Último verano en Stalingrado, novela

domingo, 13 de enero de 2013

Igual estoy enamorada de las palabras (Yet I am in love with words).

En una página de lecturas y escrituras que promueve una amiga escritora a quien llamaremos P, leo un poema de Anne Sexton que se llama Palabras. No reproduciré el poema entero, sólo estos versos:

"Tené cuidado con las palabras,
incluso con las milagrosas.
Por las milagrosas damos lo mejor que tenemos,
a veces proliferan como insectos
y dejan un beso en lugar de un aguijón.[...]

Igual estoy enamorada de las palabras.
[...]Aunque me fallan seguido.

[...]Palabras y huevos deben manipularse con cuidado.
Una vez que se rompen son cosas
imposibles de arreglar."
También pueden dañar las palabras no dichas, las que aventuramos cuando nos gana la euforia de un momento de arrebato, aquellas a las que nos atrevemos cuando la bebida y/o las amigas y/o la juventud nos desinhibe, o la sospecha de la cercanía de un final nos vuelve valientes o estúpidos. (En presencia de los finales, nunca pude evitar el pathos trágico que conducirá, casi irremediablemente, al arrepentimiento de lo dicho. ¡Exceso de folletines y telenovelas, oh, desgracia de un alma rusa!)
Las pronunciadas en vano (de esas todos, en especial las mujeres, tenemos colecciones y enciclopedias) y a la persona equivocada.
Las que nos dictan el miedo a perder (lo), o los celos desquiciados, o la necesidad de poseer. 
Las que se da y se reciben en juegos: jugando a los enamorados, por ejemplo, en una tarde de verano. Formulando promesas imposibles de cumplir (soñando en los bares, escuchando música, mirando películas, leyendo novelas, escribiendo canciones y poemas) y evadiendo respuestas sencillas de expresar; hablando de todo menos de lo  que realmente nos interesa: si en tu alma yo también dejo una huella cada vez que me evocás. Si me evocás. Si hay alguna palabra sólo para mí.
Y si al final no hay esas palabras, en fin, "siempre tendremos Casablanca."

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