martes, 13 de enero de 2009

Niña vieja


Venía caminando como cuando estoy sacada, rápido, refunfuñando. Todo me estaba saliendo muy pero muy mal ese día y el calor me calentaba directo el cerebro como si no tuviera cráneo. Entonces la vi, vi como fingía no verme, o eso creí, porque ella después lo negó y yo decidí creerle, como un acto de fe. Le dije de todo. De todo es eso, de todo. Le largué el dolor y la bronca y la impotencia acumulada por dos largos años. Ella sigue la estrategia demoledora del que calla y permanece quieto y lejano, la peor de las indiferencias. Te abate, te niega, te ignora. Pero no es sólo eso, que es su manera de decirte NO ME IMPORTA NADA DE LO QUE TE PASE. Es peor porque hace lo mismo con mi hijo y con A. Y el dolor de mi hijo es mi dolor, aunque esa parte ella no creo que realmente la entienda.
Para ella mi hijo es muchas cosas diferentes, pero no es una persona ni es el hijo de sus padres. Es un sustituto a su deseo de ser madre, es un juguete, un objeto, un cuenco vacío que hay que llenar.
Me dijo que ella no se hacía cargo para nada. Que ella no tenía nada que ver. Que A le había prohibido ver a nuestro hijo. Tonterías así. Como si fuera una niña pequeña sin voluntad, que ni elige, ni decide, ni actúa, ni piensa. Aunque pensar si piensa. Piensa mucho. Está hecha de puro pensar y fantasear, como si sus actos y sus palabras, sus silencios y sus insultos no tuvieran que ver con ella sino que fueran producto de su pensamiento. YO NO ME HAGO CARGO, afirma, y pone sus manos por delante del cuerpo, marcando la distancia. Le dije que los adultos éramos responsables de nuestros actos. Que no había manera de eludir esa responsabilidad. Que podía admitir que ella pensara que era justa, que hacía lo correcto, que nosotros éramos crueles y malvados, yo mentirosa, A un títere manipulado y manipulable. Pero no esa tontería, esa perversión de hacerse la niña pequeña que no tiene nada que ver con el asunto.
Le dije muchas otras cosas y ella y también dijo algunas. Dijo que tenía ganas de insultarme y yo la invité a hacerlo, le sugerí que se descargara, que sería bueno para ella, pero no pudo. Le dije que entendía muchas cosas porque su padre era espantosamente indiferente y reaccionó como si la hubiera pinchado con una aguja de tejer en una víscera muy sensible. Me dijo: no te permito que hables así de mi padre. Le contesté que no necesitaba su permiso. Que un hombre que durante nueve años ni siquiera ha llamado a su nieto por teléfono es, por lo menos, alguien espantosamente indiferente. No lo soportó. Decirle eso era como decirle es hora de que crezcas, que dejes de jugar a que sos una niña pequeña y débil que espera que su padre venga y la rescate de su angustia. Decirle que no puede jugar a la mamá si quiere ser una mamá en la realidad, en ese mundo en el cual hay otros que hacen lo que quieren, o lo que pueden, que no podemos controlarlos, que no hacen lo que nosotros queremos, que nos pelean y nos causan dolor, pero también pueden ser, si dejamos que se abra la puerta, eso, otros, distintos a nosotros, perturbadores, maravillosos, desafiantes, ingratos, generosos, alegres, tesoros en nuestros corazones…
Quiere pasar esta prueba dentro de un cofre. Estar tranquila, me dice. Para armar su familia tiene que destruir la anterior, quemar naves con un fuego que nunca se extinguirá, pero ella fantasea que sí.
Me fui calmando.
La vi tan sola, tan apagada, tan instalada en una niñez perpetua, atroz, una niñez vieja. Supe que no me comprendía ni puede comprenderme. Que si uno le pide eso, que es pedir amor, que es pedir y dar, ella se asusta y huye.
Ya no estoy enojada. Ya no. Y sé que ella no está enojada conmigo, aunque le ponga ese nombre. Vivir, para ella, es una tarea excesiva, por encima de sus fuerzas y de su voluntad. Entonces, refugiada en un mundo infantil y perverso, se preserva para el día en que, mágicamente, alguien la haga mujer. Pero eso difícilmente ocurra, porque ella no tiene nada que ver con eso.

Fiaca, lecturas y gritos que se ahogan


Por un buen tiempo me quedé sin palabras, sin deseos de expresarlas aquí. Había gritos tapados, ahogados, latiendo como late el corazón de los caballos del que huye de una batalla cuyo final es incierto. Me distraje y me entretuve en esas lecturas que no molestan, no perturban y no dejan casi rastros, aunque eso es como decir que las huellas en la arena nunca estuvieron, sólo porque el mar las borra con cada marea.
Paseando por la genealogía de la corona de Francia, el fin de los Valois (desgraciada madre, Catalina, que pare tres reyes y a dos ve morir); el ascenso de los Borbones; el robo de la corona a la pobre Juana la Loca, que quizá no estaba loca, quizá sólo estaba un poco enamorada y era un poco incómoda a los planes de su padre.
Después me dediqué a Duby y sus polípteros y mansos, las idas y vueltas hacia y desde la tierra inculta de la frontera humana. Hambre en el siglo IX y en el X y en el X y en el XII. Hambre porque no hay alimentos, no sólo porque los señores se los quedan. Ahora también hay hambre por donde mires, a tres cuadras de tu casa. Sólo que hay grandes cadenas de supermercados llenas de alimentos y grandes latifundios que prosperan, aunque haya sequía, pero hay tanto o más hambre, porque es un hambre más injustificable y más cruel.
Y abandoné, por un tiempo, a Cecilia, que no sólo es mi única lectora fiel (y quizá mi única lectora) sino también que escribe maravillosamente y sabe que la leo. Pero estoy acá, lenta, algo enfiacada, pero de regreso.

viernes, 21 de noviembre de 2008

Nico, Joaquín y Christian

En una esquina céntrica de Buenos Aires, Nico, Joaquín y Christian agonizan. A su lado, cada segundo de cada minuto de cada larga hora de días demasiado frescos o demasiado calientes, pasan miles de personas. Rumbo al trabajo, de compras, turistas ricos y no tan ricos, locos sueltos, depresivos, ensimismados, rebeldes y, sobre todo, indiferentes.
Nico se muere. De paco, de hambre y de abandono. Apenas se tiene en pie.
La comida que le compré los otros días, me dice Joaquín "se la cambió al transa por droga". "¿A dónde está el transa?", pregunto. Me dice las calles y las casas. Ahí, la policía vigila, no al transa, que le da unos mangos, sino a los pibes. Cuando salen de comprar, los fajan. Yo no doy direcciones, como me pide Scioli (denuncie, llame al 911, sospeche, vigile, castigue) porque los van a buscar a los pibes y los van a cagar a palos o quizá los maten. Nadie los va a reclamar, porque su familia son otros pibes de la calle.
"Yo ya estoy jugado, señora. No me queda mucho. Pero a él hay que sacarlo de la mala vida". No le queda mucho porque tiene 21 años.
Yo pregunto sobre sus familias y ellos me cuentan. Pregunto por la escuela, y ellos responden.
"Antes, hasta hace seis meses, yo estaba bien. Ahí me cuidaban para que no fume [paco].Tenía un lugar donde dormía y comía, también había un vago que nos enseñaba. Vendría a ser desde el quinto al noveno grado. Y se chivaba si nos veía fumando, tabaco nomás". "¿Y no podés volver?". "Ojalá. Pero vino el gobierno y le sacó la plata al chabón que tenía ese centro". Supongo que será otra de las maravillosas obras de Macri. Que los villeros de Provincia no usurpen los espacios que financian los esforzados y prolijos vecinos de la Gran Ciudad.

domingo, 26 de octubre de 2008

Sigo esperando

Supongo que primero se ofendió ella y después yo. Creo que comenzó así porque ella es de esas personas que tienden a ofenderse por casi todo, como si en el abanico de emociones del que dipsonen para reaccionar frente a los otros (y sus actitudes, pero también frente a los hechos de la vida) el repertorio fuera muy pobre. Se recurre a la ofensa cuando no se sabe pelear, enfrentar, perdonar, comprender o reir.
Después podría enumerar una larga lista de ofensas mutuas. Desde ya, las de ella me parecen exageradas, infantiles y cobardes mientras que las mías, que son menos, se me hacen justificadas y razonables.
Como sea, ella eligió, para expresar su ofensa, el silencio y la ausencia. Como una forma de castigarme a mí y castigar a los que amo.
Yo busqué la confrontación, la conversación, la puesta en evidencia por medio de la palabra de las ofensas causadas.
Me mintió.
Dijo que me lo agradecía.
Que pensaría en mis palabras.
Que era considerado por mi parte propiciar un acercamiento.
Después se fue y se sumergió íntegramente en la ofensa en sí, con sus códigos y sus matices.
Me cansé de chillar y de actuar. Convine en usar la simetría. Quedamos equilibradas en la parálisis. Ninguna de las dos movió más piezas.
Pasé meses esperando que me sorprendiera con una jugada atrevida, un enroque, un peón coronado, algo que me mostrara que tomaba un gran riesgo y abandonaba la quietud de la resignación.
Y sigo esperando.

viernes, 17 de octubre de 2008

"Tsugumi", una novela pequeña de Banana Yoshimoto

Ultimamente mi amiga Carina la pega con los libros que me descubre, como si se inspirara realmente en mi estado anímico.
En mi último cumpleaños, me regaló la novela Tsugumi, de la escritora japonesa Banana Yoshimoto, de quien no había leído nada.
Como con La Vida Descalzo de Pauls, desde los primeros párrafos me abandoné a ese viaje onírico por la intimidad y la memoria infantil de la playa y el mar, un territorio atemporal que a quienes lo poseemos (como recuerdo, sueño, fantasía o esperanza) nos conecta con lo dionisíaco y la unidad.
Esta novela, que narra la historia de la joven Maria Shirakawa, criada en un pueblito de pescadores junto al mar en la península de Isu, viviendo de prestado con su madre en el hostal de sus tíos Yamamoto y sus primas, no es pretenciosa. Elige la anécdota pequeña, simple, particularísima, para hablar de la amistad llena de contradicciones que une a María con su voluble y caprichosa prima Tsugumi, fatalmente aprisionada en su delicado estado de salud que la lleva a tiranizar a toda su amante familia.
Primeras amistades, amores adolescentes, rituales colectivos, perros que se aman y días de escuela. María debe marcharse a Tokio para vivir al fin junto a su padre, escapando de la vergüenza de haber sido la hija de la amante durante todos sus primeros años.
Esta novela recurre al arquetipo del paraíso perdido, o a punto de perderse, pero lo hace desde la singular personalidad de tres muchachas a punto de florecer.

Inauguración en la galería "Corazón"


Como todo lo que ocurre en esta galería, muy recomendable.

viernes, 10 de octubre de 2008

Nos tenemos que ir, La Chicana


Fuimos a ver a La Chicana y todo se llenó de alegría y erotismo, las otras noches y los días que siguieron.
Andaba bajoneada y triste como un perro sin dueño, pero todo pasó, como pasan las cosas en primavera: repentinamente y envueltas en aromas de jazmines.
Descubrí lo que ya sabía: que el tango es sólo nostalgia y melancolía cuando no nos penetra en la carne, como si fuera un amante fogoso.
Porque cuando sí lo hace, el tango también es alegría, bravuconada, chicana y calentura.
La milonga te hace mover los pies y te calienta la sangre, y aunque no sepas bailar ni cantar, como es mi caso, no podés dejar de bailar y cantar, incluso fuera de la piadosa protección del ridículo que ofrece el hogar propio.
Y dan ganas de cagar a palos a unos cuantos garcas y de luchar hasta conseguir algo de justicia en esta bendita tierra argentina y de amar hasta que no nos dé más el cuore y el alma.
Y emprendo el regreso a casa, caminando por Corrientes, hundida bajo el peso de mi mochila y mi laptop, sin desesperar del largo viaje ni la miseria que me rodea, cantando "Nos tenemos que ir", mientras algún hombre me mira como si me deseara.

lunes, 6 de octubre de 2008

Segunda piel

A veces el dolor físico es como una segunda piel. Lo llevamos encima, nos cubre todo el cuerpo y hasta aprendemos a convivir con él, como aprendimos a caminar, a hablar y a amar a las personas cercanas, sin darnos cuenta, en el presente, que alguna vez fue de otra manera.
Se despierta con nosotros a la mañana y nos hace saber de su potente presencia y aunque decidamos ignorarlo, hacer como que no existe y enfrentar los desafíos del día, acecha cada movimiento y suele triunfar sobre nosotros como enemigo o amigo, según nuestro ánimo.
Literalmente, nos tuerce la voluntad y se hace carne con nosotros. Eso es envejecer, aunque seamos todavía jóvenes.
Observamos, temerosos o admirados, los movimientos de los niños pequeños y creemos recordar de qué se trataba ese goce de la vida, pero no es cierto. No recordamos y ya no sabemos ir por el mundo con un cuerpo saludable y joven.
La muerte se hace familiar y posible y el sueño es un anhelo y no ya, como en la infancia, un robo al tiempo para jugar, aprender o luchar.
Pero un anciano se acerca a nosotros y nos habla de su mujer, con quien hace sesenta años que comparte la vida. Sonriendo, dice: ella no está bien, tiene artrosis y a veces las cosas se le caen de las manos. Pero yo le digo que no importa, que a cualquiera le pasa. Después de todo, es una chica tan alegre, tan llena de vida, que no vale la pena entristecerla.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Amores perversos

Le dábamos rodeos y no podíamos llegar al centro de eso que, al hablar de ellos, llamábamos a veces perversidad.
Unos años atrás, mi maternidad se había sentido violentada por esas costumbres que le imponían a mi hijo cuando los visitaba, y reaccioné como una hembra animal, sin civilidad alguna, para proteger a mi cachorro de un peligro que intuía y sólo podía nombrar con esa frase: son unos perversos.
Astutos, quisieron dar vuelta la cosa: mi visión siempre parecía deformada por mis consultas a psicólogos y ciertas lecturas que hacían complejizar lo sencillo. Yo era siempre la loca y la mal pensada. No había nada de malo en que el niño durmiera con ellos en la cama. Los primeros años, la excusa de la falta de espacio pareció creible. Pero con el cambio de casa ya no había manera de justificarlo.
Un día mi hijo llegó, después de quedarse a dormir con ellos, y mencionó algo del calzoncillo de él y del corpiño de ella. Me volví loca. Eché espuma por la boca y exigí la intervención paterna.O le ponen un colchón aparte y duermen con pijamas o no va más.
Me sentía una turra, por mometos. ¿Estoy viendo fantasmas donde hay sólo cariño? ¡Ellos son tan buenos, lo quieren tanto! Es que no tienen experiencia, es que no tienen hijos, pensaba. Pero cuando el peligro acecha a tu hijo, la amabilidad y la comprensión se van a la mismísima mierda.
Igual, lo invitaban cada vez menos. Parecía que a medida que él crecía, su cariño aminoraba.
No hace mucho, leyendo unos textos de F. Dolto sobre abuelos y nietos, encontré las palabras que construyeron el relato de mis intuiciones, el significado y las claves de ese peligro frente al que me alcé en pie de guerra. Jugaban con mi hijo al papá y la mamá, como si fuera un muñeco y no una persona. Lo querían así, bello y pequeño, como un peluche para acariciarles el sueño y rellernarles vaya a saber qué vacíos. Eran perversos. Mientras tanto, ellos, en ese juego, hacían como que eran niños también, entonces exhibir su sexualidad no era un problema, porque ellos eran inocentes. (En cambio yo, siempre he sido "la culpable" en este entuerto).
Ese amor les duró un tiempo, mientras el juguete no representaba la existencia de una subjetivdad con voluntad propia, con sus relaciones y vínculos, con su manera de ser hijo de esta madre y ese padre, que no son como ellos, ni quieren serlo. Para que el juego tuviera gracia, el resto del mundo de su niño-jueguete debía permanecer al margen. Venían a casa, lo buscaban y se iban rápido, como huyendo. Lo consentían con regalos, comidas y paseos. Esas salidas eran todo un jolgorio. El resto del mundo no existía, principalmente padre y madre, esos seres molestos que aplican leyes y sanciones y emergían para recordarles que no eran ellos los que estaban al mando.
Cuando el juego quedó expuesto y en evidencia, su amor se resquebrajó como una pieza de porcelana que alguien deja caer con violencia al piso. El niño al que decían amar no tiene existencia fuera de su perverso juego y entonces no les importó abandonarlo sin dar la cara ni explicaciones.
Intenté hablar de esto, pero ella se escondió como el avestruz y negó todo camino de diálogo que condujera, tarde o temprano, al laberinto de sus intrincados y perversos pactos.
Primero lo lamenté mucho. No quería ver sufrir a mi hijo por haberlos perdido.
Después, respiré aliviada por él. "Si para los niños, ser amados significa ser pervertidos, mejor que no se los ame", dice Dolto.
Aunque a veces temo que hayan "adquirido" otro sustituto humano para su pequeño y perverso aquelarre.


They use to be three

Solían ser tres (aquí quisiera decir :they use to be, porque no encuentro una expresión castellana más precisa): padre, hija e hijo.
Quién sabe si fue el dolor de la viudez prematura, cierta perspectiva egomaníaca de la existencia, la persecusión política, otras muertes. Se fue, dejando atrás dos niños, madre y hermanos. Una casa vacía y un país encendido y sangriento.
Los niños lo siguieron un tiempo después. Por entonces, sus noches eran de sueños apastillados, ausencias excesivas y miedos. Dejaron atrás la escuela, el barrio, los amigos y los recuerdos. Y el país flamígero y desorbitado que conocían y quizá, amaban.
Unos años después, ya no tan niños, los mandó de regreso. En nombre del "buen nivel universitario", se los sacó de encima como quien se desembaraza de una pesada carga que ha llevado más tiempo del que podía soportar. Se justificaba.
Después se fue el hijo. Como todo hijo, buscaba el fantasma de su padre, y atravesó la selva, el Trópico y una iniciación un poco brutal en el corazón de Sudamérica. Aprendió entonces a vivir así: como un nómade, sin patria, ni amigos, ni familia, o más bien, encerrando en su corazón desconcertado eso, bajo la forma de recuerdos deformados y ensoñaciones.
La hija, hecha de una naturaleza más cobarde y tímida, abandonó todo para seguir a un hombre que la dominara, pues el amor, para ella, estaba hecho de tiranía y opresión, de obediencia y sumisión, tal como el padre le había enseñado.
Quiso volver para ser abuelo, pero como no había querido ni sabido ser padre, saltear una generación resultó una tarea imposible. Anuncio que destruiría las ruinas del pasado y construiría nuevos cimientos. Sin embargo, ante las primeras dificultades, hizo lo que mejor sabía hacer y huyó, dejando atrás de nuevo lo poco que quedaba de los tres que alguna vez pudieron ser una familia y ahora son sólo tres personas que se alejan y se alejan, como si los límites del mundo fueran demasiado pequeños para albergar la suma de traiciones, desengaños y odios que los vinculan.