Último verano en Stalingrado, novela

lunes, 7 de noviembre de 2011

Furia justiciera

No sé de dónde sale esta furia justo ahora, en qué lugar la tenía escondida, cuál carta astral la vaticinó en mi nacimiento, si son los genes, los astros, la cultura la familia.
La biología molecular, al igual que la religión y la psicología no son más que eso, intentos, apenas, de explicar algo de la existencia humana. A veces confiamos en el arte, nos mecemos en sus acariciadores cobijos o nos envalentonamos en sus provocaciones subversivas.
La música nos expresa, nos calma de esta furia animal con la que saldríamos a matar ya no a los que no nos aman y nos rechazan (eso quizá nos pasaba de jóvenes, el deseo de verlos sufrir) si no a los abusadores, los que pasan por este planeta para dejar más sufrimiento e injusticia del que ya había, a los poderosos que matan, violan, torturan.
Pero no todos tienen o necesitan el poder supremo para causar daño. Basta con un chiquitín de poder: una directora de escuela primaria, urbana, platense, puede causar tanto daño en tantos niños, daños irreparables con sus abusos, mentiras, injusticias. Lo mínimo que enseña es el doble discurso, la deficiencia ética de quien abusa de la autoridad. (Después, esta buena señora va a una charla o seminario en el que se discuten los porqué de la "violencia escolar", lo irrespetuosos que son los chicos, en fin.)
El empleado de seguridad con poder por un día, que aprieta una valla sobre el frágil cuerpo de una mujer a la que si pudiera, alcanza con verlo, golpearía o violaría. No se puede aguantar que esa manga de conchudas quiera discutir la despenalización del aborto y no tiene mejor argumento que la violencia, que mostrar su poder de macho, atávico, primitivo, brutal.
El trabajador de la empresa, oprimido identificado con el opresor, que goza maltratando a los pasajeros, contestando mal, se crece en su propia miseria de explotado, resentido, que se desquita con otros sobre los que, por unos minutos, tiene poder.
La maestra que cede a su locura o su temor y renuncia a sus responsabilidades, abandonando a niños tan frágiles que podrían romperse para siempre si una mano adulta no los protege como es su deber.
El policía burlón que perfora con la mirada el culo de una niña, a quien tiene el deber de cuidar, y que ya desde esa pubertad aprende que es un blanco fácil de cierta especie de depredadores disfrazados de personas.
Todos esos monstruos que nos habitan, oscuros, duros, crueles, sádicos.
Y de tanto en tanto, el luminoso descanso de la percepción de un acto de justicia, y volvemos a confiar en lo humano.

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