Último verano en Stalingrado, novela

viernes, 30 de marzo de 2012

El tiempo en que Dios podía volver

¿Hasta cuándo señor hasta cuándo?
¿Siempre se ha de sentir
lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir
lo que se siente?
(Nicanor Parra)

Leopoldo Brizuela

En un mundo de tantos simulacros, en el que cualquiera que tenga el suficiente poder  y/o dinero puede hacerse pasar por autor de  libros, e incluso, de libros de literatura.
Y en el que, sin embargo, alguien escribe y pone en boca de E.S. Discépolo: "el fado es canción del tiempo en que todavía se creía que Dios podía volver". (Brizuela, 2010:92)
En un mundo en que algunos creen tener derecho y poder para tenerlo  todo, sin sacrificar ni renunciar a nada, a costa de muchos, de lo que sea (como tener una familia y a la vez "ser libre"; ser grandes artistas; vivir confortablemente, fumar sin riesgo de cáncer; hacerse cirugías estética; triunfar en la "academia"; manejar como Schumacher; ser famosos; poseer la belleza de Marilyn y las joyas de Carla Bruni; coger como una geisha; andar a caballo; viajar por el mundo como turista rico y mochilero aventurero; hacer la revolución; comer en restaurantes cool; vivir en barrios protegidos y/o cerrados; fumar porro; ser rockero; ocupar cargos políticos; fundar una empresa a lo Bill Gates; practicar meditación, convertirse al budismo y a la vez explotar a los empleados; escribir una gran novela; tener abono en el Colón y en la cancha; escribir el guión para una película;  saber vestirse a la moda sin que se note; tener marido -o esposa- y amante; psicoanalizarse pero no sentirse responsable de la vida pública; cocinar con frutos del mar y especies exóticas; cultivar una huerta orgánica y salir con alguien veinte años más joven; ganarse la confianza de los hijos y salir bien en las fotos; conservar a los amigos de la infancia y que no se den cuenta de que somos unos garcas tremendos; competir inescrupulosamente por un trabajo y que todos igual tengan una buena opinión de nosotros; veranear en lugares carísimos y renegar por el costo de los alimentos; manejar un Audi y mostrarnos preocupados por la pobreza de nuestro hermanos y volvernos cada vez más tilingos y pretender que no se note;  ponele).

En un mundo en el que ya no usamos categorías como "lucha de clases", quizá por temor a parecer antiguos, quizá porque el triunfo del mercado ha sido rotundo, quizá porque no se ha leído lo suficiente a Roberto Bolaño.
En un mundo en el que hay muchos opinadores y críticos despiadados de la escritura de otros que esconden bajo máscaras de falsa erudición envidias y resentimientos, lectores que han abandonado el placer de esa condición y se amargan (en lugar de gozar) frente al talento y la belleza de los mundos creados por otros.
En un mundo en el cual  para tener "éxito" profesional, laboral, sigue rigiendo en gran medida la aristocrática marca de la sangre, del haber nacido en la familia correcta, el país indicado y la coyuntura Tal o Cual (y sino, recordemos a Nina Berberovna, por dar un ejemplo querido).
En ese mundo, en este en el que escribo este post y recuerdo la frase de Bolaño que asocio con Leopoldo ("no soy un autodidacta: Todo lo que he aprendido lo aprendí leyendo. Y he leído mucho."), es un alegría inmensa, justicia poética, expectativa ansiosa del egoísmo de la lectora hedonista que soy, felicidad, que alguien que escribe, enseña y, me atrevo a decir, de manera intuitiva, vive como Leopoldo Brizuela gane un premio como el de Alfaguara.
¡Salud!

No hay comentarios: