Leo un posteo Luciano Lutereau
que me manda mi amiga MS. Habla sobre la escritura en las mujeres. Por qué escribimos, o más bien, qué efectos produce el escribir en nosotras. O para qué. No lo dice, pero podría ser que se pregunte qué del deseo se pone en juego allí, y a qué se renuncia al elegir eso. O algo así.
Cuánto de nuestro narcisismo se despliega así, qué tanto más lindas o menos lindas nos sentimos luego.
Me hago varias preguntas.
Desde que M me hizo esa entrevista, o más bien, desde que la vi hace poco en video, me sorprende todo el saber que parece haber allí.
En cambio, del amor no sé nada. O casi nada. Del amor en la escritura.
Cuando me enamoro la gente que lee este blog lo descubre. O eso cree.
Los límites entre lo que se dice y lo que no se dice, la construcción de una voz narrativa, el uso de figuras como metáforas y elipsis parecen, a veces, en vano.
Es como si toda voz que narra en primera persona le perteneciera a un yo que se confiesa.
Tal vez es el efecto que han producido las redes en nuestros modos de leer lo que acá se soporta (sí, claro, apelo a los varios sentidos de esta palabra).
Si es un posteo en un blog 2019, y se comparte en una fanpage de Facebook, es una confesión personal.
Escribo mientras viajo parada en micro, empapada. Ese detalle se configura como evidencia. Lectorxs que me conocen dirán: ves, es sobre ella. Ella viaja en micro a veces (¿dice micro para mostrar que es platense o porque su narradora así lo requiere). Es algo compulsivo (pobre), lo hace incluso si va parada, cuando está muy manija.
Podría decir escribo mientras el tren avanza por la Ruta 40, o la autopista que me aleja de LA. Podría decir escribo mientras los árboles de esta pequeña selva africana que me rodea se agitan con la cadencia sensual de unos bailarines de un tribu ya extinta. Sin una coma.
Escribo sobre el escribir encerrada en un cuarto de hotel una noche de invierno en Moscú.
La escritura siempre es invención, incluso cuando alguien intenta dar un testimonio judicial que pruebe algo u obligue a alguien a asumir alguna responsabilidad por algún hecho.
¿Pero quién inventa? ¿Me expongo, me oculto, intento saber algo de mí, trato de seducir o controlar a mis fantasmas?
Frena el micro y tengo que tipear de nuevo.
Ya no estoy pensando en las personas enamoradas sino en un texto de Judith Butler sobre Kafka y otro sobre Primo Levi.
Cuando leo también me enamoro, a veces.
Puede ser de un poema, de una novela (es mi debilidad en la amor, pero no la única), un ensayo, un cuento, una crónica.
Cuando estoy muy enamorada, creo, por lo general no escribo. Es un tipo de pasión que arrasa con casi todas las otras opciones.
Por suerte, si es que sucede, pasa rápido. De lo contrario vivir sería imposible.
Cuando ya cargamos con un considerable número de desengaños, vemos venir el golpe del amor que puede tocarnos y muchas veces salimos corriendo. Otras veces nos alejamos porque nos damos cuenta rápido que no hay nada de amor en juego ahí. Esos libros que nos apuramos a terminar porque apenas comenzados nos aburren, o nos desilusionan, o nos conducen a territorios donde resuenan ecos de algunos dolores que hemos mantenido a raya mediante neuróticos y arrebatados esfuerzos. Y otras avanzamos en una relación que nos ofrece alguna clase de placer o calma, sabiendo que ese fuego ahí no quema ni quemará.
El texto de Lutereau hace referencia a la escritura de una tesis.
Tal vez al teorizar solo buscamos un poco de belleza, o uno poco de amor hacia nuestra belleza que piensa al conversar en voz alta escrituras en papel, deseando, ¿cómo Kafka? , que no sea solo una carta que caiga en manos de los fantasmas.
caprichos de palabras y colores para navegantes... "La palabra humana es como una caldera rota en la que tocamos melodías para que bailen los osos, cuando quisiéramos conmover a las estrellas". (G. Flaubert). Mis libros de narrativa publicados: la novela Último verano en Stalingrado (Grupo Editorial Sur, 2014); Alma rusa (Edulp, 2020, crónicas) y Yegua (Cuero, 2021, cuentos)
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jueves, 17 de octubre de 2019
Escribir amando o....en su defecto
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lunes, 14 de octubre de 2019
Home is were it hurts
"Home is were it hurts".
(cita indirecta de Amélie Nothom en Golpeate el corazón).
En medio de mareas verdes y días de intensidades emocionales muy fuertes, leo una novela que es como su propio título, Golpéate el corazón, de Amélie Nothom.
Golpeó mi corazón, como me había anticipado M, quien sufrió del mismo efecto al leerla.
Tengo como el golpe rebotando todavía, pegó justo cuando la oscuridad avanzaba en corazones muy queridos y cercanos.
Como cuando una niña dorada estira el puño y no terminás de saber si está en posición de lucha o está pidiendo ayuda, o las dos cosas al mismo tiempo.
A veces nos cuidan las personas a las que deberíamos cuidar, y a veces es al revés.
A veces lxs más pequeñxs deben cargar demasiadas cruces propias y ajenas.
El corazón traicionado de esa forma no puede sanar fácilmente. A veces hace falta hundirse en un abismo cada vez peor para poder emerger y reconciliarse, al menos un poco, con ese territorio de la infancia que, si ha sido muy dolorosa, parece que no deja de sangrar jamás.
Y a veces, casi siempre, es el dolor el que engendra nuestras grandes fortalezas, vocaciones, compromisos.
Y aun así, a veces nos preguntamos ¿hace falta tanto dolor para las pibas?
(cita indirecta de Amélie Nothom en Golpeate el corazón).
En medio de mareas verdes y días de intensidades emocionales muy fuertes, leo una novela que es como su propio título, Golpéate el corazón, de Amélie Nothom.
Golpeó mi corazón, como me había anticipado M, quien sufrió del mismo efecto al leerla.
Tengo como el golpe rebotando todavía, pegó justo cuando la oscuridad avanzaba en corazones muy queridos y cercanos.
Como cuando una niña dorada estira el puño y no terminás de saber si está en posición de lucha o está pidiendo ayuda, o las dos cosas al mismo tiempo.
A veces nos cuidan las personas a las que deberíamos cuidar, y a veces es al revés.
A veces lxs más pequeñxs deben cargar demasiadas cruces propias y ajenas.
El corazón traicionado de esa forma no puede sanar fácilmente. A veces hace falta hundirse en un abismo cada vez peor para poder emerger y reconciliarse, al menos un poco, con ese territorio de la infancia que, si ha sido muy dolorosa, parece que no deja de sangrar jamás.
Y a veces, casi siempre, es el dolor el que engendra nuestras grandes fortalezas, vocaciones, compromisos.
Y aun así, a veces nos preguntamos ¿hace falta tanto dolor para las pibas?
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sábado, 12 de octubre de 2019
Como una ducha
¿Viste cuando estás por ir a bañarte pero dudás porque el cansancio se va imponiendo de a poco? Dudás sabiendo que la ducha te hará bien, sacarse todo el rollo del día y la porquería, el renacimiento que ofrece el agua cada día...
Y al final con el último resto vas y te duchás y mientras lo estás disfrutando decís qué suerte que lo hice.
Esos pequeños triunfos de Eros...los detalles que casi nunca apreciamos.
Como el día que te sobreponés a la angustia y la ansiedad y no llamás a quien sólo puede provocar más de eso mismo. Como fumar un pucho tras otro pensando en dejarlo en el siguiente y sin disfrutar ninguno.
Como alineadas.
Como posesas.
Como fuera de la escena pero, a la vez, sin vernos.
Así.
Viste qué lindo ducharse.
Sacarse el rollo.
Escuchar música.
Dejarnos llevar por el instante como si fuéramos budistas, o sabias esclavas antiguas que saben combinar la paciencia con la esperanza, la aceptación de un destino y la determinación de torcerlo.
Como si fuéramos heroínas de lo pequeño.
Del detalle.
Del mimo.
Del gesto con el hijo que conecta su boca en la teta, la cucharada de papilla, el cuento leído a la noche, la espera de las primeras salidas y la felicidad de saber de su risa aunque esté lejos.
Escribir así.
Escribir y amar.
Amar y desear.
Saber reconocer los finales, pero no arrojarse en ellos como a precipicios.
Cantar.
Como dos pajaritos.
Una ducha.
Y al final con el último resto vas y te duchás y mientras lo estás disfrutando decís qué suerte que lo hice.
Esos pequeños triunfos de Eros...los detalles que casi nunca apreciamos.
Como el día que te sobreponés a la angustia y la ansiedad y no llamás a quien sólo puede provocar más de eso mismo. Como fumar un pucho tras otro pensando en dejarlo en el siguiente y sin disfrutar ninguno.
Como alineadas.
Como posesas.
Como fuera de la escena pero, a la vez, sin vernos.
Así.
Viste qué lindo ducharse.
Sacarse el rollo.
Escuchar música.
Dejarnos llevar por el instante como si fuéramos budistas, o sabias esclavas antiguas que saben combinar la paciencia con la esperanza, la aceptación de un destino y la determinación de torcerlo.
Como si fuéramos heroínas de lo pequeño.
Del detalle.
Del mimo.
Del gesto con el hijo que conecta su boca en la teta, la cucharada de papilla, el cuento leído a la noche, la espera de las primeras salidas y la felicidad de saber de su risa aunque esté lejos.
Escribir así.
Escribir y amar.
Amar y desear.
Saber reconocer los finales, pero no arrojarse en ellos como a precipicios.
Cantar.
Como dos pajaritos.
Una ducha.
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martes, 8 de octubre de 2019
Y no sos Vronsky
El tren se llena. Chicas con bebés, personas que apenas pueden caminar, a mi lado un chico con alguna clase de autismo, su abuela y un celular.
Una piba canta con más ahínco que afinación para ganarse unas monedas, el sol pega con promesas de fin de pesadillas y yo busco algún indicio en los mundos posibles y las redes que me diga si vos también estuviste pensando en mí.
Con las amigas hablamos todas al mismo tiempo y nos entendemos perfectamente y con los amantes, aunque te escribas mensajes y hables pausado y lento, parece que es todo un gran malentendido como con tanta belleza nos dijo Barthes. Fragmentos del discurso del deseo, amorosa confusión.
En la estación de Villa Elisa veo las ventanas desde la que en alguna vida pasada miré los trenes y recuerdo cuentos y novelas propias y ajenas en las que las mujeres viajan como yo para alejarse de algo que no se sabe bien qué es pero las persigue.
Y no sos Vronsky, claramente no sos Vronsky. No hay Vronsky y si lo hubo quedó olvidado junto a los briosos caballos del batallón del Zar.
Un taxista pajero intentó arruinarme la mañana pero lo ahuyenté con una puteada y música brasilera.
Octubre me trajo tantas esperanzas que respiro como si en vez de cumplir años hacia adelante hubiera cumplido hacia atrás.
Y escucho una canción de una banda que me hiciste descubrir y pienso si será la banda sonora para otra historia que ya va quedando en el pasado, enfriándose mientras me apura hacia otras estaciones, o si habrá más bailes contigo...
Una piba canta con más ahínco que afinación para ganarse unas monedas, el sol pega con promesas de fin de pesadillas y yo busco algún indicio en los mundos posibles y las redes que me diga si vos también estuviste pensando en mí.
Con las amigas hablamos todas al mismo tiempo y nos entendemos perfectamente y con los amantes, aunque te escribas mensajes y hables pausado y lento, parece que es todo un gran malentendido como con tanta belleza nos dijo Barthes. Fragmentos del discurso del deseo, amorosa confusión.
En la estación de Villa Elisa veo las ventanas desde la que en alguna vida pasada miré los trenes y recuerdo cuentos y novelas propias y ajenas en las que las mujeres viajan como yo para alejarse de algo que no se sabe bien qué es pero las persigue.
Y no sos Vronsky, claramente no sos Vronsky. No hay Vronsky y si lo hubo quedó olvidado junto a los briosos caballos del batallón del Zar.
Un taxista pajero intentó arruinarme la mañana pero lo ahuyenté con una puteada y música brasilera.
Octubre me trajo tantas esperanzas que respiro como si en vez de cumplir años hacia adelante hubiera cumplido hacia atrás.
Y escucho una canción de una banda que me hiciste descubrir y pienso si será la banda sonora para otra historia que ya va quedando en el pasado, enfriándose mientras me apura hacia otras estaciones, o si habrá más bailes contigo...
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domingo, 6 de octubre de 2019
Ahora y Carlson McCullers
![]() |
| Carlson McCullers, fuente |
Tenía una reputación tan mala que ella, tal vez por cobardía, tal vez por intuición, solo podía intentar quererlo desde cierta clandestinidad.
Ahora que todo eso quedó lejos, ahora que tantos otros vasos y algunos otros besos, un algoritmo le pone frente a los ojos como si fuera la carta robada de Poe la evidencia de lo que sí estaba bien y era real. El encanto de esas conversaciones.
Y piensa que es una pena haberse dicho cosas tan feas. Y haberlas pensado.
Porque sería lindo sentarse al sol y escuchar canciones tristes de esclavos, soñar revoluciones y hablar de Truman Capote, Carlson Mc Cullers, caníbales ribereños y gauchos cuchilleros mientras llega la noche.
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jueves, 26 de septiembre de 2019
Apuntes para un cuento (20/9/2019)
Supongo que me dejé seducir por su inteligencia. Soy joven, tal vez muy joven incluso visto en perspectiva, y aún no he tenido muchos amantes cuando esto ocurre.
Él es mucho pero mucho mayor que yo. Tiene una edad que aún ahora no he cumplido, después de tantos años.
No sé qué es muchos o pocos amantes. Supongo que eso es algo personal y relativo.
El placer en la experiencia sexual a veces depende más de la continuidad en el tiempo, del conocimiento entre dos amantes, su capacidad de divertirse, gozarse, atraerse entre sí, que de la variedad.
Pero la variedad también es un alimento necesario.
Quizá ahora lo veo de ese modo. Entonces él podía gustarme sin necesidad de conmover tanto mi cuerpo. Alcanzaba con su deseo, que era voraz, desesperado, anhelante.
Sabía que mis amantes habían sido jóvenes y bellos. Partía de una desventaja, según sus cuentas. Para mí, en cambio, en aquel momento portaba una superioridad táctica.
Era adicto a todo.
Sobre todo a sí mismo.
Yo entonces no entendía que su necesidad de autodegradarse y su narcisismo extremo formaban parte de un mismo truco de la vida.
Le habían tocado tantos dones que solo podía compensarlos autodestruyéndose.
Demasiada lucidez, demasiada sensibilidad, y una ética que le impedía cruzar el límite del cinismo, aunque no merodear sus bordes.
Nos veíamos a escondidas, aunque molesto por mi insistencia en esa condición, no desaprovechaba la ocasión de mostrarme como a un trofeo. Yo apenas comprendía ese mecanismo, lo sospechaba, pero no lo entendía. Como lo había admirado tanto, me resultaba incomprensible esa sensación de que buscaba alternativamente humillarme (porque se sentía inferior a mí, porque me deseaba mucho más que yo a él y no podía soportarlo) y al poco rato exhibirme como a una rara avis capaz de combinar belleza, juventud, neurosis muy visible e inteligencia, con cierta devoción por él, pero sin llegar a la locura extrema de sus anteriores amantes jóvenes, que habían sido varias según contaba.
Me sugería vestuarios que acentuaran mi juventud, y mis "defectos", como la baja estatura, la delgadez extrema o la falta de tetas. Si salíamos a comer con sus amigos intelectuales, se jactaba pro mis comentarios cultos o atrevidos, a condición de que sus amigos supieran apreciar mi minifalda, mi peso casi infantil, mi cuerpo que parecía incluso más joven que yo.
Con sus amigos políticos, le gustaba que sacara a relucir mi versión más rockera, más rebelde y poética.
La versión oficial de la ruptura fue que me metió los cuernos y lo dejé.
La de él, más ligada a lo estrictamente cronológico, establecía que cuando yo lo dejé él fue a buscar, por despecho, consuelo en otros brazos....en una semana, quizá dos.
Él no hablaba de otra cosa que de amor, aunque hablara de literatura, sexo, París-Texas, aguardiente, cine, política, estética, sexo, semiótica, Wagner, Cafiero, amigos, amigas, sexo,
medios, poesía, fútbol, sexo, exilios, rock, hijos, sexo, alcohol, tango, poetas y artistas dementes, sexo o drogas.
Yo no me daba cuenta de que me hablaba a mí.
De su amor por mí.
No pude corresponderle ni una sola vez.
Salvo quizá, un instante, mientras me alejaba de su quinta llena de frutales y con la pileta todavía sucia, por la calle de tierra, sin mirar atrás, con la sensación de haber sido humillada solo por la arrogancia ingenua de ser joven, bella e incapaz de enamorame de él.
Y empecé a escribir.
Distraída (22/septiembre 2019)
A veces tropiezo en la calle porque voy distraída. La primavera me distrae.
Una flor de ciruelo, un perro que duerme al sol, un poema que voy leyendo en mi celular.
Habla de las personas que recuerdan a los muertos mirando las cosas que alguna vez miraban juntos: un fresno, una pintura en un museo, una película, una vidriera de zapatería, un cadáver de un pájaro que la gata acaba de cazar.
Otras veces me distraigo tratando de recordar la expresión de mi último amante cuando me sonríe.
Todo fluye.
Una flor de ciruelo, un perro que duerme al sol, un poema que voy leyendo en mi celular.
Habla de las personas que recuerdan a los muertos mirando las cosas que alguna vez miraban juntos: un fresno, una pintura en un museo, una película, una vidriera de zapatería, un cadáver de un pájaro que la gata acaba de cazar.
Otras veces me distraigo tratando de recordar la expresión de mi último amante cuando me sonríe.
Todo fluye.
Y no hables de infierno
"Es así el cielo dime cuanto tiempo estoy muerto
cuéntame la vida que dejo sana mis heridas
y no hables de infiernos
Dime mis amores cuéntame mi casa y nombre
dime que fui noble y valiente
y si eso no es cierto no me lo digas
Dame otra vida, una en la que no pida nada
una que me lleve liviano una en la que
ya no me sueltes la mano..."
(Háblame del cielo, Mister América)
Me acompaña como algunos tangos, algunos poemas, algunas canciones de la infancia y del rock de mi ciudad.
![]() |
| L'Embarquement_pour_Cythere,_ Antoine Watteau |
Algunas tragedias shakespereanas y algunas comedias. Dos o tres novelas.
Me acompaña como sabiendo.
Como si las palabras fueran performativas.
La voz de Gustavo es de terciopelo en esta canción.
De la guitarra mejor no hablar.
Como si las palabras fueran performativas.
La voz de Gustavo es de terciopelo en esta canción.
De la guitarra mejor no hablar.
La melodía me llega de otra parte, como si viajara por una montaña, altas cumbres y cielos no contaminados, sin un destino prefijado y sin apuro.
La banda está tocada por algunos dioses cuando la interpretan.
Yo, sin apuro. Una rareza.
Hablo con mi amigo J. sobre la muerte y las pérdidas. Cómo una paliza tras otra lo arrasaron (y a gran parte de su mundo) y lo arrojaron vertiginosamente al territorio de las orfandades.
Hablo con mi amigo J. sobre la muerte y las pérdidas. Cómo una paliza tras otra lo arrasaron (y a gran parte de su mundo) y lo arrojaron vertiginosamente al territorio de las orfandades.
Hicimos una fiesta en lo F.
Bailamos hasta que nos dolieron los pies y partes del cuerpo que ya no recordábamos que teníamos.
Bailamos como peronistas gozadores.
Bailamos como cuando después de un largo invierno y demasiados cementerios y crematorios lxs niñxs, la música y lxs amigxs, el vino y la comida, el perfume de los jazmines, la exuberancia de las orquídeas, nos recuerdan que hemos sobrevivido.
Como las cigarras.
Bailamos como homenajeando a D, que bailaría con nosotrxs si estuviera.
Como cuando tenemos sexo con alguien que nos gusta mucho después de mucho tiempo de desierto o de amantes equivocados o deportivos.
Sabiendo que no hay mucho más allá de la muerte: el amor, el arte, lxs hijxs, lxs amigxs, la política si es pasión y algunos momentos.
Y el mar.
Y los viajes a nuestras pequeñas Citereas platenses.
Y algunas verdades que a veces nos atrevemos a mirar a los ojos y espejos: con compasión y sin caretas.
miércoles, 12 de junio de 2019
Néctar de liquidámbar
Estaba empezando la primavera, estación en la que me animo, es como si el renacer del ciclo ocurriera a niveles mitocondriales.
Se produce en mí una agudización de la contradicción: entre la animala arcaica, cuyo deseo despierta algo amorfo pero poderoso, y una nostálgica del romanticismo alemán o del apasionamiento melanco de las almas rusas, y mi sensibilidad estalla. Flores, nubes, atardeceres, discos de Blur, palabras pronunciadas o escritas poéticamente, manos rasgando cuerdas de guitarras, retratos modiglianescos, avenidas porteñas saturadas de autos, todo, o casi todo, me llega al corazón.
Sin filtros.
Venía de una pena de tango y bandoneón, algunos pianos resonaban todavía, pero no olvidaba la balalaika que invita a bailar en las estepas de nuestras almas de linajes campesinos y maestros, de buscadores de estrellas y poesía y resistidoras de diablos y pogromos.
Y chamamés litoraleños negados y reencarnados en amores que ya no cantan más.
Se produce en mí una agudización de la contradicción: entre la animala arcaica, cuyo deseo despierta algo amorfo pero poderoso, y una nostálgica del romanticismo alemán o del apasionamiento melanco de las almas rusas, y mi sensibilidad estalla. Flores, nubes, atardeceres, discos de Blur, palabras pronunciadas o escritas poéticamente, manos rasgando cuerdas de guitarras, retratos modiglianescos, avenidas porteñas saturadas de autos, todo, o casi todo, me llega al corazón.
Sin filtros.
Venía de una pena de tango y bandoneón, algunos pianos resonaban todavía, pero no olvidaba la balalaika que invita a bailar en las estepas de nuestras almas de linajes campesinos y maestros, de buscadores de estrellas y poesía y resistidoras de diablos y pogromos.
Y chamamés litoraleños negados y reencarnados en amores que ya no cantan más.
Le cuento a mi amiga que X me invitó a cenar. Así, casi de la nada.
Omito el relato pormenorizado de idas y vueltas en el chat a lo largo de meses, tal vez un año o más. Lo omito no por engañarla, sino porque no lo registro, todavía, como lenguaje amoroso.
Nunca le di importancia. Siempre estoy muy ocupada.
Me advierte: si te gusta salí, pero con X no se puede tener nada.
Tener.
Recuerdo esa palabra.
Tener, sostener.
Yo no soy de tener.
Y tampoco me gusta que me tengan.
Prefiero amar a mi manera. Que no es despojada ni filantrópica, es solo así: menos libre de lo que quisiera, pero mucho menos prisionera de lo que el confort recomienda.
Y sino hay amor, que al menos haya literatura. O música. O dibujos.
O nada.
No vamos a regatear.
Tener tal vez sea para gente más prolija, más estable, más correcta.
Yo no quiero tener nada, le digo.
Ella se refería a la fobia que atravesaba a las relaciones muy comprometidas. Síndrome de Cenicienta, a las doce salir corriendo.
Era primavera.
Venía de una relación de mucho tiempo. De esa intimidad que es Cielo e Infierno, y que al romperse nos deja extrañadas en un cuerpo y una vida que parece ajena, algo muerta.
Omito el relato pormenorizado de idas y vueltas en el chat a lo largo de meses, tal vez un año o más. Lo omito no por engañarla, sino porque no lo registro, todavía, como lenguaje amoroso.
Nunca le di importancia. Siempre estoy muy ocupada.
Me advierte: si te gusta salí, pero con X no se puede tener nada.
Tener.
Recuerdo esa palabra.
Tener, sostener.
Yo no soy de tener.
Y tampoco me gusta que me tengan.
Prefiero amar a mi manera. Que no es despojada ni filantrópica, es solo así: menos libre de lo que quisiera, pero mucho menos prisionera de lo que el confort recomienda.
Y sino hay amor, que al menos haya literatura. O música. O dibujos.
O nada.
No vamos a regatear.
Tener tal vez sea para gente más prolija, más estable, más correcta.
Yo no quiero tener nada, le digo.
Ella se refería a la fobia que atravesaba a las relaciones muy comprometidas. Síndrome de Cenicienta, a las doce salir corriendo.
Era primavera.
Venía de una relación de mucho tiempo. De esa intimidad que es Cielo e Infierno, y que al romperse nos deja extrañadas en un cuerpo y una vida que parece ajena, algo muerta.
El flaco está bueno, lo conozco de siempre (eso creía, no tenía idea). Hay cierta confianza. Incluso cuando me invita, descreo o niego sus intenciones seductoras.
Es un conocido, pienso, y hay cariño. Podría llegar a convertirse en un amigo.
No me arreglo.
Mejor dicho, me desarreglo y me pongo de entrecasa para salir con él.
No quiero mandar mensajes equivocados.
Ni siquiera sé qué mensaje quiero mandar.
Mi amiga cree que solo empiezo a verme con X porque con X no se puede tener nada.
Y que yo no quiero tener nada.
Pero me gustaba bastante. Eso también lo sé, aunque en ese momento no había reparado en eso, ni en él. Todavía no sé si es un cínico, un bipolar o un alma rota, como la mía, como casi todas.
Mi amiga insistía: te enganchás porque sabés que con él no se puede tener nada.
Y eso le preocupa o le molesta, según la ocasión.
Ella nunca estuvo sin pareja, no le va esa forma de vivir.
Dice que el amor para ella esto y aquello.
Yo la vida sin un amor tampoco la concibo, objeto. Pero la pareja... cuántas veces no es el amor, ¡ni de cerca! Eso de estar por estar no me va.
Me aburre. Me mata. Me hace ser mala. Me embrutece.
En el medio todo el trabajo que se hace leyendo buenas novelas, escuchando (a otros, a otras) y hablando en un diván.
En el medio un no amor que no llega a nacer y ya muere.
Demasiado fuego para tan poco sexo.
Demasiado sexo para tan poco amor.
Demasiadas canciones y palabras.
Hasta que me doy cuenta que tampoco quiero tener a X.
Ni una historia con X.
Y y Z, menos. Ni pena ni gloria.
X es la parte de la ecuación, la incógnita a despejar (en mí). X era cómodo.
A X tal vez yo le gustaba la mitad de lo que me dijo que le gustaba y es un montón.
X me rompió el corazón, pero no mucho. Lo suficiente para recordarme que tenía uno. Quise ser leve como las chicas que le gustan a X, pero la levedad no es lo mío.
Mi amiga tenía razón.
Con X nada.
Pero X te hizo salir de la covacha.
Gracias X. Chau X. Empezó el verano, otra vez más.
Es un conocido, pienso, y hay cariño. Podría llegar a convertirse en un amigo.
No me arreglo.
Mejor dicho, me desarreglo y me pongo de entrecasa para salir con él.
No quiero mandar mensajes equivocados.
Ni siquiera sé qué mensaje quiero mandar.
Mi amiga cree que solo empiezo a verme con X porque con X no se puede tener nada.
Y que yo no quiero tener nada.
Pero me gustaba bastante. Eso también lo sé, aunque en ese momento no había reparado en eso, ni en él. Todavía no sé si es un cínico, un bipolar o un alma rota, como la mía, como casi todas.
Mi amiga insistía: te enganchás porque sabés que con él no se puede tener nada.
Y eso le preocupa o le molesta, según la ocasión.
Ella nunca estuvo sin pareja, no le va esa forma de vivir.
Dice que el amor para ella esto y aquello.
Yo la vida sin un amor tampoco la concibo, objeto. Pero la pareja... cuántas veces no es el amor, ¡ni de cerca! Eso de estar por estar no me va.
Me aburre. Me mata. Me hace ser mala. Me embrutece.
En el medio todo el trabajo que se hace leyendo buenas novelas, escuchando (a otros, a otras) y hablando en un diván.
En el medio un no amor que no llega a nacer y ya muere.
Demasiado fuego para tan poco sexo.
Demasiado sexo para tan poco amor.
Demasiadas canciones y palabras.
Hasta que me doy cuenta que tampoco quiero tener a X.
Ni una historia con X.
Y y Z, menos. Ni pena ni gloria.
X es la parte de la ecuación, la incógnita a despejar (en mí). X era cómodo.
A X tal vez yo le gustaba la mitad de lo que me dijo que le gustaba y es un montón.
X me rompió el corazón, pero no mucho. Lo suficiente para recordarme que tenía uno. Quise ser leve como las chicas que le gustan a X, pero la levedad no es lo mío.
Mi amiga tenía razón.
Con X nada.
Pero X te hizo salir de la covacha.
Gracias X. Chau X. Empezó el verano, otra vez más.
Estamos en otoño.
Y mientras camino escuchando canciones y viendo persianas bajas de comercios tristes y abandonados, mientras me distraigo bebiendo del néctar de belleza que proponen los liquidámbar, sonrío en el nivel celular, sonrío sin saber por qué, por lo que vendrá.
Por Dionisio desmembrado, y todas las diosas de la vida, y por los gauchos cuchilleros que aún resisten.
Porque otra vez llegará la primavera.
De regreso a Oktubre.
Y mientras camino escuchando canciones y viendo persianas bajas de comercios tristes y abandonados, mientras me distraigo bebiendo del néctar de belleza que proponen los liquidámbar, sonrío en el nivel celular, sonrío sin saber por qué, por lo que vendrá.
Por Dionisio desmembrado, y todas las diosas de la vida, y por los gauchos cuchilleros que aún resisten.
Porque otra vez llegará la primavera.
De regreso a Oktubre.
jueves, 6 de junio de 2019
Patios vacíos de otoño
Vagamente recuerdo haber leído en algún cuento de Kundera de mis veintialgo que había que prestar mucha atención a la conducta de los primeros momentos en que dos personas pasan juntas una noche, una mañana, esas primeras horas en las que nadie sabe bien si es el principio de algo más duradero o un encuentro ocasional.
Porque allí, en las primeras actitudes y detalles, habita el germen de la forma en que se desarrollará la relación en caso de continuar. Si él, por ejemplo, le lleva el desayuno a la cama, posiblemente será quien se ubique en posición de atender al otro. Si ella quiere charlar o fumar después del sexo, seguramente esa actitud se repetirá en el futuro y puede llegar a ser un problema si él es de los que se abandonan al sueño una vez satisfechos, o si odia el cigarrillo.
Advertida, sin embrago, suelo distraerme y no prestar atención a estos detalles, salvo en la perspectiva del tiempo cuando trae el final del deseo y deja, con suerte, alguna historia ficcionada en base a emociones y pensamientos vividos.
Debí darme cuenta que todo estaba ahí, en esas primeras escenas, en el caso de X.
Por ejemplo, el modo en que él decía quien era con las mujeres, su manera de jugar el juego de un romanticismo nostálgico que en cierta forma usaba para encubrir su vacío, una posición ¿algo femenina? y su fantasía de seductor. Hablaba de una chica con la que había salido, y enseguida estaba aclarando que a él en verdad la chica no le gustaba mucho, pero en cambio le encantaba la amiga (o la prima, o la hermana, pero no la chica con la que estaba, sino otra). Era como si confesara que no estaba donde quería o con quien quería, y su deseo de alimentaba de búsquedas más que de encuentros, y de fantasías más que de vínculos. Y entonces yo lo sentía como incomodidad, como herida (no está acá, su deseo está en otra parte) o como fantasía de histeria, sin llegar a comprender que era un hombre que no podía.
Que no podía quedarse en ninguna parte porque en realidad no estaba del todo allí donde aparentemente estaba.
Y ahora, en patios vacíos de otoño, ni la música me regresa a esa memoria que alguna vez fue primavera.
Porque allí, en las primeras actitudes y detalles, habita el germen de la forma en que se desarrollará la relación en caso de continuar. Si él, por ejemplo, le lleva el desayuno a la cama, posiblemente será quien se ubique en posición de atender al otro. Si ella quiere charlar o fumar después del sexo, seguramente esa actitud se repetirá en el futuro y puede llegar a ser un problema si él es de los que se abandonan al sueño una vez satisfechos, o si odia el cigarrillo.
Advertida, sin embrago, suelo distraerme y no prestar atención a estos detalles, salvo en la perspectiva del tiempo cuando trae el final del deseo y deja, con suerte, alguna historia ficcionada en base a emociones y pensamientos vividos.
Debí darme cuenta que todo estaba ahí, en esas primeras escenas, en el caso de X.
Por ejemplo, el modo en que él decía quien era con las mujeres, su manera de jugar el juego de un romanticismo nostálgico que en cierta forma usaba para encubrir su vacío, una posición ¿algo femenina? y su fantasía de seductor. Hablaba de una chica con la que había salido, y enseguida estaba aclarando que a él en verdad la chica no le gustaba mucho, pero en cambio le encantaba la amiga (o la prima, o la hermana, pero no la chica con la que estaba, sino otra). Era como si confesara que no estaba donde quería o con quien quería, y su deseo de alimentaba de búsquedas más que de encuentros, y de fantasías más que de vínculos. Y entonces yo lo sentía como incomodidad, como herida (no está acá, su deseo está en otra parte) o como fantasía de histeria, sin llegar a comprender que era un hombre que no podía.
Que no podía quedarse en ninguna parte porque en realidad no estaba del todo allí donde aparentemente estaba.
Y ahora, en patios vacíos de otoño, ni la música me regresa a esa memoria que alguna vez fue primavera.
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