Último verano en Stalingrado, novela

domingo, 28 de julio de 2013

Latidos


Lo que realmente me gustaría, dice, es que el cigarrillo no trajera cáncer ni rechazo social, que pudiéramos fumar un pucho juntos, después de una buena charla, o de un buen polvo, o de una buena aventura en la playa, o en la plaza, en un parque, después de trepar un morro, o un médano, o tal vez al cruzar un río pedregoso, o nadar unos segundos en un lago helado.


Sentarnos en la orilla, mirar el horizonte (que podría ser el puro océano, o la montaña, o hasta una medianera cubierta de enamoradas del muro o de parra virgen).
Sentarnos en un banco de la plaza y ver cómo juegan los nenes.
Nada, que escuches el latido de mi corazón, dice.
Pero él meta hablar de él.


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