lunes, 10 de diciembre de 2018

Y así librarme

"Escribir es tantas veces recordar lo que nunca existió. 
¿Cómo lograré saber lo que ni siquiera sé? 
Así, como si recordara. Con un esfuerzo de memoria,
como si yo nunca hubiera nacido. 
Nunca nací, nunca viví: pero recuerdo, y el recuerdo es en carne viva". 
(Clarice Lispector, Revelación de un mundo)

Por eso yo escribo de un hombre al que no amé y que no me amó, como si nos hubiéramos amado.
Y me acuerdo de frases de Silvina Ocampo, o de las que escriben CR, o CN o PS en sus blog,sus redes, sus libros. Silvina, así, como si fuera una amiga, me llega en frases que me vienen, como cuando ella dice que un hombre que no ama no puede provocar un orgasmo. Y no es que esté hablando de Tal o de Tal otro, o quizá sí, está escribiendo, y al escribir es como si su voz fuera arrojada al universo, y chocara con algunas paredes, y rebotara en algunas almas, y entonces alguien (como yo) lee sus frases y dice: sí, lo sé, me hizo gozar tanto que creí que nos amábamos.
O bien, por un instante nos amamos.
O luego: eso nada tuvo que ver con el amor, dos egos, dos soledades, dos seducciones que se encontraron.
O cualquier otra cosa parecida, única, singular, de una escritura que no tiene ya dueño ni musos.
Por eso escribo acerca de cosas que pueden haber sucedido en algunas vidas, incluso en la mía, o no, y eso no tiene importancia, porque la vida es en la escritura tan real como en cualquier otro mundo posible.
Por eso cuando un hombre que no me amó me hace reproches por lo que escribo, me hace un reclamo de celos como si me quisiera, no puedo más que encogerme de hombros -y de hombres- y tal vez intentar explicar lo que no puede explicarse, porque yo tampoco sé por qué estas historias, por qué estas palabras, por qué puede alguien reconocerse o no reconocerse en estos textos que me invaden como me invade el mundo. A veces el mundo me invade, a veces lo habito yo de tal modo que mi cuerpo se entrega a la escritura y a la vida, como se entrega al amor que no es amor, pero es lo mismo en ese instante si nos hace sentir vivas.
Por eso yo puedo ser libre acá, y tal vez solamente acá, sin ataduras, sin especulaciones, sin medir las consecuencias.
Aunque a veces sufra las consecuencias, y otras las disfrute, y otras sean latigazos, y otras enseñanzas de maestros y maestras lejanas, y voces de lectores que vuelven como verdades, como destellos, como barcos vikingos de mundos por descubrir.
Libre, liberándome. Y así, escribiendo, librarme de vos y tus encantos, de los hechizos que envolvieron nuestros días, los vividos, los imaginados, los del futuro que no llegará.
Librarme de vos, que es salvarme: librarme de mí, de esa yo que desespera y pide lo imposible a quien no es ni será, ardiendo como una doncella medieval en rituales que no tienen cabida en este tiempo.
Puedo hablar de mis amigas, las que están y las que no están, como si conversáramos con los pies en el agua, o descalzas en el pasto recién cortado que huele a menta y tierra mojada, o en la playa. Puedo hablar con mis amigas y mis hermanas de sangre o de amor como cuando nos metíamos en el mar, detrás de las rompientes, con esa mezcla de adrenalina y felicidad, dando brazadas o haciendo la plancha bajo el sol del amanecer, como si fuéramos a vivir para siempre pero también como si la muerte solo fuera el horror absoluto para quienes no se atreven a vivir.
Hablarles, incluso con los silencios que compartimos con algunas, con miradas, con esas grandes pelas que nos cambiaron en lo profundo, con los errores cometidos, con los perdones, con los restos de tantos naufragios.
Vivir que es aceptar las derrotas.
Las pérdidas.
Las mil batallas.
Los amores no correspondidos, que cuando duelen, duelen como tumores, como enfermedades incurables, como soledades infinitas, como abismos sin conejos ni magia.
Duelen como los recuerdos en carne viva de lo que no será, la mirada que no nos mirará (y mirará a otra), las palabras que no nos dirán (y le dirán a otra). 
Tu hielo que corta el fuego que me poseía.
Pero no duelen como las primeras heridas, y es porque sabemos que pasará, que vendrá otro día, que vendrán otras palabras, que un día no sabremos qué nos ataba a aquella loca incertidumbre del deseo en llamaradas de seducción, y nada más. Nada menos claro, pero nada más.
Con un esfuerzo de memoria de lo que se va diluyendo, que cambia de forma, que adquiere el tamaño de una nueva sonrisa, de un abrazo que calma, como las palabras dulces que traen, sino olvido, al menos, nuevos recuerdos. Dos cuerpos que se encuentran y se deleitan, y se hacen bien.
Nuevas escrituras.
Y los trazos de la tinta y el acrílico sobre el blanco, y los ojos de la chica y del chico que dibujaste con tanta sabiduría, que me hacen olvidar unas horas de las bombas de tiempo que llevamos en el cuerpo.

martes, 4 de diciembre de 2018

Creo que podría guionarlo.
Y en él, a otros.
Había comprendido que amaba así, si es que eso era amor: quizá empujado por ese vacío que era como el fuego de la acidez que nada calma, saltando de cuerpo en cuerpo, buscándose.
Amaba así, descuidado, irresponsable como un niño tiranizando a una madre demasiado madre y a un padre siempre en fuga.
Quizás.
Repetía diálogos y estrategias, tal vez se daba cuenta, tal vez no. Usaba las mismas palabras, las mismas miradas, las mismas canciones, los mismos poemas, los mismos llantos, las mismas bromas para conmover a distintas mujeres. A algunas  les había dado lo único que podía dar, como accidentalmente pero no, claro que era muchísimo, quizá era casi todo para ellas, amor para el futuro, provisiones, nombres. 
Sin eso, no tenía nada, no había nada entre sus múltiples posesiones, oropeles, aventuras. Debajo de todo eso, noche y soledad. Llevaba una vida mordiéndose la cola. Perro bravo, perro loco, perro malo. 
La rabia juvenil se le había hecho pasión por los espejos, buscaba su reflejo. 
Había días en los que sentía un lobo capaz de conducir, cuidar y alimentar a su manada en medio de los bosques más hostiles, y se sentía satisfecho, como un hombre después de acabar, pero más.
Salía entonces con espuma en la boca a la caza de nuevas presas, sin medir más que la necesidad de la hora, sin conmoverse ante ningún cervatillo asustado que cruzara su camino.Como si estuviera hecho de instinto animal y no de palabras que nos dieron los dioses.
Otras veces era apenas un cachorro abandonado que, en ese cuerpo ya cansado, buscaba la protección de sus ancestros.
Cuando se volvía de esta tribu, yo había presentido que nos parecíamos un poco y que podíamos hablar una misma lengua, pero era como los espejismos de oasis en el desierto. En verdad, solo hay desierto y nada calmará en su cercanía esta sed. Vivía el instante y se aburría rápido, se sacudía el pelaje y ya no quedaban rastros de tu paso por su vida.
Era capaz de lastimar con sus zarpazos, mordía y arrancaba pedazos de carne por deporte, para mantener afilados los colmillos, las uñas, lo salvaje.
Tal vez lo hacía por desesperación.
Como sea.
Traía arrastrando en las mandíbulas las pruebas de un nuevo triunfo, te tiraba ahí a la vista la confirmación de su potencia viril. Aunque ambos sabíamos que no se trataba de eso, pero también de eso.
Era como si te pegara una piña, justo cuando vos ya había terminado la pelea y te habías aliviado de tus enojos.
Lo había querido querer así, tal como era, tal  como  yo  lo percibía, pero cuando te relajabas llegaba
la mordida brutal del animal tempranamente herido y desconfiado.
Yo conocía otros lobos, monos salvajes, escorpiones, pavos reales.
Yo era un poco también de esa estirpe salvaje que lucha por sobrevivir y ser amada cada vez que una mirada.
Escribir, me preguntan sobre escribir. Si escribir acerca de esto le dará carnadura, si el peso de la palabra escrita hace más pesada la mochila. Si el miedo de morir nos pone ansiosas. Si escribimos para vengarnos o para hacer justicia. Si escribimos para que nos amen, o para que nos comprendan.
Si perdonamos las injurias porque estamos hechos un poco de materia divina y no solo de barro y diablos, o si sencillamente lo hacemos para aliviar el equipaje y seguir andando.

Nos perdono cuando hay sol

A la mañana muy temprano y con este sol, nos perdono. Nos estoy perdonando.
Recuerdo adonde empezamos, aquel Big Bang infancia, tanto dolor, tanta paranoia, el amor mendigado, improvisado entre escondites, embutes, tiros en la noche, chicas baleadas en la puerta de tu casa, la ciudad invadida, las noches de terror, las cartas que ya no se contestan, los niños y niñas que dejan la escuela de un día para otro.
Nos necesito perdonar, al huérfano que hay en vos siempre, triste, que me mira con esos ojos reproche que no puedo soportar aunque haga como que no me importa.
A vos y a tus exilios, a vos y a tus abandonos de abandonado.
Nos perdono a nosotros también, porque me hiciste sangrar, porque me dejaste en mitad de la ruta y con las sandalias rotas, pero con el corazón latiendo de coraje y de ganas de volver a empezar, a renacer, a luchar.
Como si fuera mariposa, como en la Garganta del Diablo.
Me perdono a mí, por no saber vivir sin agotarme trabajando como una mula, por inflamarme de rabia, por el amor que no supe recibir o dar.
Por los hijos que no pude.
Nos perdono, y paso con la bici por tu puerta, y veo a tu perro, y te llamaría pero no vas a contestarme.
Y me matás de indiferencia, pero nos perdono por eso también, porque creo que me tenés un poco de miedo o un poco de bronca, o un poco de nada.
Nos perdono por los malos entendidos y las chicanas, y por los besos que no nos dimos cuando teníamos ganas. Tantas ganas.
Nos perdono y extraño lo que pudo ser, y bailo sola en el jardín, descalza, con mi perra y el pasto que huele a menta.
Nos perdono y escucho bandas nuevas, y soy de a ratos feliz con esa bomba de tiempo dentro mío y esa sangre que fluye como si tuviera veinte años, a veces, y otras veces cien años, o mil.
Después es tarde, después llega la muerte, después ya no. Y sabemos eso pero igual tenemos que seguir adelante, seguir viviendo, seguir cuidando, preparando la comida con especias del desierto africano y amor en las manos, y llenar la casa de aromas que reconcilien el cuerpo.
Afuera la noche, afuera los tiros otras vez, los pibes que duermen en la puerta de los bancos, la boca abierta al sol, la cajita con un mensaje que pide ayuda a gritos. Y nadie escucha.
Afuera violan a las pibitas, y las tiran por ahí en los descampados, o las hacen morir de otros hambres y otras sedes.
Eso no nos perdono, eso es imperdonable.
En cambio, nos perdono por haber envejecido antes de tiempo, por haber sido adultos tan temprano, por no haber bailado una sola canción juntos y por no poder dormir una última vez abrazados para olvidar todo lo feo, todo lo malo, todo lo que nos devora.
Te perdono cuando hay sol.
Después, no sé.

domingo, 2 de diciembre de 2018

Todas las maneras en que él no

Yo le escribía y él me ignoraba. Tenía todo un repertorio para hacerme sentir invisible: a veces me clavaba el visto, a veces no me contestaba.
Respondía con una indiferencia densa, como una colcha tejida al crochet pero con puntos doble vareta apretados, a todas mis manifestaciones de cariño.
Se mantenía inconmovible a cualquier demostración de afecto.
A veces yo creía que era su manera (a veces cruel, a veces sádica, a veces sencillamente porque de verdad no le importaba nada de mi vida ni me existencia) de hacerme saber que no me quería ni un poquito, ni siquiera como se quiere a un perro de algún vecino, fastidioso, ladrador, pero al que la vida nos acostumbra al menos a cierto cariño  cuando está enfermo.
Otras veces me daba cuenta de que él ni siquiera destinaba un segundo mental para mí. Si es que recordaba mi nombre, eso era todo. Tal vez en la serie de mujeres que coleccionaba en la memoria cuando se le acababa el deseo (se aburría rápido, deseaba mucho sólo aquello que se le escabullía).
A veces también yo me olvidaba de él por completo.
Me enamoraba unas horas, unos días, hacia como que me entregaba a alguna clase de tropiezo llamado amor, pero sin amor, a hombres que me miraban con fuego (sin importarles si estábamos en lugares públicos), y me decían cosas lindas, se mostraban atentos a mis problemas, o me provocaban orgasmos en noches de calor, mientras de fondo sonaba alguna banda de las que mí me gustan y a él no sé.
En las redes él era siempre feliz, (como casi todes), y estaba siempre rodeado de amor, de amigues, de #unafamiliamaravillosa, de un espíritu de aventuras como un personaje de Conrad.
En las redes él repartía amor, era como un sodero que iba de acá para allá repartiendo amor a quienes lo necesitaran. A mí su reparto me despertaba sentimientos contradictorios: si le creía, me parecía que andaba intentando dar aquello que no tenía, eso que tanto anhelaba y hacía vacío en su hondura, allí donde nacía su fuego y su tormento.
Si no me creía, me parecía fatuo, veía el despliegue del pavo que amaina su plumaje al primer ruido.
En las redes él era feliz incluso cuando se mostraba melancólico y sufriente, un hombre que lo tenía todo: padres, hijes, cosas, proyectos, salud.
Yo sabía algo que podría ser considerado una verdad que desmentía eso, pero mi corazón sabe callar algunas cosas.
Otros hombres que conocía no mostraban de este modo su felicidad, ni sus amores, ni lo inteligentes que eran, ni hacían gestos, como códigos de alta mar, para comunicarle a las mujeres con las que se acostaban que le gustaban, o que amaban a otras, o que ya lo aburrían mortalmente.
Yo quería ser como él, ignorarlo también, dejarme arrastrar a otros abismos.
Clavarle el visto, como quien clava una estaca que mata al vampiro, y deja partir al hombre.
Pero justo cuando lo había conseguido, supe que había ocurrido una mordida contagiosa, como un ideograma del I Ching, vaya a saber cuándo, y tenía que limpiar mi sangre en ardua tarea antes de poder tomarme un descanso.

miércoles, 28 de noviembre de 2018

Que no tiene remedio ni nunca tendrá

Va al médico como si fuera a rendir examen. Obediente, contesta las preguntas de una anamnesis que solo conduce a nuevos laberintos, callejones sin salida, nuevos exámenes, nuevos laberintos, nuevos océanos de preguntas sin respuestas.
Va a rendir examen como si supiera y a ver a su amante como si fuera un novio, y al novio como si fuera un hijo un poco tontito pero bueno, como esos de los que se dice, sí, los votó, pero más por ignorante que por  facho, como quien le disculpa la torpeza a un verdugo.
Dicen que cuando Isabel finalmente condenó a María Estuardo ella rogó, como todos los condenados, que por piedad le mandaran al mejor verdugo, ese que te mata de un solo golpe, arrancando con limpieza la cabeza.
Dicen que Enrique Tudor fue especialmente cruel con Ana Bolena, la madre de Isabel, en ese sentido (y en tantos más), cuando la mandó a decapitar.
Con ella y con otra de sus reinas.
Dicen que hay hombres que te decapitan así, dejándote una marca, una llaga, una herida tajante, para que agonices lento y sufras más. Es como si marcaran el ganado, sus posesiones, sus bienes. Tal vez por que temen ser olvidados, tal vez solo sean leyendas.
Tal vez porque no pueden relacionarse con una mujer a la que desearon alguna vez sin humillarla, sin intentar someterla.

Va a la presentación de un libro al que la invita su amiga M, un libro cuyo título le atrae particularmente, Personas que quizás conozcas, de Virginia Feinmann. Y escucha en la presentación a la altura y a otra escritora, Raquel Robles, se reconoce allí en esta demanda de verdad que le formulamos a la ficción.  No sea cosa que mi interpretación no sea la correcta y tu voz no sea tu voz sino una referencia autobiográfica realista y verdadera, a  ver si estás leyendo esto porque estás escribiendo en esto tal cosa de tal persona y tal otra de tal otra como si se tratara de la declaración testimonial ante un jurado que.
Después de todo.
Yo que sé.
Vivimos en un país donde las declaraciones testimoniales y los cuerpos violados y torturados se tergiversan. Se miente en donde se jura decir verdad, se dice lo que no es y no se dice lo que gritan las autopsias, los ADN y los huesos que aparecen tarde o temprano.
Más bien tarde.
Tardísimo.
Los muertos que vuelven de los ríos y los mares y las fosas comunes.
Las pibas en los descampados y los basurales.
Tarde. Muy tarde.
Pero igual tardísimo no es lo mismo que nunca.
Va al psicoanalista como si fuera a una iglesia o a una sinagoga, o a una mezquita, o a cualquier templo donde pudiera hablarle a los dioses que hace rato ya que no nos escuchan.
Va como si por ese llanto que llora pudiera terminarse algo del dolor, de la injusticia.
Como si por ir y hacer lo que le dicen, las enfermedades desaparecieran.
Las del alma cuerpo y el cuerpo alma.
Desolador, como canta Leti Carelli.
Desolada.
Como si por escribir apurada en el teclado de un teléfono pequeño pudiera desear a quien no desea y ser amada por quien no la ama.
Como si el olvido, o al menos el reposo, pudieran recetarse en algún consultorio. Como si pudiera olvidar hasta qué punto lo tenés adentro, con tantos análisis que intentan diagnosticar aquello que no tiene remedio, ni nunca tendrá.
Porque no tiene juicio.

domingo, 25 de noviembre de 2018

Como los lobos

Creo que podría guionarlo. 
Y en él, a otros.
Había comprendido que amaba así, si es que eso era amor: quizá empujado por ese vacío que era como el fuego de la acidez que nada calma, saltando de cuerpo en cuerpo, buscándose.
Amaba así, descuidado, irresponsable como un niño tiranizando a una madre demasiado madre y a un padre siempre en fuga.
Quizás. Desesperado.Meando el territorio, vagando por el bosque, siempre hambriento.
Repetía diálogos y estrategias, tal vez se daba cuenta, tal vez no. Usaba las mismas palabras, las mismas miradas, las mismas canciones, los mismos poemas, los mismos llantos, las mismas bromas para distintas mujeres. 
Llevaba una vida mordiéndose la cola. 
Perro bravo, perro loco, perro malo. 
La rabia juvenil se le había hecho pasión por los espejos, buscaba su reflejo incluso en lagos congelados.
Había días en los que sentía un lobo capaz de conducir, cuidar y alimentar a su manada en medio de los bosques más hostiles, y se sentía satisfecho, como un hombre después de acabar, pero más.
Salía entonces con espuma en la boca a la caza de nuevas presas, sin medir más que la necesidad de la hora, sin demorarse.Como si estuviera hecho de instinto animal y no de palabras que nos dieron los dioses.
Otras veces era apenas un cachorro abandonado que, en ese cuerpo ya cansado, buscaba la protección de sus ancestros.
Cuando se volvía de esta especie, me había hecho presentir que nos parecíamos un poco y que podíamos hablar una misma lengua, pero no era cierto. Apenas un espejismo en el desierto. En verdad, no hay en él oasis, solo hay desierto. Vivía el instante y se aburría rápido, se sacudía el pelaje y ya no quedaban rastros de tu paso por su vida.
Era capaz de lastimar con sus zarpazos, mordía y arrancaba pedazos de carne por deporte, para mantener afilados los colmillos, las uñas, lo salvaje.
Tal vez lo hacía por desesperación.
Como sea.
Traía arrastrando en las mandíbulas las pruebas de un nuevo triunfo, te tiraba ahí a la vista la confirmación de su potencia viril. Era como si te pegara una piña, justo cuando vos ya había terminado la pelea y te habías aliviado de tus enojos, y te habías ido a navegar.
Lo había querido querer así, tal como yo  lo percibía, pero cuando te relajabas llegaba la mordida brutal del animal tempranamente herido y desconfiado. No podía evitarlo.
Yo conocía otros lobos, monos salvajes, escorpiones, pavos reales.Yo era un poco también a veces de esa estirpe salvaje que lucha por sobrevivir y ser amada, cada vez que una mirada me adivinaba el deseo.

Y entonces, escribir.
Escribir, me preguntan sobre escribir. Si escribir lo íntimo, si hacerlo acerca de esto le dará carnadura, si el peso de la palabra escrita hace más pesada la mochila. Si el miedo de morir nos apremia a escribir. Si escribimos para vengarnos o para hacer justicia. Si escribimos para que nos amen, o para que nos comprendan.
Si perdonamos las injurias porque estamos hechos un poco de materia divina y no solo de barro y diablos, o si sencillamente lo hacemos para aliviar el equipaje y seguir andando.

miércoles, 21 de noviembre de 2018

Los amantes de las colinas

Mi amigo P me cuenta varias historias de sus antepasados sicilianos.
Historias parecidas a las que tenemos muchos, pero a la vez singulares y únicas, de esas de las que estamos hechos todos y todas quienes venimos de los linajes perseguidos, inmigrantes, originarios de esta tierra conquistada a sangre y violaciones, o del viejo continente expulsivo de sus hijos e hijas más pobres, o más transgresores, valientes y cobardes, sedientos de poder y de gloria, o almas torturadas por crímenes imaginarios o reales.
Ninguna me conmueve tanto como la de la muchacha cuyo esposo se va a la guerra (aquella Primera, de la trincheras que tragan vidas y escupen despojos, que se secuestran hombres y devuelven locos y lisiados), y se enamora de otro hombre que vive en el pueblito de la otra colina al de ella.
Es un amor que arde y se enciende con el fuego romántico de la imposibilidad.
Se miran, se adivinan, se desean de colina a colina.
Pero es un amor que no puede consumarse, la ley y su obediencia se los impiden. El deber con el marido se acrecienta ante la idea de su retorno y la razón de su ausencia, sería una traición doble: al esposo y al soldado que defiende la patria.
No puedo dejar de imaginar a esta joven  mujer así, en la colina, amando lo que no será, deseando lo imposible.
Siento pena por ella, y a la vez, sospecho que pocas vidas pueden ser tan vívidas como la de los amantes que se garantizan de este modo la intensidad de su deseo en esa, su eterna promesa y postergación.
Mi amigo P no me dice, ni yo pregunto, si el marido volvió de la guerra, como Mambrú.
Eso no importa en este relato.
Si fuera una pintura veríamos las colinas, en el medio el verde valle, y en cada cima las siluetas de los amantes que permanecen tan lejos y tan cerca.

domingo, 18 de noviembre de 2018

Los hombres que me gustan

Estaba pensando en los hombres que me gustan ahora.
No son super héroes ni los clásicos neuróticos obsesivos de manual, ni los Narcisos que se prenden fuego cada vez que se miran en un nuevo espejo y saltan de una mujer a otra solo para no caer en el abismo del vacío (incapaces de amar), aunque tengan algunos rasgos así, por supuesto, después de todo, ninguna de las mujeres que quiero ni yo misma somos más ni menos que bellas y valientes neuróticas, heridas, humanas, loquitas.

Mis amigas dicen que solo me gustan los hombres bellos...
Y tienen razón y se equivocan.
Porque es cierto que me deleito en la belleza, y eso quizá ha sido mi perdición.
No he buscado tanto como me hubiera convenido seguridad, ni comprensión,  ni confort, ni dinero, porque la belleza es la trampa donde vamos a morir colibríes, moscas, mariposas, serpientes, adanes, evas, libertarios, peronistas del goce y la justicia social, y las hijas del siglo hecho de guerras, amores apasionados y locos, literatura y rock.

A morir, y a renacer.

Pero no me gustan los hombres solo bellos o solo los hombres bellos. Que por añadidura un hombre inteligente y sensible sea bello, quién podría rechazarlo.
No sé.
¿Cómo explicar el efecto aterciopelado de un timbre de voz en mi epidemis?  Cómo escribir del impacto de la suave noche hecha novela y canción, rasguido de guitarra y voz de tenor, río de deshielo que corre, jóvenes aventureros en selvas amazónicas o contienentes negros, militantes valientes de revoluciones perdidas, oleaje de mar rescatado de un poema de Rafael Alberti, un hombre lanzado en su tabla de surf al infinito, trazos que de la nada inventan belleza, y acordes que hacen mundos.
¡Ay, esos maravillosos hombres tan distintos a mí, tan extraños, cómo no amarlos, cómo no odiarlos!
La belleza de las manos que saben hacer obra, ¡oh!, es el amor que hace sucumbir.
Pero hemos madurado e incluso aprendido a no dar tantos espectáculos de los que podamos arrepentirnos.
Y entonces los hombres que me gustan ahora, lo poco que de eso yo sé (casi nada, el deseo es un misterio, oh que será que será), son esos capaces de no salir huyendo ante el miedo aterrador de una demanda de amor femenina.
Que no actúan según lo que creen que se espera de ellos, sino que participan de cierta empatía, y pueden acariciar un llanto o acompañar una risueña borrachera sin tanto melodrama ni prolijidad correcta.
Que conocen el poder de un abrazo sentido, ahí, poniendo el cuerpo y capaces de reírse, aunque nosotras hagamos, muertas de sed y de contradicciones, como un personaje  de Visconti que dice: ¡andate, bruto! Mientras aferramos sus brazos.

Son los que pueden leer estas y otras palabras de mujeres, sin pensar que fueron escritas exclusivamente para sus pitos, que no hablan necesariamente de ellos aunque ellos estén en estas palabras, cómo están en el amor que les profesamos alguna vez o ahora o en el futuro; incluso, los que consideran la posibilidad permanente de que sus pitos (grandes, pequeños, medianos, hermosos, raros, gordos, finitos, feos) no sean el centro del universo.
Son los que se hacen cargo de sus hijos  y lo disfrutan, son los que cuando escuchan hablar de cáncer u otras enfermedades serias a mujeres en sus vidas  (madres de sus hijes, amigas, ex, amantes, novias, hermanas, madres, hijas) pueden sobreponerse a sus miedos y estar a la altura, acompañar, decir una palabra dulce, o hacer una broma, ocuparse de los hijos e hijas,
equivocarse y angustiarse, pero  reparar, no lastimar sobre las heridas, leer entre líneas, quedarse.
Intentarlo.
Cuidar. Sin miedo a  que ello signifique firmar una hipoteca o un pagaré que se pague con una libra de carne,  sino más bien un gesto que nos permita seguir siendo humanos y no androides guiados por los algoritmos del deber ser tecnofílico.
Hacerse alguna pregunta acerca de la otra, tratar de ponerse en el lugar.
Decir algo que sea verdad, tomarse el trabajo de conocerse un poco para ello.
Mirarnos a los ojos, dar consuelo en lugar de desmaterializarse como una super nova tragada por un agujero negro o convertirse en una bola densa como una enana blanca vagando sin rumbo por galaxias lejanas.
Los hombres que me gustan, son como nosotras, los que al menos lo intentan.

lunes, 12 de noviembre de 2018

Y de repente

Tenía el corazón arrebatado , como si todo el corazón y un poco más le pertenecieran a la hija que está enferma.
Tenía el pulmón oprimido e incapaz, como si el pulmón todo se oxigenara en la sonrisa de su hijo.
Tenía unas lágrimas que habían marcado surcos, como en la piedra, en donde alguna vez había tenido el útero.
Tenía el cuerpo lleno de marcas y cicatrices, tatuajes y restos de viajes, amores, tragedias, mutilaciones, la belleza de la vida del marinero y el náufrago, de la hechicera y la bruja.
Extrañaba a veces los años de juventud, quimeras y posibilidades abiertas al mañana como la flor del cactus que se hace esperar tanto pero al fin llega.
Miraba desde el avión las nubes como si no hubiera un pasado y un lugar a donde regresar.
Y de repente, alguien que interrumpe la nostalgia.

sábado, 10 de noviembre de 2018

Y que suene algo de jazz en tu cabeza

Todo lo relacionado con  X está rodeado de un vapor triste y espeso, como cuando andamos por la selva un día de lluvia.
Cada vez que estés por olvidar eso, lo que se recomienda es volver a mirar lo que se exhibió descuidadamente, el fallido delator que laceró el corazón.
(¿Te acordás del mail "equivocado" que A le manda a B?)
La memoria es tramposa, y en días de lluvia puede que deje flotar lo que emerge, resguardando en el olvido lo que hunde.
Mejor salir a navegar con dos copas y una botella.
Reírse y besarse mientras los relámpagos refusilan.
Y que suene algo de jazz en tu cabeza.