viernes, 21 de noviembre de 2008

Nico, Joaquín y Christian

En una esquina céntrica de Buenos Aires, Nico, Joaquín y Christian agonizan. A su lado, cada segundo de cada minuto de cada larga hora de días demasiado frescos o demasiado calientes, pasan miles de personas. Rumbo al trabajo, de compras, turistas ricos y no tan ricos, locos sueltos, depresivos, ensimismados, rebeldes y, sobre todo, indiferentes.
Nico se muere. De paco, de hambre y de abandono. Apenas se tiene en pie.
La comida que le compré los otros días, me dice Joaquín "se la cambió al transa por droga". "¿A dónde está el transa?", pregunto. Me dice las calles y las casas. Ahí, la policía vigila, no al transa, que le da unos mangos, sino a los pibes. Cuando salen de comprar, los fajan. Yo no doy direcciones, como me pide Scioli (denuncie, llame al 911, sospeche, vigile, castigue) porque los van a buscar a los pibes y los van a cagar a palos o quizá los maten. Nadie los va a reclamar, porque su familia son otros pibes de la calle.
"Yo ya estoy jugado, señora. No me queda mucho. Pero a él hay que sacarlo de la mala vida". No le queda mucho porque tiene 21 años.
Yo pregunto sobre sus familias y ellos me cuentan. Pregunto por la escuela, y ellos responden.
"Antes, hasta hace seis meses, yo estaba bien. Ahí me cuidaban para que no fume [paco].Tenía un lugar donde dormía y comía, también había un vago que nos enseñaba. Vendría a ser desde el quinto al noveno grado. Y se chivaba si nos veía fumando, tabaco nomás". "¿Y no podés volver?". "Ojalá. Pero vino el gobierno y le sacó la plata al chabón que tenía ese centro". Supongo que será otra de las maravillosas obras de Macri. Que los villeros de Provincia no usurpen los espacios que financian los esforzados y prolijos vecinos de la Gran Ciudad.

domingo, 26 de octubre de 2008

Sigo esperando

Supongo que primero se ofendió ella y después yo. Creo que comenzó así porque ella es de esas personas que tienden a ofenderse por casi todo, como si en el abanico de emociones del que dipsonen para reaccionar frente a los otros (y sus actitudes, pero también frente a los hechos de la vida) el repertorio fuera muy pobre. Se recurre a la ofensa cuando no se sabe pelear, enfrentar, perdonar, comprender o reir.
Después podría enumerar una larga lista de ofensas mutuas. Desde ya, las de ella me parecen exageradas, infantiles y cobardes mientras que las mías, que son menos, se me hacen justificadas y razonables.
Como sea, ella eligió, para expresar su ofensa, el silencio y la ausencia. Como una forma de castigarme a mí y castigar a los que amo.
Yo busqué la confrontación, la conversación, la puesta en evidencia por medio de la palabra de las ofensas causadas.
Me mintió.
Dijo que me lo agradecía.
Que pensaría en mis palabras.
Que era considerado por mi parte propiciar un acercamiento.
Después se fue y se sumergió íntegramente en la ofensa en sí, con sus códigos y sus matices.
Me cansé de chillar y de actuar. Convine en usar la simetría. Quedamos equilibradas en la parálisis. Ninguna de las dos movió más piezas.
Pasé meses esperando que me sorprendiera con una jugada atrevida, un enroque, un peón coronado, algo que me mostrara que tomaba un gran riesgo y abandonaba la quietud de la resignación.
Y sigo esperando.

viernes, 17 de octubre de 2008

"Tsugumi", una novela pequeña de Banana Yoshimoto

Ultimamente mi amiga Carina la pega con los libros que me descubre, como si se inspirara realmente en mi estado anímico.
En mi último cumpleaños, me regaló la novela Tsugumi, de la escritora japonesa Banana Yoshimoto, de quien no había leído nada.
Como con La Vida Descalzo de Pauls, desde los primeros párrafos me abandoné a ese viaje onírico por la intimidad y la memoria infantil de la playa y el mar, un territorio atemporal que a quienes lo poseemos (como recuerdo, sueño, fantasía o esperanza) nos conecta con lo dionisíaco y la unidad.
Esta novela, que narra la historia de la joven Maria Shirakawa, criada en un pueblito de pescadores junto al mar en la península de Isu, viviendo de prestado con su madre en el hostal de sus tíos Yamamoto y sus primas, no es pretenciosa. Elige la anécdota pequeña, simple, particularísima, para hablar de la amistad llena de contradicciones que une a María con su voluble y caprichosa prima Tsugumi, fatalmente aprisionada en su delicado estado de salud que la lleva a tiranizar a toda su amante familia.
Primeras amistades, amores adolescentes, rituales colectivos, perros que se aman y días de escuela. María debe marcharse a Tokio para vivir al fin junto a su padre, escapando de la vergüenza de haber sido la hija de la amante durante todos sus primeros años.
Esta novela recurre al arquetipo del paraíso perdido, o a punto de perderse, pero lo hace desde la singular personalidad de tres muchachas a punto de florecer.

Inauguración en la galería "Corazón"


Como todo lo que ocurre en esta galería, muy recomendable.

viernes, 10 de octubre de 2008

Nos tenemos que ir, La Chicana


Fuimos a ver a La Chicana y todo se llenó de alegría y erotismo, las otras noches y los días que siguieron.
Andaba bajoneada y triste como un perro sin dueño, pero todo pasó, como pasan las cosas en primavera: repentinamente y envueltas en aromas de jazmines.
Descubrí lo que ya sabía: que el tango es sólo nostalgia y melancolía cuando no nos penetra en la carne, como si fuera un amante fogoso.
Porque cuando sí lo hace, el tango también es alegría, bravuconada, chicana y calentura.
La milonga te hace mover los pies y te calienta la sangre, y aunque no sepas bailar ni cantar, como es mi caso, no podés dejar de bailar y cantar, incluso fuera de la piadosa protección del ridículo que ofrece el hogar propio.
Y dan ganas de cagar a palos a unos cuantos garcas y de luchar hasta conseguir algo de justicia en esta bendita tierra argentina y de amar hasta que no nos dé más el cuore y el alma.
Y emprendo el regreso a casa, caminando por Corrientes, hundida bajo el peso de mi mochila y mi laptop, sin desesperar del largo viaje ni la miseria que me rodea, cantando "Nos tenemos que ir", mientras algún hombre me mira como si me deseara.

lunes, 6 de octubre de 2008

Segunda piel

A veces el dolor físico es como una segunda piel. Lo llevamos encima, nos cubre todo el cuerpo y hasta aprendemos a convivir con él, como aprendimos a caminar, a hablar y a amar a las personas cercanas, sin darnos cuenta, en el presente, que alguna vez fue de otra manera.
Se despierta con nosotros a la mañana y nos hace saber de su potente presencia y aunque decidamos ignorarlo, hacer como que no existe y enfrentar los desafíos del día, acecha cada movimiento y suele triunfar sobre nosotros como enemigo o amigo, según nuestro ánimo.
Literalmente, nos tuerce la voluntad y se hace carne con nosotros. Eso es envejecer, aunque seamos todavía jóvenes.
Observamos, temerosos o admirados, los movimientos de los niños pequeños y creemos recordar de qué se trataba ese goce de la vida, pero no es cierto. No recordamos y ya no sabemos ir por el mundo con un cuerpo saludable y joven.
La muerte se hace familiar y posible y el sueño es un anhelo y no ya, como en la infancia, un robo al tiempo para jugar, aprender o luchar.
Pero un anciano se acerca a nosotros y nos habla de su mujer, con quien hace sesenta años que comparte la vida. Sonriendo, dice: ella no está bien, tiene artrosis y a veces las cosas se le caen de las manos. Pero yo le digo que no importa, que a cualquiera le pasa. Después de todo, es una chica tan alegre, tan llena de vida, que no vale la pena entristecerla.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Amores perversos

Le dábamos rodeos y no podíamos llegar al centro de eso que, al hablar de ellos, llamábamos a veces perversidad.
Unos años atrás, mi maternidad se había sentido violentada por esas costumbres que le imponían a mi hijo cuando los visitaba, y reaccioné como una hembra animal, sin civilidad alguna, para proteger a mi cachorro de un peligro que intuía y sólo podía nombrar con esa frase: son unos perversos.
Astutos, quisieron dar vuelta la cosa: mi visión siempre parecía deformada por mis consultas a psicólogos y ciertas lecturas que hacían complejizar lo sencillo. Yo era siempre la loca y la mal pensada. No había nada de malo en que el niño durmiera con ellos en la cama. Los primeros años, la excusa de la falta de espacio pareció creible. Pero con el cambio de casa ya no había manera de justificarlo.
Un día mi hijo llegó, después de quedarse a dormir con ellos, y mencionó algo del calzoncillo de él y del corpiño de ella. Me volví loca. Eché espuma por la boca y exigí la intervención paterna.O le ponen un colchón aparte y duermen con pijamas o no va más.
Me sentía una turra, por mometos. ¿Estoy viendo fantasmas donde hay sólo cariño? ¡Ellos son tan buenos, lo quieren tanto! Es que no tienen experiencia, es que no tienen hijos, pensaba. Pero cuando el peligro acecha a tu hijo, la amabilidad y la comprensión se van a la mismísima mierda.
Igual, lo invitaban cada vez menos. Parecía que a medida que él crecía, su cariño aminoraba.
No hace mucho, leyendo unos textos de F. Dolto sobre abuelos y nietos, encontré las palabras que construyeron el relato de mis intuiciones, el significado y las claves de ese peligro frente al que me alcé en pie de guerra. Jugaban con mi hijo al papá y la mamá, como si fuera un muñeco y no una persona. Lo querían así, bello y pequeño, como un peluche para acariciarles el sueño y rellernarles vaya a saber qué vacíos. Eran perversos. Mientras tanto, ellos, en ese juego, hacían como que eran niños también, entonces exhibir su sexualidad no era un problema, porque ellos eran inocentes. (En cambio yo, siempre he sido "la culpable" en este entuerto).
Ese amor les duró un tiempo, mientras el juguete no representaba la existencia de una subjetivdad con voluntad propia, con sus relaciones y vínculos, con su manera de ser hijo de esta madre y ese padre, que no son como ellos, ni quieren serlo. Para que el juego tuviera gracia, el resto del mundo de su niño-jueguete debía permanecer al margen. Venían a casa, lo buscaban y se iban rápido, como huyendo. Lo consentían con regalos, comidas y paseos. Esas salidas eran todo un jolgorio. El resto del mundo no existía, principalmente padre y madre, esos seres molestos que aplican leyes y sanciones y emergían para recordarles que no eran ellos los que estaban al mando.
Cuando el juego quedó expuesto y en evidencia, su amor se resquebrajó como una pieza de porcelana que alguien deja caer con violencia al piso. El niño al que decían amar no tiene existencia fuera de su perverso juego y entonces no les importó abandonarlo sin dar la cara ni explicaciones.
Intenté hablar de esto, pero ella se escondió como el avestruz y negó todo camino de diálogo que condujera, tarde o temprano, al laberinto de sus intrincados y perversos pactos.
Primero lo lamenté mucho. No quería ver sufrir a mi hijo por haberlos perdido.
Después, respiré aliviada por él. "Si para los niños, ser amados significa ser pervertidos, mejor que no se los ame", dice Dolto.
Aunque a veces temo que hayan "adquirido" otro sustituto humano para su pequeño y perverso aquelarre.


They use to be three

Solían ser tres (aquí quisiera decir :they use to be, porque no encuentro una expresión castellana más precisa): padre, hija e hijo.
Quién sabe si fue el dolor de la viudez prematura, cierta perspectiva egomaníaca de la existencia, la persecusión política, otras muertes. Se fue, dejando atrás dos niños, madre y hermanos. Una casa vacía y un país encendido y sangriento.
Los niños lo siguieron un tiempo después. Por entonces, sus noches eran de sueños apastillados, ausencias excesivas y miedos. Dejaron atrás la escuela, el barrio, los amigos y los recuerdos. Y el país flamígero y desorbitado que conocían y quizá, amaban.
Unos años después, ya no tan niños, los mandó de regreso. En nombre del "buen nivel universitario", se los sacó de encima como quien se desembaraza de una pesada carga que ha llevado más tiempo del que podía soportar. Se justificaba.
Después se fue el hijo. Como todo hijo, buscaba el fantasma de su padre, y atravesó la selva, el Trópico y una iniciación un poco brutal en el corazón de Sudamérica. Aprendió entonces a vivir así: como un nómade, sin patria, ni amigos, ni familia, o más bien, encerrando en su corazón desconcertado eso, bajo la forma de recuerdos deformados y ensoñaciones.
La hija, hecha de una naturaleza más cobarde y tímida, abandonó todo para seguir a un hombre que la dominara, pues el amor, para ella, estaba hecho de tiranía y opresión, de obediencia y sumisión, tal como el padre le había enseñado.
Quiso volver para ser abuelo, pero como no había querido ni sabido ser padre, saltear una generación resultó una tarea imposible. Anuncio que destruiría las ruinas del pasado y construiría nuevos cimientos. Sin embargo, ante las primeras dificultades, hizo lo que mejor sabía hacer y huyó, dejando atrás de nuevo lo poco que quedaba de los tres que alguna vez pudieron ser una familia y ahora son sólo tres personas que se alejan y se alejan, como si los límites del mundo fueran demasiado pequeños para albergar la suma de traiciones, desengaños y odios que los vinculan.

domingo, 14 de septiembre de 2008

Castillos de dolor, de Magda Denes



Como muchos domingos, después de almorzar con madre, que suele ser nuestra invitada, vamos a pasear al bosque. Mientras A. y J. juegan a la pelota, yo termino de releer una de esas novelas de tardes de domingo. Esas novelas que no están siquiera muy bien escritas, pero a las que vuelvo como un falso deudo que busca en historias de persecución y guerra, de pogromos y guettos, un pasado del que ya no quedan testimonios entre los míos. Esos libros que adquiero a veces hojeando, apurada, en bateas impregnadas de polvillo que trae alergía y estornudos, en librerías de usados. Se llama Castillos de dolor (Denes, Emecé, 1998), y son los recuerdos de la guerra de una niña judía húngara (¿o debiera decir húngara judía?) que ha debido sobrevivir al hambre, la enfermedad, la muerte, el abandono, los escondites en sótanos y altillos, la desintegración de su familia, la desaparición del mundo, la escuela, las compañeras, el desprecio organizado, el caos y la pérdida del placer por aprender las palabras y las matemáticas, misterios entrañables de los que su hermano asesinado era el guía.
Como en Léxico familiar (Natalia Guinzburg), la guerra y la destrucción se entremezclan con las comidas, o su ausencia, las palabras que abren puentes de supervivencia o las que matan, los gestos y modales apropiados para despistar al enemigo o conseguir mejores raciones, los libros que permiten huir del mundo y sobrevivir frente a tanto dolor. Y un humor que no puede ser más que negro, oscuro y sibilante.
Es como tirar un guijarro. Esa piedra que cae sobre el lago nada apacible de la vida, que forma inescrutables misterios de remolinos que nos tomamos la licencia de llamar europa del este, magyares, eslavos, abuelos. Es como bucear en el 2666 de Bolaño, es el mundo Karamazov, es Gombrowicz o Los Incosolables de Ishiguro. Es aquello que ni la mejor literatura norteamericana o europea (ni aún un irlandés como Stocker) podrá jamás asimilar, porque no es posible para los occidentales asimilar esa perversidad más refinada, la crueldad lenta, musical, culta, apasionada. Hecha de ballet, sopas de porotos o remolacha y vodka; de atardeceres prematuros y nevados, de samovares y pogromos. De cadáveres desnudos, desdentados, en fosas comunes, en bosques nevados. Niños y mujeres marchando descalzos a librarse, con una sola bala para ahorrar municiones, de toda humillación y toda esperanza.
Nuestras tragedias americanas son más vertiginosas. Conquistadores y conquistados rendimos culto al sol, a los atardeceres lentos, las selvas tropicales, los mares calientes, los frutos de colores obscenos y jóvenes.
Pienso en Bolivia. Pienso en Argentina. Pienso en mis abuelos, mis padres, mis amigos, mi hijo, mis sobrinos y en lo horrendo que es el mundo y los grandes y tremendos hijos de puta egoístas que somos los adultos.
Y aún así, siento un apetito voraz, insaciable e infatigable por esta cosa que llamamos vida, aunque sepamos que es también infierno y muerte.

domingo, 7 de septiembre de 2008

RECUERDOS DE LOS OTROS


Hay recuerdos que nos pertenecen con la fuerza de los huracanes. Son nuestros con la genuina pertenencia de cada mitocondria que nos hace ser quienes somos, y no otros.

A veces compartirlos con quienes también los protagonizaron nos sorprende: ya sea que la sorpresa oscile entre el desconcierto, la incredulidad o la serendipity. Nuestra amiga, nuestra hermana, nuestro amante o nuestro hijo relatan de ese recuerdo -que veneramos como a una de nuestras más valiosas pertenencias-una versión tan tergiversada, que dudamos si tenemos frente a nosotros a un/a descarado mentiroso o fabulador o simplemente a otro, que estuvo allí, que vivió con nosotros la experiencia y, a pesar de ello, no sabe nada de lo que recordamos, de lo que nos constituye, de quienes somos. Podemos atribuirle verosimilitud a su relato de nuestro recuerdo común, incluso reirnos como cómplices de un secreto y sin embargo, se levanta, entre nosotros y los otros, un muro infranqueable que nos deja, para siempre, solos en nuestro desconcierto.