Último verano en Stalingrado, novela

sábado, 1 de octubre de 2016

Lectores: lo que Luis me enseñó de libros

Hace unos años viajaba todos los días a Buenos Aires por razones de trabajo. A veces lograba eludir el Plaza o la Costera, y nos combinábamos para la ida o la vuelta con mi amiga E y con mi amigo G.
En ese caso, ella dejaba el auto en un estacionamiento del centro porteño,  a dos cuadras del Congreso, donde por lo general nos atendía Luis, un trabajador peruano que llevaba varios años viviendo en Argentina con su esposa, con quien tenía dos niños argentinos, uno de ellos ya en la escuela primaria por entonces.
Quienes me conocen bien  saben que suelo ir por allí bastante cargada, y que soy torpe y atolondrada, de modo que muchas veces al ingresar al coche en el estacionamiento se me caían los libros, con los que suelo ir por la vida.
Fue de tanto observar estos accidentes, supongo, que un día Luis, mientras esperábamos a los demás compañeros de viaje, me empezó a preguntar muy interesado acerca de mis lecturas, que suelen ser variadas. A él le gustaba mucho la historia argentina y latinoamericana, me contó, y también la política. Pero el sueldo de su trabajo en el estacionamiento, y el trabajo de su esposa, alcanzaban para vivir y comprar lo libros para la educación de los hijos, que era la prioridad para ellos, como lo es para la mayoría de las familias.
Edición de editorial Futuro, 1945,
traducido del ruso por mi tía abuela, Rosa Scheiner
De modo que le propuse un pacto: yo le iba a hacer una selección de libros que pensara que podían interesarle, le iba a prestar uno, si lo leía, le interesaba y me lo devolvía, le prestaría otro, y así.
Por supuesto que el acuerdo funcionó durante el par de años que seguimos viéndonos. Luego, dejé mi trabajo en CABA, si bien alguna vez me lo volví a cruzar y me contó que seguía leyendo esos temas.
Tengo esta clase de acuerdos con otras personas, incluso, con gente que tiene una situación mucho más privilegiada que la de Luis en cuanto al acceso a los bienes de la cultura.
La gente que me pide libros y los devuelve, recibe otros libros, y entonces somos como una suerte de biblioteca colectiva. También suelo devolver los libros que me prestan, aunque es probable que haya habido algunas excepciones.
Parte de lo que me tocó como "pesada herencia", ha sido la posibilidad de comprarme libros, posibilidad que antes no tenía. Siempre compré libros, mentiría si dijera que no. Además me crié en una casa llena de libros. Pero por lo general, compraba libros usados, también fotocopiaba libros de amigos -esos "incunables"-, leía libros en o de bibliotecas, y los  libros nuevos, los caros, eran compras ocasionales, esperadas y celebradas. Por lo general eran para regalar.
Perdí muchísimos libros en la inundación del 2013, como muchos platenses. Sin embargo, salvé muchos también, gracias a la ayuda colectiva de muchos amigos y amigas, colegas, alumnos, compañeros, que los buscaron, los llevaron, los secaron, aprendieron, como aprendimos muchos, cómo recuperar los libros.
es cierto que muchos de los "recuperados" igual con el tiempo hubo que tirarlos, por la contaminación y podredumbre que ni los freezeres, ni los morondas, ni el sol, ni las manos amorosas de la gente solidaria pudieron reparar.
Pero aún así, son parte de una biblioteca evocable, no solo con nostalgia, sino también asociada para siempre con el recuerdo de todos esos gestos.
Hoy, al buscar un libro para prestarle a un compañero, me acordé de Luis, que fue uno de los lectores más ávidos de esa novela de Bonasso que transcurre en la Lima de 1822, y además, me enseñó muchísimas cosas después de leerlo, porque eso es lo que llamamos en ámbitos académicos "construcción colectiva del conocimiento",. Y me pregunto si alguien en este gobierno ajustador se preocupa o comprende los mundos y los sentidos que los luises que andan por ahí rompiéndose el alma sin que ningún meritócrata pseudo científico ni siquiera se entere son capaces de habilitar gracias a una biblioteca.
¿Pobreza cero?
Cuando cada habitante de nuestro país tenga garantizado el acceso a la lectura, a la escritura y a los libros -digitales, en papel, como prefiera-, cuando todos podamos tener en nuestras casas; o compartir con amigos y familias la música, el cine, los libros, la pintura, la danza, creo que no habrá lugar donde los fascistas puedan esconderse o intentar disimular su condición.

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