caprichos de palabras y colores para navegantes... "La palabra humana es como una caldera rota en la que tocamos melodías para que bailen los osos, cuando quisiéramos conmover a las estrellas". (G. Flaubert). Mis libros de narrativa publicados: la novela Último verano en Stalingrado (Grupo Editorial Sur, 2014); Alma rusa (Edulp, 2020, crónicas) y Yegua (Cuero, 2021, cuentos)
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jueves, 6 de junio de 2019
Patios vacíos de otoño
Porque allí, en las primeras actitudes y detalles, habita el germen de la forma en que se desarrollará la relación en caso de continuar. Si él, por ejemplo, le lleva el desayuno a la cama, posiblemente será quien se ubique en posición de atender al otro. Si ella quiere charlar o fumar después del sexo, seguramente esa actitud se repetirá en el futuro y puede llegar a ser un problema si él es de los que se abandonan al sueño una vez satisfechos, o si odia el cigarrillo.
Advertida, sin embrago, suelo distraerme y no prestar atención a estos detalles, salvo en la perspectiva del tiempo cuando trae el final del deseo y deja, con suerte, alguna historia ficcionada en base a emociones y pensamientos vividos.
Debí darme cuenta que todo estaba ahí, en esas primeras escenas, en el caso de X.
Por ejemplo, el modo en que él decía quien era con las mujeres, su manera de jugar el juego de un romanticismo nostálgico que en cierta forma usaba para encubrir su vacío, una posición ¿algo femenina? y su fantasía de seductor. Hablaba de una chica con la que había salido, y enseguida estaba aclarando que a él en verdad la chica no le gustaba mucho, pero en cambio le encantaba la amiga (o la prima, o la hermana, pero no la chica con la que estaba, sino otra). Era como si confesara que no estaba donde quería o con quien quería, y su deseo de alimentaba de búsquedas más que de encuentros, y de fantasías más que de vínculos. Y entonces yo lo sentía como incomodidad, como herida (no está acá, su deseo está en otra parte) o como fantasía de histeria, sin llegar a comprender que era un hombre que no podía.
Que no podía quedarse en ninguna parte porque en realidad no estaba del todo allí donde aparentemente estaba.
Y ahora, en patios vacíos de otoño, ni la música me regresa a esa memoria que alguna vez fue primavera.
lunes, 27 de mayo de 2019
Inosportable
Si sabía que era el fin, si algo como una esperanza de escape cruzó su mente, si llamó a la madre, si un calor tierno como el abrazo a una hija pequeña le consoló esa eternidad, si su corazón, piadosamente, se detuvo antes del horror último.
Lo piensa cuando piensa en las miles, en los 30.000. Y en Johana.
Un pensamiento que pregunta si las muertas recuerdan, si la justicia luchada devuelve alguna paz, resta algún dolor.
Repara.
lunes, 20 de mayo de 2019
Como una viajera del siglo XVI
Miraba y no podía comprender dónde o cómo esa imagen tanto, hace apenas un tiempo -un tiempo que no se puede enumerar, curiosamente, pero que se había vuelto eterno por momentos, sobre todo en los momentos en que ese hoy extraño de la foto había sido como un dragón de epopeya y, al haber elegido castigarla con su impiadosa indiferencia, se había vuelto más alado, como todo lo que escapa y al escapar, en lugar de restar, suma.
Esa imagen, digo, había encarnado un deseo poderoso y revitalizador.
Y después el vacío, los rituales de olvido y de distracción.
Las muertes.
Y la novedad de la crueldad, algo que ella tenía edad para haber conocido antes, pero le llegaba de modo tardío y con una comprensión algo enturbiada por haber confundido interpretaciones, hijas de una mala lectura de las posiciones subjetivas, con la simpleza de una evidencia: hay gente que sencillamente no experimenta empatía, gente para lo que nosotros somos cosas descartables y aburridas.
Esa imagen que ella había evitado para salvarse de sí misma en su peor versión, ahora se cruzaba inesperadamente ante su mirada y ahora era nada.
Una silueta sin sentido y un fraseo repetido sin una melodía que conmoviera nada en ella.
Y cuando el hombre que estaba a su lado contando historias de esas que son oníricas e imprescindibles, reales y delirantes, en un ademán efusivo, tomó su brazo con esa mano fuerte, ella supo -con esos saberes que llegan con delay, algo demorados, primero como reacción del sistema epidémico y del nervioso, mielina y sinapsis- que ese, el de la foto y los encuentros furtivos, si es que alguna vez había sido algo más que una invención, ya no existía.
Y la música lo envolvió todo y la lluvia se sumó a la fiesta. Y fue río.
domingo, 12 de mayo de 2019
Y que todo pasa
Hay amores que comienzan más por curiosidad que por atracción.Nombres convertidos en potentes significantes que hacen sentido en nuestra trama, o memoria.
Producen ecos similares a los de algunas canciones que aprendimos en la infancia, o algún sonido o entonación, una melodía que despierta misteriosos deseos de viajes y aventuras.
Malditos, nombres condenados de antemano. Por su carga de bondad a veces, si bien la bondad no es virtud que enamore en estos tiempos, aunque pueda a largo plazo engendrar grandes amores de esos que sacan lo mejor de dos durante un tiempo, tal vez una vida.
Por su asociación a la maldad, la gelidez, la humillación o el sinsentido.
Amores que en verdad nacen con tropiezos que anticipan su muerte prematura, desencuentros sexuales, desconfianzas profundas, decepciones instantáneas.
Hay otros que maceran lento y producen sabores extraordinarios. Pero no son para ansiosos, impacientes.
Están esos calientes, llamaradas instantáneas. Arden hasta consumirse, pero ¿quién renunciaría a ese fuego?
Después, una lista de pasatiempos olvidables en medio.
Curitas narcisistas (casi inútiles peo no del todo) para heridas subcutáneas que dejó Eros.
Lo que no se aguanta es la mentira.
Sobre todo la que nos decimos a nosotras mismas.
Fingiendo que somos maquinitas. Cuando seríamos capaces de ir a la guerra y conquistar Egipto por ganarnos el amor de alguien (que no nos querrá jamás) y nos mentimos inventando señales de correspondencias donde sabemos que solo hay artimañas de seducción de don juanes que solo gozan al mirarse en sus espejos de lucecitas de vodevil.
Y lo hacemos como si fuera justo el castigo que nos toca, porque muchas veces hemos intentado fingir querer a quienes sospechamos mejores que nosotros, y que nos quieren bien, pero no podemos corresponderles, y elegimos la culpa en lugar de la verdad.
Después, un día te subís a un avión, un tren, un taxi o una camilla, y el mundo gira 360 grados de golpe para que recordemos que no sabemos nada de nada.
Y que todo pasa.
sábado, 11 de mayo de 2019
Un pájaro feliz
Solo de a poco, muy lento, retomo algunas obligaciones laborales.
Al principio, arrasada por la fiebre, no podía ni leer, ni mirar series o películas.
Duchas, antibióticos, antifebriles, sueros, hospitales, pinchazos, revisaciones, enfermeras, médicos, médicas, salas de espera, tecnologías de diagnóstico.
Una rutina alienada.
Ya no somos quienes somos, apenas cuerpos enfermos deseando que cesen algunos de estos nuevos síntomas.
Y dormir.
En los pocos momentos de lucidez, intentamos organizar quién nos reemplace en las responsabilidades laborales y, sobre todo, en las familiares de cuidado de otros. Y todo lo doméstico.
Después, nos resignamos a no estar y que las cosas sigan su propio curso.
Las enfermedades nos ponen, de algún modo, más del lado de los muertos.
Mirando la vida como algo ajeno, que le sucede a otros.
Mucho más frágil de lo que solemos creer.
Mucho más bella de lo que solemos apreciar.
Pero agotadora.
Hay quienes se ofenden porque no les contestamos.
Tenemos tantos trabajos y demandas que cada día se acumulan miles de mensajes que no tenemos fuerza para revisar.
Si estuviéramos muertas alguien resolvería todo eso.
Es una época rara, los medios por los que nos comunicamos a diario son tan invasivos, la privacidad es un recuerdo del pasado, que resulta casi imposible descansar sin dar explicaciones.
No ya a lxs íntimos o a quienes elegimos para eso, sino q una increíble cantidad de personas así lo exigen.
La muerte debe ser una especie de liberación, pensamos, mientras nos aferramos con uñas y dientes a cualquier síntoma de alivio porque no tenemos ninguna fantasía mórbida.
Son solo reflexiones.
Entendemos a quienes se cansan.
Si ocho días de fiebre nos mandan al planeta de los inválidos sin ánimo alguno, ¿cómo no comprender el cansancio de quienes agonizan largamente hasta que un día dicen basta para mí?
A esta altura ya tenemos unas cuantas enfermedades y dolencias que fueron llegando para quedarse, y realmente sentimos añoranza de esos momentos en que nuestro cuerpo funciona como milagro de energía y bienestar.
A esta altura, sabemos que
hay dos clases de personas: las que acompañamos y vimos morir a otras y las que no.
Hay gente que tiene más suerte. No es la primera que llega a lugares de accidentados, no recibe el último estertor de un familiar o una amiga, llega más tarde o justo se ha ido en el momento.
Otros hacen de acompañar el dolor de los enfermos y moribundos una profesión. No sé si se acostumbran, pero tienen un saber y saben cuidar. Benditxs sean.
Las enfermedades son umbrales. Las pasamos y dejamos atrás lo que muere con ellas.
A veces nos autocompadecemos (¿por qué a mí? ¿Por qué otra enfermedad más? ¿No es suficiente todo lo que tuve/tengo?); otras la neurosis nos lleva a la culpa, la enfermedad como culpa, síntoma emergente del discurso meriticrático. Se enferma porque quiere, porque tiene pensamientos negativos, por que se estresa mucho y bla bla.
La enfermedad puede ser un naufragio, pero con bote salvavidas.
Arrojamos como lastre lo superfluo, y con la fiebre eliminamos bacterias y malos recuerdos.
Es tan estúpido tragarse como certeza tranquilizadora el discurso de la ciencia positivista como confundir psicoanálisis con clishés psicologistas.
Es tan estúpido ignorar que trabajar hasta la extenuación no es siempre un síntoma neurótico de burgueses urbanos siglo XX, sino la condición de exploración de lxs trabajadorxs en el capitalismo, como explicó uno que algo de esto sabía hace ya unos cuantos años.
Es tan estúpido hundirse solo, como no escuchar la calidez lúcida, a la vez que frágil, de amigas como N, que sabe de estar en esa soledad angustiante de la enfermedad crónica que no siempre encuentra un lenguaje que haga escucha en otrx, y no sea apenas eco que repite y amplifica los miedos. Miedo al dolor, pero sobre todo, miedo a esa incomprensión que puede hacer retornar a toda enfermo/a al lugar del leprosx, aislado, solo.
A veces solamente hay que observar un pájaro feliz, dejar a un lado la ansiedad y echarse a dormir.
miércoles, 17 de abril de 2019
Demasiado hombres
Me piden que presente un libro de un autor a quien admiro, pero no conozco personalmente. He leído algo de su obra, pero no este libro, y tampoco lo que, en apariencia, él considera más importante, a juzgar por los mensajes que me hacen llegar, y las entrevistas que leo en mi pesquisa, tratando de averiguar quién es el escritor, el narrador detrás del personaje, ya que no la persona.
Se declara misántropo y compartimos algunas quejas: se queja de la academia, el esnobismo, ciertas reglas de juego de la sociedad culta, burguesa, actual.
Culpa a la madre, odia al padre, ambos lo conmueven.
Se declara frío, Casanova, temeroso de causar sufrimiento en el amor, culpa del padre y de cómo le hizo ver de chico que ya no amaba a su madre y que iba a abandonarlos, a todos, a la familia.
Como si dijera que los padres, cuando ya no aman a las mujeres con las que han tenido hijos, abandonan también a esos hijos.
Eso me hace pensar en algunos hombres que conozco, y en mi propio padre, y en el padre de mi hijo, y en algún hombre que amé y con el que fantaseé con tener hijos.
¿Las madres siempre somos culpables de todo, incluso, de no haber podido retener el amor de los padres de nuestros hijos, a los ojos de algunos hijos? O peor, ¿de no haber amado lo bastante a los padres, al punto de sacrificarles todo en altares en los que los hijos puedan seguir practicando el culto, sin verlos caer, ni caídos, ni impotentes, ni débiles, ni quebrados, ni muertos, como a veces, muchas veces, están?
Le escribo a M y le hago un reclamo light, descafeinado, vegano, como el vínculo que tuvimos. Más por mí que por él, como para comprobar si ha sido real, si realmente compartimos algo. Busco en esas palabras construir una suerte de "the end", o quizás una forma de cerrar algo anterior, algo con alguien con quien no puedo hablar, y con quien ninguna palabra es light, ni suave, ni tierna. Con ese hombre todos los intercambios fueron como un diálogo entre personas que hablan lenguas diferentes, pero aparentan entenderse, para luego comprobar que todo lo que pueden decirse raspa, duele, conmueve. Pero está vivo.Y la vida es algo a lo que aferrarse con determinación, a pesar incluso de los rechazos, mientras somos arrojadas a la muerte, que nos aguarda irremediablemente.
Con algunos hombres es como si volviéramos a nacer, mientras ellos nos expulsan, nosotras peleamos por quedarnos, y cuando intentan retenernos, nos parimos y pasamos por el canal de parto luchando para alcanzar esas bocanadas de mundo que llenarán nuestros pulmones de nuevo.
Y juzgamos con dureza, porque no supieron o no quisieron elegirnos, pero sobre todo, porque no supimos cómo hacernos amar, sin quizá aceptar que son hombres demasiado hombres que están muy ocupados en resolver -en su forma de relacionarse con con el amor- sus duelos con sus padres, como Kafka, como G, como tantos más.
viernes, 29 de marzo de 2019
Cuando seamos más jóvenes
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| Hiroshigue |
No diría desperdiciado, porque muchas veces fuimos y volvimos en el tiempo para encontrarnos y compartir diversas formas del amor. Sin ansiedades, sin dramatismos, como amigxs que se saben los deseos, como amantes que se toleran los desencuentros y traiciones.
Tuve ganas de decirle que sacaba lo mejor de mí, y creo que se lo dije alguna vez.
Y después, puse una canción de George Harrison y me acordé de él, de sus guitarras, y de la que yo estaba siendo cada vez que el tiempo nos volvía a cruzar.
Y siempre había sol, salvo una lejana primera vez en una playa nublada donde el futuro era infinito.
Y le dije: cuando seamos de nuevo adolescentes, volveremos a encontrarnos, para amarnos, si es que todavía nos parece un buen plan para una tarde de verano o de otoño.
martes, 19 de marzo de 2019
Blue moon, you knew just what I was there for
No puedo perdonar algunas afrentas.
A veces odio.
Sé que es el precio de amar, quisiera dejar de odiar y de doler. Pero no cambiaría lo bien que me hizo sufrir el que mejor me hizo sufrir.
Mi cristianismo está fallado, roto, y si una imagen me trae una mirada suya, una en particular,
podría olvidar incluso todas las injurias.
Los cuerpos saben antes y olvidan después.
Las palabras pueden ser flechas lazadas hacia el blanco indicado, pero los corazones con cicatrices casi nunca aciertan. No puedo dejar de amar todo lo que no sos, ni fuiste, ni serás mientras odio tu obstinada indiferencia.
Y mi miedo.
La Luna llena explota de erotismo, el mar es siempre promesa y adiós.
(Blue Moon sabe que espero sin esperanza lo que nunca será, lo que me fe arrebatado, lo que añoro en las plegarias que rezaría si supiera rezar).
Sé que es todo lo que invento y nada es real.
Lo único real es su máquina de humo y su talento como director de marketing.
Y un intenso amor que no provoco ni recibo.
Lo dejo atrás como se abandona lo que ya no; pero un día la Luna llena y el otoño prematuro, y esas calles de mi barrio platense que podrían ser menos tristes, lo traen. Entonces tomo el recuerdo informe y lo amaso, lo acaricio, miro en las pupilas un espejo que no hubo, me maldigo por no amar al que me acaricia los hombros y me sonríe como cuidándome.
Sé que estás muerto, pero en mí seguís vivo, como si habitaras en el límite entre mi alma y el mundo, perforando con tu ausencia mi piel que alguna vez deseaste como un perro rabioso. Volvés como reencarnando en la forma en que amo a un hombre que quiso y no pudo, y en uno que pudo pero no quiso.
Los cuerpos no olvidan, pero tampoco aprenden.
(Blue Moon decile que "please adore me").
viernes, 15 de marzo de 2019
Gracias por hablarme
Carga el cajón sobre el hombro, realiza la maniobra, lo baja. Lo deja en el piso. Se le nota el cansancio, todavía no son las 9 de la mañana, pero su cansancio no es el del día, o de una mala noche, no es el de un pibe de veinte años sano.
Es el cansancio de la pobreza combinada con la desesperanza.
Elijo una planta, un potus. Le pregunto de dónde es.
Del campo, me dice. Creo que se refiere a las plantas. Se ve que no está acostumbrado a que le pregunten por él.
Pero vos de dónde sos, insisto.
De José C Paz, me dice. ¿Ah, y cómo te venís? Me traen en una camioneta.
Hablamos un ratito, sobre la escuela (a la que le gustaría volver), los pinitos que huelen a limón (me los hace oler). Insiste en que me lleve el pinito, pero yo quiero el potus.
Mirá que te hago precio porque sos la primera que me habla.
Su cansancio es el cansancio de los que nadie registra, de los no reconocidos.
No es el primer pibe que vende en la calle (medias, plantas, curitas, ml que sea) que me lo dice.
Gracias por parar, gracias por hablarme.
No sólo hace falta dar una mano comprando la mercadería.
Hay que mirar a los ojos y bancar, y bancársela.
Vivimos apurados, no siempre tenemos tiempo para detenernos y preguntar un nombre, una historia, hacerle saber a alguien derrotado y humillado, que su presencia no es invisible, que desde que los dioses nos dieron nombres, estamos siendo humanos y humanas.
Y antes de irme ya se acerca otra persona a comprar.
Y yo me voy con el corazón acongojado por el dolor de sospechar que estos miles de cansancios no tendrán tregua.
sábado, 9 de marzo de 2019
Recuérdame así
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| Alejandra Caballero, Fuente de la imagen |
Y hay gente que te arrasa, que te arrebata, como un huracán o un tornado. Nada queda igual después, una se vuelve otra. Peor, mejor, eso quién sabe. Pero distinta.
Una no elige.
Sucede.
Es como mirarnos desnudas al espejo con detenimiento.
Descubrir o re descubrir algunas cicatrices cuyo origen nos constituye, tenemos un relato, varias versiones incluso.
Y otras que sólo al verlas decimos, cierto, es de tal cosa.
O a veces ni eso. No recordamos.
No hay modo de saber qué huellas dejamos en la vida de otras personas.
Tiendo a creer que me olvidan rápidamente justamente las personas que más marcas me han dejado.
L dice que tal persona me alude en una diatriba de red social, yo no lo creo. Más bien creo que esa persona no recuerda mi existencia, como me sucede a mí con otras personas.
Y me sorprende la oscuridad de una noche más de tormenta y sin luz murmurando uno de los mejores comienzos de novela, como un mantra que convoca los recuerdos: recuerda, recuérdame, recuérdanos así.
Así como en ese instante en que logramos detener el curso del tiempo y ser felices un instante.
Así como ahora, perdonando, en mi mejor versión de mí, recordando, en ti mejor versión de vos.
Así.
Mientras podamos.
Antes del diluvio o del Apocalipsis.





