jueves, 26 de septiembre de 2019

Apuntes para un cuento (20/9/2019)


Supongo que me dejé seducir por su inteligencia. Soy joven, tal vez muy joven incluso visto en perspectiva, y aún no he tenido muchos amantes cuando esto ocurre.
Él es mucho pero mucho mayor que yo. Tiene una edad que aún ahora no he cumplido, después de tantos años.
No sé qué es muchos o pocos amantes. Supongo que eso es algo personal y relativo.
El placer en la experiencia sexual a veces depende más de la continuidad en el tiempo, del conocimiento entre dos amantes, su capacidad de divertirse, gozarse, atraerse entre sí, que de la variedad.
Pero la variedad también es un alimento necesario.
Quizá ahora lo veo de ese modo. Entonces él podía gustarme sin necesidad de conmover tanto mi cuerpo. Alcanzaba con su deseo, que era voraz, desesperado, anhelante.
Sabía que mis amantes habían sido jóvenes y bellos. Partía de una desventaja, según sus cuentas. Para mí, en cambio, en aquel momento portaba una superioridad táctica.
Era adicto a todo.
Sobre todo a sí mismo.
Yo entonces no entendía que su necesidad de autodegradarse y su narcisismo extremo formaban parte de un mismo truco de la vida.
Le habían tocado tantos dones que solo podía compensarlos autodestruyéndose.
Demasiada lucidez, demasiada sensibilidad, y una ética que le impedía cruzar el límite del cinismo, aunque no merodear sus bordes.
Nos veíamos a escondidas, aunque molesto por mi insistencia en esa condición, no desaprovechaba la ocasión de mostrarme como a un trofeo. Yo apenas comprendía ese mecanismo, lo sospechaba, pero no lo entendía. Como lo había admirado tanto, me resultaba incomprensible esa sensación de que buscaba alternativamente humillarme (porque se sentía inferior a mí, porque me deseaba mucho más que yo a él y no podía soportarlo) y al poco rato exhibirme como a una rara avis capaz de combinar belleza, juventud, neurosis muy visible e inteligencia, con cierta devoción por él, pero sin llegar a la locura extrema de sus anteriores amantes jóvenes, que habían sido varias según contaba.
Me sugería vestuarios que acentuaran mi juventud, y mis "defectos", como la baja estatura, la delgadez extrema o la falta de tetas. Si salíamos a comer con sus amigos intelectuales, se jactaba pro mis comentarios cultos o atrevidos, a condición de que sus amigos supieran apreciar mi minifalda, mi peso casi infantil, mi cuerpo que parecía incluso más joven que yo.
Con sus amigos políticos, le gustaba que sacara a relucir mi versión más rockera, más rebelde y poética.
La versión oficial de la ruptura fue que me metió los cuernos y lo dejé.
La de él, más ligada a lo estrictamente cronológico, establecía que cuando yo lo dejé él fue a buscar, por despecho, consuelo en otros brazos....en una semana, quizá dos.
Él no hablaba de otra cosa que de amor, aunque hablara de literatura, sexo, París-Texas, aguardiente, cine, política, estética, sexo, semiótica, Wagner, Cafiero, amigos, amigas, sexo,
medios, poesía, fútbol, sexo, exilios, rock, hijos, sexo, alcohol, tango, poetas y artistas dementes, sexo o drogas.
Yo no me daba cuenta de que me hablaba a mí.
De su amor por mí.
No pude corresponderle ni una sola vez.
Salvo quizá, un instante, mientras me alejaba de su quinta llena de frutales y con la pileta todavía sucia, por la calle de tierra, sin mirar atrás, con la sensación de haber sido humillada solo por la arrogancia ingenua de ser joven, bella e incapaz de enamorame de él.
Y empecé a escribir.

Distraída (22/septiembre 2019)



A veces tropiezo en la calle porque voy distraída. La primavera me distrae.
Una flor de ciruelo, un perro que duerme al sol, un poema que voy leyendo en mi celular.
Habla de las personas que recuerdan a los muertos mirando las cosas que alguna vez miraban juntos: un fresno, una pintura en un museo, una película, una vidriera de zapatería, un cadáver de un pájaro que la gata acaba de cazar.
Otras veces me distraigo tratando de recordar la expresión de mi último amante cuando me sonríe.
Todo fluye.

Y no hables de infierno

"Es así el cielo dime cuanto tiempo estoy muerto 
cuéntame la vida que dejo sana mis heridas 
y no hables de infiernos 
Dime mis amores cuéntame mi casa y nombre 
dime que fui noble y valiente 
y si eso no es cierto no me lo digas 
Dame otra vida, una en la que no pida nada
 una que me lleve liviano una en la que 
ya no me sueltes la mano..."
(Háblame del cielo, Mister América)


Escucho esta canción de Míster América siempre como una plegaria. Me acompaña muchas veces cuando necesito orar y hablarle a mis muertxs.
Me acompaña como algunos tangos, algunos poemas, algunas canciones de la infancia y del rock de mi ciudad.
L'Embarquement_pour_Cythere,_
Antoine Watteau
Algunas tragedias shakespereanas y algunas comedias. Dos o tres novelas.
Me acompaña como sabiendo.
Como si las palabras fueran performativas.
La voz de Gustavo es de terciopelo en esta canción.
De la guitarra mejor no hablar.
La melodía me llega de otra parte, como si viajara por una montaña, altas cumbres y cielos no contaminados, sin un destino prefijado y sin apuro.
La banda está tocada por algunos dioses cuando la interpretan.
Yo, sin apuro. Una rareza.
Hablo con mi amigo J. sobre la muerte y las pérdidas. Cómo una paliza tras otra lo arrasaron (y a gran parte de su mundo) y lo arrojaron vertiginosamente al territorio de las orfandades.
Hicimos una fiesta en lo F.
Bailamos hasta que nos dolieron los pies y partes del cuerpo que ya no recordábamos que teníamos.
Bailamos como peronistas gozadores.
Bailamos como cuando después de un largo invierno y demasiados cementerios y crematorios lxs niñxs, la música y lxs amigxs, el vino y la comida, el perfume de los jazmines, la exuberancia de las orquídeas, nos recuerdan que hemos sobrevivido.
Como las cigarras.
Bailamos como homenajeando a D, que bailaría con nosotrxs si estuviera.
Como cuando tenemos sexo con alguien que nos gusta mucho después de mucho tiempo de desierto o de amantes equivocados o deportivos.
Sabiendo que no hay mucho más allá de la muerte: el amor, el arte, lxs hijxs, lxs amigxs, la política si es pasión y algunos momentos.
Y el mar.
Y los viajes a nuestras pequeñas Citereas platenses.
Y algunas verdades que a veces nos atrevemos a mirar a los ojos y espejos: con compasión y sin caretas.

miércoles, 12 de junio de 2019

Néctar de liquidámbar

Estaba empezando la primavera, estación en la que me animo, es como si el renacer del ciclo ocurriera a niveles mitocondriales.
Se produce en mí una agudización de la contradicción: entre la animala arcaica, cuyo deseo despierta algo amorfo pero poderoso, y una nostálgica del romanticismo alemán o del apasionamiento melanco de las almas rusas, y mi sensibilidad estalla. Flores, nubes, atardeceres, discos de Blur, palabras pronunciadas o escritas poéticamente, manos rasgando cuerdas de guitarras, retratos modiglianescos, avenidas porteñas saturadas de autos, todo, o casi todo, me llega al corazón.
Sin filtros.
Venía de una pena de tango y bandoneón, algunos pianos resonaban todavía, pero no olvidaba la balalaika que invita a bailar en las estepas de nuestras almas de linajes campesinos y maestros, de buscadores de estrellas y poesía y resistidoras de diablos y pogromos.
Y chamamés litoraleños negados y reencarnados en amores que ya no cantan más.
Le cuento a mi amiga que X me invitó a cenar. Así, casi de la nada.
Omito el relato pormenorizado de idas y vueltas en el chat a lo largo de meses, tal vez un año o más. Lo omito no por engañarla, sino porque no lo registro, todavía, como lenguaje amoroso.
Nunca le di importancia. Siempre estoy muy ocupada.
Me advierte: si te gusta salí, pero con X no se puede tener nada.
Tener.
Recuerdo esa palabra.
Tener, sostener.
Yo no soy de tener.
Y tampoco me gusta que me tengan.
Prefiero amar a mi manera. Que no es despojada ni filantrópica, es solo así: menos libre de lo que quisiera, pero mucho menos prisionera de lo que el confort recomienda.
Y sino hay amor, que al menos haya literatura. O música. O dibujos.
O nada.
No vamos a regatear.
Tener tal vez sea para gente más prolija, más estable, más correcta.
Yo no quiero tener nada, le digo.
Ella se refería a la fobia que atravesaba a las relaciones muy comprometidas. Síndrome de Cenicienta, a las doce salir corriendo.
Era primavera.
Venía de una relación de mucho tiempo. De esa intimidad que es Cielo e Infierno, y que al romperse nos deja extrañadas en un cuerpo y una vida que parece ajena, algo muerta.
El flaco está bueno, lo conozco de siempre (eso creía, no tenía idea). Hay cierta confianza. Incluso cuando me invita, descreo o niego sus intenciones seductoras.
Es un conocido, pienso, y hay cariño. Podría llegar a convertirse en un amigo.
No me arreglo.
Mejor dicho, me desarreglo y me pongo de entrecasa para salir con él.
No quiero mandar mensajes equivocados.
Ni siquiera sé qué mensaje quiero mandar.
Mi amiga cree que solo empiezo a verme con X porque con X no se puede tener nada.
Y que yo no quiero tener nada.
Pero me gustaba bastante. Eso también lo sé, aunque en ese momento no había reparado en eso, ni en él. Todavía no sé si es un cínico, un bipolar o un alma rota, como la mía, como casi todas.
Mi amiga insistía: te enganchás porque sabés que con él no se puede tener nada.
Y eso le preocupa o le molesta, según la ocasión.
Ella nunca estuvo sin pareja, no le va esa forma de vivir.
Dice que el amor para ella esto y aquello.
Yo la vida sin un amor tampoco la concibo, objeto. Pero la pareja... cuántas veces no es el amor, ¡ni de cerca! Eso de estar por estar no me va.
Me aburre. Me mata. Me hace ser mala. Me embrutece.
En el medio todo el trabajo que se hace leyendo buenas novelas, escuchando (a otros, a otras) y hablando en un diván.
En el medio un no amor que no llega a nacer y ya muere.
Demasiado fuego para tan poco sexo.
Demasiado sexo para tan poco amor.
Demasiadas canciones y palabras.
Hasta que me doy cuenta que tampoco quiero tener a X.
Ni una historia con X.
Y y Z, menos. Ni pena ni gloria.
X es la parte de la ecuación, la incógnita a despejar (en mí). X era cómodo.
A X tal vez yo le gustaba la mitad de lo que me dijo que le gustaba y es un montón.
X me rompió el corazón, pero no mucho. Lo suficiente para recordarme que tenía uno. Quise ser leve como las chicas que le gustan a X, pero la levedad no es lo mío.
Mi amiga tenía razón.
Con X nada.
Pero X te hizo salir de la covacha.
Gracias X. Chau X. Empezó el verano, otra vez más.
Estamos en otoño.
Y mientras camino escuchando canciones y viendo persianas bajas de comercios tristes y abandonados, mientras me distraigo bebiendo del néctar de belleza que proponen los liquidámbar, sonrío en el nivel celular, sonrío sin saber por qué, por lo que vendrá.
Por Dionisio desmembrado, y todas las diosas de la vida, y por los gauchos cuchilleros que aún resisten.
Porque otra vez llegará la primavera.
De regreso a Oktubre.

jueves, 6 de junio de 2019

Patios vacíos de otoño

Vagamente recuerdo haber leído en algún cuento de Kundera de mis veintialgo que había que prestar mucha atención a la conducta de los primeros momentos en que dos personas pasan juntas una noche, una mañana, esas primeras horas en las que nadie sabe bien si es el principio de algo más duradero o un encuentro ocasional.
Porque allí, en las primeras actitudes y detalles, habita el germen de la forma en que se desarrollará la relación en caso de continuar. Si él, por ejemplo, le lleva el desayuno a la cama, posiblemente será quien se ubique en posición de atender al otro. Si ella quiere charlar o fumar después del sexo, seguramente esa actitud se repetirá en el futuro y puede llegar a ser un problema si él es de los que se abandonan al sueño una vez satisfechos, o si odia el cigarrillo.
Advertida, sin embrago, suelo distraerme y no prestar atención a estos detalles, salvo en la perspectiva del tiempo cuando trae el final del deseo y deja, con suerte, alguna historia ficcionada en base a emociones y pensamientos vividos.
Debí darme cuenta que todo estaba ahí, en esas primeras escenas, en el caso de X.
Por ejemplo, el modo en que él decía quien era con las mujeres, su manera de jugar el juego de un romanticismo nostálgico que en cierta forma usaba para encubrir su vacío, una posición ¿algo femenina? y su fantasía de seductor. Hablaba de una chica con la que había salido, y enseguida estaba aclarando que a él en verdad la chica no le gustaba mucho, pero en cambio le encantaba la amiga (o la prima, o la hermana, pero no la chica con la que estaba, sino otra). Era como si confesara que no estaba donde quería o con quien quería, y su deseo de alimentaba de búsquedas más que de encuentros, y de fantasías más que de vínculos. Y entonces yo lo sentía como incomodidad, como herida (no está acá, su deseo está en otra parte) o como fantasía de histeria, sin llegar a comprender que era un hombre que no podía.
Que no podía quedarse en ninguna parte porque en realidad no estaba del todo allí donde aparentemente estaba.
Y ahora, en patios vacíos de otoño, ni la música me regresa a esa memoria que alguna vez fue primavera.

lunes, 27 de mayo de 2019

Inosportable

Hay un pensamiento insoportable, que piensa en esos últimos momentos. 
Si sabía que era el fin, si algo como una esperanza de escape cruzó su mente, si llamó a la madre, si un calor tierno como el abrazo a una hija pequeña le consoló esa eternidad, si su corazón, piadosamente, se detuvo antes del horror último.
Lo piensa cuando piensa en las miles, en los 30.000. Y en Johana.
Un pensamiento que pregunta si las muertas recuerdan, si la justicia luchada devuelve alguna paz, resta algún dolor.
Repara.

lunes, 20 de mayo de 2019

Como una viajera del siglo XVI



Miraba ahí con atención, como si tuviera un catalejo y fuera una viajera del siglo XVI, como si la sorpresa -y una fantasía de costa- alimentaran un cuerpo ya tan cansado que a veces se sorprendía de que sus piernas aún.
Miraba y no podía comprender dónde o cómo esa imagen tanto, hace apenas un tiempo -un tiempo que no se puede enumerar, curiosamente, pero que se había vuelto eterno por momentos, sobre todo en los momentos en que ese hoy extraño de la foto había sido como un dragón de epopeya y, al haber elegido castigarla con su impiadosa indiferencia, se había vuelto más alado, como todo lo que escapa y al escapar, en lugar de restar, suma.
Esa imagen, digo, había encarnado un deseo poderoso y revitalizador.
Y después el vacío, los rituales de olvido y de distracción.
Las muertes.
Y la novedad de la crueldad, algo que ella tenía edad para haber conocido antes, pero le llegaba de modo tardío y con una comprensión algo enturbiada por haber confundido interpretaciones, hijas de una mala lectura de las posiciones subjetivas, con la simpleza de una evidencia: hay gente que sencillamente no experimenta empatía, gente para lo que nosotros somos cosas descartables y aburridas.
Esa imagen que ella había evitado para salvarse de sí misma en su peor versión, ahora se cruzaba inesperadamente ante su mirada y ahora era nada.
Una silueta sin sentido y un fraseo repetido sin una melodía que conmoviera nada en ella.
Y cuando el hombre que estaba a su lado contando historias de esas que son oníricas e imprescindibles, reales y delirantes, en un ademán efusivo, tomó su brazo con esa mano fuerte, ella supo -con esos saberes que llegan con delay, algo demorados, primero como reacción del sistema epidémico y del nervioso, mielina y sinapsis- que ese, el de la foto y los encuentros furtivos, si es que alguna vez había sido algo más que una invención, ya no existía.
Y la música lo envolvió todo y la lluvia se sumó a la fiesta. Y fue río.

domingo, 12 de mayo de 2019

Y que todo pasa

Hay amores que comienzan más por curiosidad que por atracción.
Nombres convertidos en potentes significantes que hacen sentido en nuestra trama, o memoria.
Producen ecos similares a los de algunas canciones que aprendimos en la infancia, o algún sonido o entonación, una melodía que despierta misteriosos deseos de viajes y aventuras.
Malditos, nombres condenados de antemano. Por su carga de bondad a veces, si bien la bondad no es virtud que enamore en estos tiempos, aunque pueda a largo plazo engendrar grandes amores de esos que sacan lo mejor de dos durante un tiempo, tal vez una vida.
Por su asociación a la maldad, la gelidez, la humillación o el sinsentido.
Amores que en verdad nacen con tropiezos que anticipan su muerte prematura, desencuentros sexuales, desconfianzas profundas, decepciones instantáneas.
Hay otros que maceran lento y producen sabores extraordinarios. Pero no son para ansiosos, impacientes.
Están esos calientes, llamaradas instantáneas. Arden hasta consumirse, pero ¿quién renunciaría a ese fuego?
Después, una lista de pasatiempos olvidables en medio.
Curitas narcisistas (casi inútiles peo no del todo) para heridas subcutáneas que dejó Eros.
Lo que no se aguanta es la mentira.
Sobre todo la que nos decimos a nosotras mismas.
Fingiendo que somos maquinitas. Cuando seríamos capaces de ir a la guerra y conquistar Egipto por ganarnos el amor de alguien (que no nos querrá jamás) y nos mentimos inventando señales de correspondencias donde sabemos que solo hay artimañas de seducción de don juanes que solo gozan al mirarse en sus espejos de lucecitas de vodevil.
Y lo hacemos como si fuera justo el castigo que nos toca, porque muchas veces hemos intentado fingir querer a quienes sospechamos mejores que nosotros, y que nos quieren bien, pero no podemos corresponderles, y elegimos la culpa en lugar de la verdad.
Después, un día te subís a un avión, un tren, un taxi o una camilla, y el mundo gira 360 grados de golpe para que recordemos que no sabemos nada de nada.
Y que todo pasa.

sábado, 11 de mayo de 2019

Un pájaro feliz

Estoy enferma y no voy casi a ningún lado. Apenas veo las redes.
Solo de a poco, muy lento, retomo algunas obligaciones laborales.
Al principio, arrasada por la fiebre, no podía ni leer, ni mirar series o películas.
Duchas, antibióticos, antifebriles, sueros, hospitales, pinchazos, revisaciones, enfermeras, médicos, médicas, salas de espera, tecnologías de diagnóstico.
Una rutina alienada.
Ya no somos quienes somos, apenas cuerpos enfermos deseando que cesen algunos de estos nuevos síntomas.
Y dormir.
En los pocos momentos de lucidez, intentamos organizar quién nos reemplace en las responsabilidades laborales y, sobre todo, en las familiares de cuidado de otros. Y todo lo doméstico.
Después, nos resignamos a no estar y que las cosas sigan su propio curso.
Las enfermedades nos ponen, de algún modo, más del lado de los muertos.
Mirando la vida como algo ajeno, que le sucede a otros.
Mucho más frágil de lo que solemos creer.
Mucho más bella de lo que solemos apreciar.
Pero agotadora.
Hay quienes se ofenden porque no les contestamos.
Tenemos tantos trabajos y demandas que cada día se acumulan miles de mensajes que no tenemos fuerza para revisar.
Si estuviéramos muertas alguien resolvería todo eso.
Es una época rara, los medios por los que nos comunicamos a diario son tan invasivos, la privacidad es un recuerdo del pasado, que resulta casi imposible descansar sin dar explicaciones.
No ya a lxs íntimos o a quienes elegimos para eso, sino q una increíble cantidad de personas así lo exigen.
La muerte debe ser una especie de liberación, pensamos, mientras nos aferramos con uñas y dientes a cualquier síntoma de alivio porque no tenemos ninguna fantasía mórbida.
Son solo reflexiones.
Entendemos a quienes se cansan.
Si ocho días de fiebre nos mandan al planeta de los inválidos sin ánimo alguno, ¿cómo no comprender el cansancio de quienes agonizan largamente hasta que un día dicen basta para mí?
A esta altura ya tenemos unas cuantas enfermedades y dolencias que fueron llegando para quedarse, y realmente sentimos añoranza de esos momentos en que nuestro cuerpo funciona como milagro de energía y bienestar.
A esta altura, sabemos que 
hay dos clases de personas: las que acompañamos y vimos morir a otras y las que no.
Hay gente que tiene más suerte. No es la primera que llega a lugares de accidentados, no recibe el último estertor de un familiar o una amiga, llega más tarde o justo se ha ido en el momento.
Otros hacen de acompañar el dolor de los enfermos y moribundos una profesión. No sé si se acostumbran, pero tienen un saber y saben cuidar. Benditxs sean.
Las enfermedades son umbrales. Las pasamos y dejamos atrás lo que muere con ellas.
A veces nos autocompadecemos (¿por qué a mí? ¿Por qué otra enfermedad más? ¿No es suficiente todo lo que tuve/tengo?); otras la neurosis nos lleva a la culpa, la enfermedad como culpa, síntoma emergente del discurso meriticrático. Se enferma porque quiere, porque tiene pensamientos negativos, por que se estresa mucho y bla bla.
La enfermedad puede ser un naufragio, pero con bote salvavidas.
Arrojamos como lastre lo superfluo, y con la fiebre eliminamos bacterias y malos recuerdos.
Es tan estúpido tragarse como certeza tranquilizadora el discurso de la ciencia positivista como confundir psicoanálisis con clishés psicologistas.
Es tan estúpido ignorar que trabajar hasta la extenuación no es siempre un síntoma neurótico de burgueses urbanos siglo XX, sino la condición de exploración de lxs trabajadorxs en el capitalismo, como explicó uno que algo de esto sabía hace ya unos cuantos años.
Es tan estúpido hundirse solo, como no escuchar la calidez lúcida, a la vez que frágil, de amigas como N, que sabe de estar en esa soledad angustiante de la enfermedad crónica que no siempre encuentra un lenguaje que haga escucha en otrx, y no sea apenas eco que repite y amplifica los miedos. Miedo al dolor, pero sobre todo, miedo a esa incomprensión que puede hacer retornar a toda enfermo/a al lugar del leprosx, aislado, solo.
A veces solamente hay que observar un pájaro feliz, dejar a un lado la ansiedad y echarse a dormir.

miércoles, 17 de abril de 2019

Demasiado hombres

"En mi trato con las mujeres, entonces, 
fui el abanderado de la enseñanza que recibí: 
amor es lo que falta".
(Daniel Guebel, El hijo judío)

Me piden que presente un libro de un autor a quien admiro, pero no conozco personalmente. He leído algo de su obra, pero no este libro, y tampoco lo que, en apariencia, él considera más importante, a juzgar por los mensajes que me hacen llegar, y las entrevistas que leo en mi pesquisa, tratando de averiguar quién es el escritor, el narrador detrás del personaje, ya que no la persona.
Se declara misántropo y compartimos algunas quejas: se queja de la academia, el esnobismo, ciertas reglas de juego de la sociedad culta, burguesa, actual.
Culpa a la madre, odia al padre, ambos lo conmueven.
Se declara frío, Casanova, temeroso de causar sufrimiento en el amor, culpa del padre y de cómo le hizo ver de chico que ya no amaba a su madre y que iba a abandonarlos, a todos, a la familia.
Como si dijera que los padres, cuando ya no aman a las mujeres con las que han tenido hijos, abandonan también a esos hijos.
Eso me hace pensar en algunos hombres que conozco, y en mi propio padre, y en el padre de mi hijo, y en algún hombre que amé y con el que fantaseé con tener hijos.
¿Las madres siempre somos culpables de todo, incluso, de no haber podido retener el amor de los padres de nuestros hijos, a los ojos de algunos hijos? O peor, ¿de no haber amado lo bastante a los padres, al punto de sacrificarles todo en altares en los que los hijos puedan seguir practicando el culto, sin verlos caer, ni caídos, ni impotentes, ni débiles, ni quebrados, ni muertos, como a veces, muchas veces, están?
Le escribo a M y le hago un reclamo light, descafeinado, vegano, como el vínculo que tuvimos. Más por mí que por él, como para comprobar si ha sido real, si realmente compartimos algo. Busco en esas palabras construir una suerte de "the end", o quizás una forma de cerrar algo anterior, algo con alguien con quien no puedo hablar, y con quien ninguna palabra es light, ni suave, ni tierna. Con ese hombre todos los intercambios fueron como un diálogo entre personas que hablan lenguas diferentes, pero aparentan entenderse, para luego comprobar que todo lo que pueden decirse raspa, duele, conmueve. Pero está vivo.
Y la vida es algo a lo que aferrarse con determinación, a pesar incluso de los rechazos, mientras somos arrojadas a la muerte, que nos aguarda irremediablemente.
Con algunos hombres es como si volviéramos a nacer, mientras ellos nos expulsan, nosotras peleamos por quedarnos, y cuando intentan retenernos, nos parimos y pasamos por el canal de parto luchando para alcanzar esas bocanadas de mundo que llenarán nuestros pulmones de nuevo.
Y juzgamos con dureza, porque no supieron o no quisieron elegirnos, pero sobre todo, porque no supimos cómo hacernos amar, sin quizá aceptar que son hombres demasiado hombres que están muy ocupados en resolver -en su forma de relacionarse con con el amor- sus duelos con sus padres, como Kafka, como G, como tantos más.