Último verano en Stalingrado, novela

domingo, 15 de septiembre de 2013

Los pibes al matadero, lápices inimputables

"El ritmo con el que se despierta la 
conciencia humana es desesperadamente vago"
(Boris Pahor, Necrópolis)*

Con los niños, las niñas y los adolescentes, la humanidad ha hecho y hace de todo. Son como el campo de experimentación del mal, y de tanto en tanto, también de fuerzas que surgen de lo mejor de nosotros.
La humanidad ha explotado a los niños (y lo sigue haciendo en las factorías y los campos de concentración que son las fábricas de las grandes multinacionales invisibilizadas a los ojos de los consumidores, o las guerras que requiere el propio sistema para sostener su mercado de armas, energías, alimentos, drogas, espectáculo). Los ha torturado. Los ha violado, abusado, vendido, criminalizado, utilizado como carne de cañón para guerrear, traficar drogas, armas, personas, secretos. 
Santoro , Día del niño,Carbón sobre papel, 120 x 80 cm
2011
Hemos dejado que se ahoguen en las riberas de arroyos putrefactos o en las calles de una ciudad moderna y civilizada que debía protegerlos.
Cuerpos vulnerables habitados todavía por voluntades con cierta ingenuidad, niños y niñas que deberían seguir leyendo historias de aventuras o fantasías, acunados por sus madres, o sus abuelas, o sus tías, alimentados y protegidos por los adultos, guiados en la ley por sus padres, son sometidos todos los días, lo hacemos, a toda clase de vejaciones.
En todo el mundo, desde que lo habitamos, incluso durante los miles de años de historia humana en los cuales las categorías niñez y adolescencia ni siquiera se pensaban, la concepción de los derechos no existía y los "menores" eran, a lo sumo, eso, menores: un bien o una propiedad de sus progenitores, familias o comunidades, para ser utilizados como prendas de alianzas matrimoniales, formar ejércitos, cultivar los campos, producir. Vigilados, usados, castigados.
Es reciente el tiempo en que disminuyó el promedio de la mortalidad materno-infantil, en que empezaron a masivizarse métodos de control de la natalidad, en que después de las grandes carnicerías del Siglo XX se pensara en avanzar en legislaciones internacionales que protegieran a los niños.
Nosotros, tal vez por la tradición judeo-cristiana, (religiosa, filosófica, artística), tenemos esa imagen piadosa de la madre que cuida al niño inspirada en la Virgen María o en los mitos populares de las madres italianas y las madres judías; y esa imagen del niño, del cordero de Dios victimizado en rituales que buscan expiar nuestros pecados, internalizada.
Tenemos a Evita, que aún sin ser madre en lo biológico, fue madre protectora de todos los privilegiados, instalando esa categoría que representa la fuerza institucionalizada de los derechos, normas que expresan sentires y saberes populares. ¿Hubiera consentido Evita un instante, la de la mirada de fuego y la de la mirada de ternura, que se acribillara a los niños, que se los penalizara como a adultos, que se los abandonara al delito, que se los condenara  solo por ser pobres, negros, cumbieros, villeros?. **
Aprendimos.
Algo aprendimos.
Homenajeamos en el recuerdo de  Claudio de Acha, Horacio Ungaro, María Claudia Falcone, María Clara Ciochini, Daniel Racero y Francisco López Muntaner, a todos los pibes y pibas militantes asesinados por la dictadura cívico-militar argentina, con el consentimiento de una gran parte de la sociedad.
Pero seguimos matando pibes: de hambre, de miedo, los condenamos a ser delincuentes y los entregamos a las fuerzas oscuras, mientras el paco los socava desde adentro, las  fuerzas de inseguridad (ilegales y las que siendo legales se entregan a este pillaje) lo hace desde afuera.
Mientras tanto, mientras miles de ellos van cada día al matadero de su destino, miles de trabajadores, de desocupados, de madres y padres, de curas villeros, de maestros, de profesores, de trabajadores sociales, de enfermeros, de médicos, de artistas populares, se esfuerzan por cuidar, curar, proteger, educar. 
Invertimos muchos dinero en dar herramientas para el futuro de estos pibes y pibas, a la vez que consentimos que se los use, se los victimice (en el sentido de la víctima que es elegida al azar para ser sacrificada sólo por su condición infantil, o juvenil).
Les enseñamos la violencia y a violentarse ente ellos y a otros, y después miramos el espectáculo horrorizados, como sino tuviéramos nada que ver, nada que decir o que hacer, como no sea esconder la cabeza, acusarnos, violentarlos aún más matándolos, encarcelándolos, reprimiendo el monstruo que cada día alimentamos, como si nuestro laberinto de Cnosos y su Minotauro alimentado de sangre joven, se repitiera hasta el infinito.
Cada homenaje a los militantes detenidos desparecidos en la Noche de los Lápices obliga a recordar eso, que los derechos son conquistas (con sus mártires, sus batallas culturales, su tarea pedagógica, sus traidores). Defenderlos es una tarea del día a día, del no consentir (nos) ser el mal, aceptarlo, ser como ese hombre europeo que describe Boris Pahor que "a pesar de sus frases grandilocuentes, en realidad es negligente y temeroso, y también está cada vez más acostumbrado a buscar la comodidad en todo y sistematizarlo todo..." (pág.127)
Ser el mal nosotros, habilitar a políticos, a sacerdotes y/o pastores abusadores; a formadores de opinión y dirigentes sociales o sindicales mercenarios. Legitimarlos, a los lobos disfrazados de corderos. Prometen represión para protegernos del miedo. Ser el mal, perdonar las agachadas y traiciones de los que se enriquecen con lo que le roban a los chicos cada día y construyen sus mansiones sobe la sangre de esos cadáveres que los pibes serán, los que se quedan con el futuro que le escatiman, con sus bienes, con su tiempo. Miramos y consentimos. Cómodamente en nuestra fortalezas, mirando la tele, sintiéndonos seguros porque si afuera avanzan los pibes (pibes chorrotizados) un policía mal pago, al que en general miramos también con desprecio, hará el trabajo sucio por nosotros. Y después lo culparemos, como si nuestra pasiva aprobación no hiciera ninguna diferencia.

* Pahor, Boris, Necrópolis, (1997) Anagrama, Buenos Aires, 2013, pág. 69.
** Como me hace saber Alejandro Alvarez, en palabras de Alberto Morlachetti:"El Código Penal de 1921 establecía la imputabilidad a los 14 años. Parecía que los académicos no estaban lo suficientemente vivos, para soñar, para arriesgarse a imaginar un porvenir para estos niños. Evita logra que se sancione la ley 14394 que se promulga en 1954: Los niños sólo son punibles a los 16 años. Evita se fue dos años antes, pero nos había dejado su latido en los niños más humildes: los únicos privilegiados en aquel imaginario colectivo.La Revolución del 55 -a punta de bayoneta- mediante el decreto-ley 5286/57 baja la imputabilidad a 14 años. Mientras fusila a Valle y Tanco y deja a los trabajadores resististiendo con el destello rabioso de una mirada."

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