe haber alguna dimensión paralela donde la gente prefiera atravesar la angustia sin atarse al mástil para llegar a Ítaca más temprano que tarde, para intentar reparar el daño que hemos hecho , y tal vez, el que nos han hecho otros.