Último verano en Stalingrado, novela

lunes, 14 de noviembre de 2011

Perdida en Buenos Aires

Te lo dije.
A veces soy como un personaje de una novela de Bellow.
No es que me sienta como uno de ellos. Sencillamente lo soy.
No te interesa Bellow así que hiciste como tantas veces, dejaste el cuerpo ahí, la expresión fija como si escucharas, el gesto de asentimiento preparado y tu mente ya vagaba por otros mundos.
Son tantas las cosas que nos separan, pienso.
Cómo puede ser que no te interese Bellow, por ejemplo. Pero la lista sería interminable, si cada uno la hiciera acerca de todas las cosas "fundamentales" de la vida que el otro ni siquiera sospecha.
(A esta altura de los años y el amor creo que me basta con que respetes mis pequeñas y grandes pasiones. Mi arrebato bellownsesco de esta tarde, pues mañana seré otra.)
Entonces, de ahí en más qué sentido tenía contarte.
Que yo iba corriendo por la Avenida Corrientes, con mis plataformas de 10 cm y mi mochila que pesa cien kilos de netbook y papeles, despeinada como siempre, con la cabeza quemada de números y transacciones y cálculos de horarios del maldito micro Plaza cuando. La gente camina en mi mismo sentido y en el opuesto y es como una película ruidosa que se desliza a mis lados, confundiéndose con las marquesinas de los teatros y las bateas y vidrieras de las disquerías y librerías.
(Si supieras todas las cosas que voy pensando, como en interminables oraciones subordinadas que originan los múltiples estímulos visuales, auditivos, olfativos.)
De pronto lo veo. Está ahí parado, mi amigo, junto al super lujoso hotel Gay Friendly, habla por teléfono, me ve, se acerca, sigue hablando, caminamos junto, él corta, hace mucho que no nos vemos, ¿vas a la presentación del libro?, va Cristina, me pregunta; no, estoy cansada, me vuelvo pa'las casas, y no sé cómo en tan sólo tres cuadras pasa de ahí a me separé, yo arriesgo algunas hipótesis -se lo ve tan sonriente que yo pienso en el tío Benn de Son más los que mueren de angustia (Emecé, 1988), sonriente bajo el hechizo del amor de una mujer nueva en su vida- y él  me da el crédito, sorprendido;  me cuenta intimidades que a mi no me incomodan porque me doy cuenta que necesita contarlas en voz alta pero...
La gente nos lleva por delante, estamos cerca del obelisco, las ciudades tan grandes, tan intensas, nos arrojan en medio de las multitudes en la más absurda soledad y quizá por eso, como los personajes de Bellow, de pronto soy un cura católico que escucha la confesión de quien necesita ser escuchado (en medio de una multitud que se mueve, como una gran medusa con sus tentáculos, en ese centro material y simbólico de la Argentina que es el obelisco) y a la vez enunciando mi mea culpa por si mi amigo que es y no es real (al final esto son ficciones, interpretaciones, imaginaciones), sintiera que algo de estas palabras le molestan.
Después, claro, subo al micro y ya de regreso a casa voy dejando atrás al cura; al intelectual neoyorquino; a la mujer que se resiste al casamiento, al paso del tiempo y a la vida burguesa; a la mujer comprometida y sensible  que se preocupa por el mundo contemporáneo: la injusticia sin fin, el capitalismo desaforado,  la finitud humana, la muerte, la política, la literatura rusa,  la condición judía  y los hijos que nacieron o no, pienso en qué voy a preparar de cenar esta noche.
Y entonces, ya en casa, tu mano me tiende una copa de vino (tregua que acerca a dos desconocidos que viven juntos y se aman) y tal vez no importe tanto que no entiendas lo que me ocurre con Bellow, cuando me pierdo en la gran ciudad.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy bien! Aceptaste mi sugerencia de libro: "Son mas los q mueren de desamor" Que maravilla ninguneada!
Besos
;

Palabrascromáticas dijo...

No recuerdo tal sugerencia pero supongo se debe a que no sé de quién es el post. Sí recuerdo y agradezco que fue mi amiga C. quien me introdujo en Bellow, pero ya no sé si fue con Herzog o con Ravelstein.