Último verano en Stalingrado, novela

martes, 13 de enero de 2009

Fiaca, lecturas y gritos que se ahogan


Por un buen tiempo me quedé sin palabras, sin deseos de expresarlas aquí. Había gritos tapados, ahogados, latiendo como late el corazón de los caballos del que huye de una batalla cuyo final es incierto. Me distraje y me entretuve en esas lecturas que no molestan, no perturban y no dejan casi rastros, aunque eso es como decir que las huellas en la arena nunca estuvieron, sólo porque el mar las borra con cada marea.
Paseando por la genealogía de la corona de Francia, el fin de los Valois (desgraciada madre, Catalina, que pare tres reyes y a dos ve morir); el ascenso de los Borbones; el robo de la corona a la pobre Juana la Loca, que quizá no estaba loca, quizá sólo estaba un poco enamorada y era un poco incómoda a los planes de su padre.
Después me dediqué a Duby y sus polípteros y mansos, las idas y vueltas hacia y desde la tierra inculta de la frontera humana. Hambre en el siglo IX y en el X y en el X y en el XII. Hambre porque no hay alimentos, no sólo porque los señores se los quedan. Ahora también hay hambre por donde mires, a tres cuadras de tu casa. Sólo que hay grandes cadenas de supermercados llenas de alimentos y grandes latifundios que prosperan, aunque haya sequía, pero hay tanto o más hambre, porque es un hambre más injustificable y más cruel.
Y abandoné, por un tiempo, a Cecilia, que no sólo es mi única lectora fiel (y quizá mi única lectora) sino también que escribe maravillosamente y sabe que la leo. Pero estoy acá, lenta, algo enfiacada, pero de regreso.

1 comentario:

la vida abierta dijo...

Qué suerte que volviste!!
No soy tu única lectora, he mirado con mucha envidia muchos comentarios que te dejaron. Me alegra que estés de vuelta.