Último verano en Stalingrado, novela

martes, 9 de julio de 2013

"Quereme entonces", un amor para toda la vida

Un amor para toda la vida, nuestro Kittredge, ese muchacho del cual se enamoran todos sus compañeros y compañeras en Personas como yo, de John Irving.
Un amor que nos sostenga hasta la muerte, que nos permita decir jamás: "Ahora magia no me queda".*
Un amor que nos acune en la agonía y en la enfermedad, que no esté hecho del trabajo de los días de la pareja, de la familia, sino de esa sustancia dulce de los sueños, los recuerdos y las fantasías, e incluso las tristezas por lo que pudo haber sido.

Un amor en el cual mirarnos cuando estemos por partir, por aquello de que "Los espejos son las puertas por las que va y viene la Muerte" que dijo Jean Cocteau.
Nuestro conde Vronsky, por el cual lo hubiéramos arriesgado todo. Nuestro Kttiredge, por cuyo amor nos hicimos adultos (sufriendo el rechazo, el anhelo, la postergación  y el desplazamiento del deseo).

O por el que nos entregamos al sexo y al tormento de los celos todo junto, como le pasa a Irene con Leandro en La Promesa, de Silvina Ocampo: "-¿Qué preferís: que te quieran o querer? -interrumpió Leandro [...]. -Querer-respondía Irene. Y querer, en esas condiciones, es sufrir."
"El inocente", Visconti, 1976.
Porque.
Hay personas que olvidan a quienes desearon, hay personas que nos olvidan.
Hay personas que recuerdan con precisiones y detalles increíbles un beso que nos dieron debajo de un jacarandá en un verano de los ochenta.
Recuerdan cada detalle, cada dolor, de una conversación que tuvimos al volver de un recital de Spinetta, mientras el tren partía de la gran ciudad en la que todo pasa, y nombramos a otro.
Hay personas que recuerdan una mamada como si estuvieran viendo una porno: sienten mientras evocan cómo se reflejaba el sol en el pelo de ella, cómo se escabullía la tarde detrás de la medianera mientras los labios habilidosos, mientras el gato caminaba por el borde la pileta en la que se habían bañado.Y él acababa en la boca. De ella. Recuerdan eso y pasan veinte años, como en las novelas de Irving, igualito, y se encuentran y se miran y sonríen. Como en las películas de amor y de guerra, en las cuales los amantes se separan aún deseantes, desesperados, anhelantes, sin haberse arrimado siquiera al desencanto del otro y del mismo amor. En las películas en las que recordamos siempre y para siempre la belleza, como si hubiéramos sido personajes de Visconti. 
Como si hubiéramos amado cual jóvenes Marceles, como si todos nuestros amantes hubieran sido fugitivos, evasivos, imposibles de olvidar. Aviadores prematuramente muertos simulados en Albertinas, Albertinas en fuga, qué más da, si todos nos enamoramos y sufrimos alguna vez.
Y aunque sepamos que "todo todo se olvida", no podemos por eso resignar esa fe, esa locura que nos dice, nos late en los poemas, las canciones, las óperas, los tangos y los fados, la voz de una  Sinead O'connor o de un hermoso músico al  que imaginamos cantándonos con ese terciopelo de melodías en el oído (ese que ni nos sabe, nos ignora y nos desconoce), mientras conversamos y lo escuchamos en una velada de empanadas, estufa, y vinos con amigas entrañables, con llantos y con Felicidad.

* Próspero en Skakespeare, W., La tempestad, Epílogo.

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