miércoles, 30 de enero de 2019

Un poco de paraíso

(publicada en fanpage Facebook 15/1/2019)

Me estaba curando.
De una enfermedad, o de varias. También de un hombre.
No de un amor, porque aunque el amor también duele, aunque el deseo arde hasta enfermar cuando no es correspondido, no era eso.
Era de un hombre en particular.
La gente me decía: pero qué bien se te ve, y qué linda estás, y qué rejuvenecida.
Y yo apretaba en la cartera las recetas de medicamentos, los resultados de laboratorios, lo autobiográfico y sus derivas ficcionales en estas escrituras.
Sobre todo la angustia.
La muerte y sus merodeos.
Vos tenés que poner menos el cuerpo, me advertían. Amigxs, astróloga, médicxs.
Sí sí, decía yo. Pero nunca entendía qué exactamente me estaban pidiendo.
A veces, en el diván, alguna verdad intentaba subir a la superficie. Algo de mí.
Podía entender que me sugirieran trabajar menos, hacer más deportes, más tiempo de placer, de descanso, de atender la salud.
Pero poner menos el cuerpo era como si dijeran que fuera otra.
Amar menos.
Reír menos.
Leer menos.
Ser menos madre, hija, tía, hermana, ex, amiga.
Bailar menos.
Coger menos.
Comer menos.
Marchar menos.
Pintar menos.
Limpiar menos (ahí sí que entiendo y te doy cien likes).
Cocinar menos.
Preparar menos las clases.
Dibujar menos.
Estudiar menos.
Escribir menos.
Ver menos series.
Conversar menos.
Viajar menos.
Militar menos.
Besar menos.
Escuchar menos música.
Nadar menos.
Correr menos.
Abandonar la bicicleta, la jardinería, la huerta, la escritura, los paseos.
Escribir es poner el cuerpo.
Bah, la verdad es que a veces lo entendía.
Me quedaba tirada en la arena, pasto, tierra, la noche boca arriba, una copa de vino, unas flores del bien.
No era poner menos el cuerpo.
Era ponerlo distinto.
Andaba varios días descalza, cerca de niñxs y jóvenes, árboles, amimales sueltos y libres, espinos de Proust y horizontes de Molina Campos y Martínez Estrada y el cuerpo se me iba descontracturando.
Qué bien se te ve, me decían.
Pero no cuando me cruzaba con alguien después de unas horas de amor, con esa expresión que es mejor que cualquier maquillaje y cualquier droga, sino cuando había pasado horas sin dormir pensando en la salud de lxs que quiero, cómo pagar las cuentas, dolores de enfermedades, decisiones laborales pendientes, el infierno de este gobierno y este país de injurias e injusticias hambrientas, y etcétera.
Cada cual ve lo que quiere o lo que puede.
Me estaba curando de un hombre de esos que laceran, que lastiman, quizá porque no puede evitarlo, quizá por puro goce.
Me curaba de mi, de mi empecinamiento, de haber sentido esa urgencia de manual de la histeria del siglo pasado por alguien que nunca quiso conmigo nada. Justamente.
De tener que fingir por cálculo (siempre errado, como toda estrategia amorosa, irremediablemente condenada al fracaso) que no me importaba lo que me estaba asfixiando: la foto de su amor tierno y compañero, deseante y admirativo, con la novia que afirmaba no tener.
La imagen que te excluye (del amor) y a la vez te enseña tu deseo, porque hasta ese momento podías jurar que vos también solo querías sexo y nada más.
Las Palabras (poema, declaración, misma canción) con las que el seductor showman conquista en el escenario de un shakespearismo devaluado por las redes sociales, pero igualmente teatral. Y eficaz.
Su mano abrazándolo, descansando en el pecho, peor que la mirada de él juntándose con la de ella en una diagonal como de cuadro barroco pero con más luz.
Las amigas que aconsejan seguir el mismo simulacro, fingir que no querés, que te resulta indiferente, que lo tuyo con él es solo cuerpos. Porque es mostrarse débil y si te percibe débil, te hará más daño. O peor, si se da cuenta del tamaño de tu deseo, te lo hará parir con dolor.
Como si el alma y el corazón, sublimes o devaluadas metáforas, no fueran cuerpo. Como si la sangre que anuncia problemas al salir él de tu cuerpo, no fuera alma.
Como si esa última vez (que entonces no sabías que sería la última) no hubieras sentido por primera vez con él lo que sentiste al mirarte en sus ojos mirándote.
La añoranza de un recuerdo magnificado por el cachetazo de la mentira negadora, ese de los chat y las invitaciones persistentes, ambiguas para vos, directas para él, que vienen a decir que no es todo autoengaño, que hubo de su parte alguna vez un deseo de vos.
Y no importa decir porque ya no hay temor al poder que le de mi confesión, si alguna vez supiera lo que ya sabe, de lo que ya hizo uso, lo que ya perdió. Ya no tiene poder sobre mí y mi voz vuela sin medir consecuencias.
Y queda esa certeza de haber escapado a tiempo, de alguien tan oscuro como una noche sin luna, incapaz de un gesto de afecto hacia quien ha causado un daño consciente mientras juega el juego del superhéroe y el looser a la vez, usándonos como piezas de ajedrez.
Lo siento, acabo de coronar a este peón. Ahora soy reina.
Pero qué linda estás, vos debés estar en algo, dice la voz del machismo que no cree que liberarse un poco de la culpa y otros pesares pueda hacernos ver más relajadas a pesar de los tratamientos y violencias, ¿o es la voz de quien reconoce que a nosotras la mirada del Otro deseante nos enciende?
El deseo es el deseo del Otro, y claro, no de otros.
Pero no vamos por ahí detallando resultados de laboratorios ni insomnios de desamores.
Dice el poeta que si mi voz muriera en tierra, llevadla al nivel del mar, y nombradla capitana de un barco de guerra.
Lo dice más lindo.
Mi voz es tanto mía como de otras historias que se cuentan por medio de ella. Acá está, para quien la quiera. Pero debe quererla.
Y fue el mar, siempre es el mar, el que realmente cura.
No fue el sexo improvisado para eliminar su recuerdo, ni eliminarlo de las pantallas para no ver más su romance promocionado.
Fue el mar, y el campo.
(Y escuchar música con vos, también.)
Así que en el mar, hundiendo la cabeza bajo la ola, flotando, dejándome llevar, comprendiendo mi pequeñez una vez más, aún en la persistencia de algunos dolores, me sentí sanada de ese hombre.
Su marca, que intenté borrar con otras marcas, por fin allí. Quedará como una cicatriz, ni hay que intentar borrarla. Se irá desdibujando sola. Casi ha desaparecido.
Allí, en el mar.
Pienso al fin en otro abrazo y una sonrisa.
Ranchadas improvisadas donde se comparte comida, guitarreada, canciones, política, abriendo.
Limpiando la sangre, dejando drenar heridas.
Y sí, tal vez me vea bien para quien mira con ternura, para quien no juzga.
Tal vez podamos poner el cuerpo distinto.
Tal vez el infierno nos dé una tregua y hagamos un poco de paraíso.

martes, 15 de enero de 2019

Taxonomías

"Cuando la historia ha sido traicionada, el silencio no es más que vacío".
(I. Dinisen, La oagipárn blanco)

El sol bendice hoy acá en el sur
como si nosotras (las mujeres, los hombres, nuestros hijxs), aún importáramos.
Y yo hago taxonomías playeras.
Hombres  clasificables en dos tipos:
a) los que escriben (nos escriben, nos describen, nos inscriben),  los hombres deseantes que hablan, que escriben,
que hacen saber.
b) Los que callan , y hacen de su silencio un planeta hostil, denso como perdesre en un bosque virgen, una noche sin Luna.

En el medio, el capricho del deseo, ocasionalmente, el desgarro del amor.

martes, 8 de enero de 2019

La promesa de mar y las tardes pampeanas

"[...] el olvido es la única venganza y el único perdón”.
(JLBorges, “Fragmentos de un evangelio apócrifo”)

Me gusta escuchar esas canciones y que ya no me hagan mal ni me recuerden a nadie del ayer, y correr en un atardecer de verano sintiendo que la vida fluye.
Me gusta recuperar espacios y que ya no le pertenezcan a quienes destruyen mundos posibles, ni a los engañadores, y que las calles de mi barrio sean ventanas que se abren y no laberintos.
La única libertad posible, la de creer obstinadamente que hay mañana, la de olvidar muchas injurias. No todas.
Me gusta hablar con mis amigas y los besos que se hacen esperar, y los libros que no hemos leído, pero nos aguardan.


Y las tardes en el campo, y los perros corriendo, siguiendo los ladridos de su pasado salvaje, y las rutas que no conozco y que no sé a dónde me llevan.
Y que alguien te espere cuando vos ya no esperás nada.
Me gusta que haya cielos de Molina Campos en el horizonte pampeano, hablar de los alambrados y de su ausencia, y sentir los eclipses de enero con el viento en la cara y caricias en el pelo, estrellas de cielos sureños y rock.
Flores azules y tunales en la voz de Mollo y la poesía del viejo Arnedo.
Me gusta el viento, y que la gardenia esté enamorada de mi jardín y no escamotee su amor.
Y que el cansancio sea cansancio, y no enfermedad o dolor.
Me gusta descalzarme en el pasto recién cortado, el olor a menta fresca, el gua con limón, la picada bajo la glicina.
La glicina y su romance con el jazmín, los cactus que florecen como si los hubiera inventado Cerati.
Que me sorprendas.
Y tu hospitalidad.
Y no tener tanto miedo.
Y la promesa de mar.
Siempre el mar.

jueves, 3 de enero de 2019

Lo que leo o no leo en las noticias

Leo las noticias en las redes, todo parece reducirse a las nuevas y viejas formas en que unos pocos violentan a unas muchas, dicho así o de otras maneras.
Es enero y la ciudad está rara.
Parece la calma que precede al estallido, pero sin estallido.
Brindamos #porqueSeTermineEsteAño de porquería en que sobrevivimos al peligro apenas, y solo algunxs.
(Hay quien está contando los muertxs. Yo no llevo la cuenta, pero sé que son muchxs más de los que Eros puede soportar).
El lenguaje de género en femenino sirve para decir también otras injusticias e invisibilizaciones,  otras  opresiones: pobres, negros, maricas.
Leo las noticias y camino.
Camino bajo el sol fuego y en la ciudad húmeda hasta que se me ampollan los pies y más.
Voy a trabajar.
Leo.
Elijo un melón dulce en la verdulería de mi barrio, mientras un espléndido atardecer melancoliza la patria esclavizada.
Camino y los chicos me piden dinero para comer, para la Sube, para mi hermanita que está enferma.
Y me venden medias y chucherías. Cuando llego al trabajo ya no tengo más plata.
Y los viejos te piden y te dicen que Dios te bendiga.
Dios no nos bendice mucho últimamente, o tal vez sí.
Tal vez toda la bendición posible para Dios sea esta.
Después de todo, pobre Dios, ahora casi nadie cree realmente en él, están todxs atrapados en una religión más poderosa que cualquier dios, es el capitalismo y su relato salvífico.
Parece que Dios pedía mucho a cambio del Paraíso: había que amar al prójimo, ser buenos, humildes, solidarios, poco apegados a lo material, etcétera.
El capitalismo sólo nos pide a cambio nuestra vida y el alma, nos pide la libertad, nos pide que nos matemos entre todos, solo eso. Qué seamos esclavos alegres, y que además lo gocemos.
¿Qué clase de dios podría competir con eso?
Leo y camino.
Es como si toda la historia
latinoamericana cupiera en la espera de Diego Zama en el fin del mundo.
Como si fuéramos los náufragos de El entenado.
Personajes de Saer, de Borges, pensamientos de Martínez Estrada, los nudos en la garganta de Pizarnik, la astucia narrativa de una Silvina que parece reírse de sí misma pero no. Siempre lamentando en el fondo todas y cada una de las traiciones de su marido. No por ser traiciones, quizá, sino por el desamor. En el amor, que no te elijan es la mayor deslealtad. La que realmente no tiene remedio.
Entro a la librería como una posesa, y me encuentro con J y me produce alegría. Siempre me produce alegría en días tristes encontrarme con personas que aprecian la risa, la belleza, la literatura, la música.
Peleo con el mundo y el mundo se la cobra con creces.
Hijo agita las puertas y las alas.
La perra siempre está rompiendo algo y teniendo otro ataque.
Los sueldos cada vez más la baja.
Hambre y desesperación.
Leo las noticias.
Todo es desamparo y biotecnologías e inteligencia artificial conquistando nuestras almas que son nuestros cuerpos y el amor, que era algo tan humano y hoy nadie sabe bien qué es pero todos hablan de eso.
Voy a saludar a mi amiga L y nos tiramos en la cama y hablamos del viaje mientras tomamos mate.  No decimos la palabra amor pero hablamos de amores, y sabemos algo de eso porque crecimos, ella primero y yo luego, sabiendo lo que es no tener el amor que más se necesita y el que buscamos para siempre allí donde nunca está.
Leemos El cuento de la criada casi en sincronía, aunque ahora ella está con no sé que otra cosa y yo leo el último de Harari y me doy cuenta que soy una perdedora, baby (I'm a looser baby), como siempre lo he (sabi)sido, pero todavía puedo intentar pensar a ver si este estar pensando ayuda a prender algún fueguito para el invierno que se avecina.
Que será largo y desconocido, hostil, como el lado oscuro de la Luna donde hoy alunizó una sonda (¿Por qué se llamarán sondas?  Creo que lo supe, creo que lo olvidé) china.
Lo leí en las noticias.
Lo que no leí en las noticias es una sola palabra que explique por qué hay tanto violento suelto y por qué son como una mezcla de  Norman Bates y Robert Mitchun, galanes así, como Mitchun, psicópatas como Norman.
Y no me refiero a las explicaciones sociales, o psicológicas, o antropológicas sobre el patriarcado, ni a la pobre niña violada en el camping de Miramar, sobre la que sólo puedo pensar con el corazón que Dios se apiade de ella y le devuelva las ganas de vivir.
Me refiero a personajes como el de la serie You. Esos que logran, luego de persecuciones y estrategias de caza, seducir a mujeres sensibles, inteligentes, buenas, digamos, y llevarlas a las más horrendas oscuridades e incluso destruirlas.
Me refiero a esos que quizá yo sólo conocía por las novelas de Patricia Highsmith y el cine, y que si la vida te pone enfrente de verdad, aunque todas las personas que te quieren te prevengan, no desenmascarás hasta que vaya a saber que fuckin karma hayas pagado.
Esos que son como drogas, como una dosis de adrenalina que le inyectan a un paciente agónico, y que los despierta eufóricos al banquete de Eros, o al menos eso parece hasta que los arrastran al pozo sin fin de su tanática ponzoña.
Como serpientes que tragan lentamente a su presa, sin pausa.
Y solo la abandonan cuando ya está herida de muerte y parten raudos a repartir su veneno en otro sitio.
De esos sobre los que lo psi darán otras explicaciones, pero quizás solo porque terminan por parecerse al psiquiatra de Psicosis.
Leo las noticias y corroboro que el problema es mío.
A mí me conmueven todavía los acordes de alguna melodía, me gustan demasiado los colibríes y las novelas policiales y de amor, las buenas invitaciones, los ensayistas latinoamericanos atrevidos, prefiero el sexo a rendirle pleitesía a los ídolos con pies de barro que no saben mantenerse erguidos sin hacer daño.
Pero esas cosas no las leo en las noticias.

martes, 1 de enero de 2019

Mientras podamos

"Ahora que he escrito muchas palabras,
Y abandonado tantos amores, 
Y siendo por entero para muchos de ellos, 
Lo que siempre he sido
-una mujer de excesos, celosa y codiciosa,
Encuentro inútil esforzarme".
(Anne Sexton, Cigarros y whiski y una salvaje, salvaje mujer)


Después todo se precipitó, como las piezas del dominó que van cayendo empujándose unas a otras.
Las coordenadas del año que había pasado le parecieron absurdas, como al despertar de un sueño que no podemos interpretar.
Todas las advertencias desoídas, todas las señales pasadas por alto, le parecieron tan obvias, que de haberlas visto en un plano secuencia en un policial clase b le hubieran resultado exageradas.
Ella se había comportado como la chica que huye de Freddy Krueger adentrándose en el bosque, mirando para atrás por encima del hombro mientras todos los espectadores esperan el momento del tropiezo y la caída.
Cuando llega el final, el monstruo es lo que es, lo que siempre ha sido y no conserva ningún rasgo de la máscara veneciana con la que conquistó las noches de carnaval.
Había estado tan concentrada juntando las partes de varias tramas que se le había escapado unir esas piezas.
Los malos tratos, los cambios de humor, las agresiones, eran como peces de colores que acompañan como personajes secundarios la danza acuática de los escalares y otros depredadores.
De pronto, los detalles emergen como vistos bajo una lupa.
Y todo adquiere sentido.
Es como si fuera una niña en la orilla de algún mar, en cuclillas, juntando berberechos con sus hermanos y su padre, como si la vida entre de todo lo que vive cupiera en ese instante.

Intentó la salida fácil, agarró una madera que pasaba flotando, el agua del naufragio era fría, la noche oscura y sin estrellas.
Anduvo unos metros y se soltó.
Hay abismos que deben recorrerse hasta el fondo.
Mientras bailaba y giraba sobre la pista, supo que todo eso había quedado definitivamente atrás.
El futuro es una alucinación.
El pasado a veces pesa como piedras atadas al cuello, a veces se vuelve insoportable nostalgia.
Vivamos hoy, dicen los pies, la cadera, el pelo.
Vivamos mientras podamos, y también olvidemos.

jueves, 27 de diciembre de 2018

Mientras ponemos el cuerpo

Grabado de Johann Ulrich Krauß (1655-1719): Tiresias
golpeando a las serpientes.
"Las metamorfosis" de Ovidio en 226 láminas
 (Die Verwandlungen des
Ovidii : in zweyhundert und sechs- und zwantzig Kupffern, ca. 1690).
Me gustaría ser práctica como J, leve como L, rápida.
Me gustaría hacer zapping y cambiar de canal, cambiar de serie cambiar de plataforma cuando las cosas se presentan como un tren  que nos va a chocar de frente.
Me gustaría surfear en el tiempo a toda velocidad y tener la autoestima de B, publicitar mi bondad, disimular mi neurosis y mis miserias. Quisiera ser como él, saltar de nombre en nombre y olvidar, no tener que elegir, no tener que perder.
Pero no soy como J, ni soy como L, y mucho menos soy como B.
Tampoco soy como F, haciendo morisquetas, haciéndose el correcto, sobrestimando la sinceridad cuando es nada más que narcisismo.
Puro ego.
Me gustaría no tener que poner siempre el cuerpo. Tan mujer cuerpo, tan nosotras siempre poniendo el cuerpo.
Para gestar, para parir, para abortar, para enfermar.
No tener que hacer colas y trámites, mientras sangro o tiemblo. Y doy explicaciones. Esperar horas veredictos y opiniones. Poniendo el cuerpo, sin metáfora, llevándolo de acá para allá, del cielo al infierno pasando por el matadero.
Gozando tanto, amando, y sabiendo en cada célula que el deseo siempre paga su precio y que a veces es un precio muy elevado.
Mirar a los hijxs como sino pasara nada.Nada, nada, cuando pasa todo.
Llorar mientras hago el test, los test, ¡los millones de test! Los de ella, los de aquella los míos.
(¿cuántos test hay que hacerse para que cada tanto alguno nos haga felices?)
Ser ella, yo, tú, nosotras.
Desangrarte después de parir. Después de abortar. Después del amor, sangrar.
Tener el brazo hinchado por la guía mal puesta y la concha latiendo de contracciones de muerte.
Quisiera no tener que esperar los resultados de ningún PAP, de ningún laboratorio, de ninguna mamografía, de ninguna perinola que marque el pulso: vida o muerte.
Me gustaría creer el mito de la medicina del siglo XXI, su imagen de asepsia, la inmortalidad, la sabiduría de la ciencia, la infalibilidad.
Me gustaría sentirme menos como Maradona, menos que la y lo tengo adentro cuando él no solo ya  me olvidó hace rato, sino que olvidó a una cuatro o cinco cuerpos mujeres más mientras yo ( yo todas nosotras como yoes) veo flotar su nombre entre resultado de laboratorio y sentencias.
Me gustaría no tener que poner siempre tanto el cuerpo mientras  médicos y médicas irresponsables sueltan palabras que golpean como infiernos, queman y laceran.
Me gustaría no recibir mensajes de tontos que creen que lo único importante que necesitamos escuchar mientras todo agoniza, mientras nos duele todo, es lo que hacen con sus pitos cuando ya no nos interesan ni ellos ni sus pitos.
Me gustaría no tener el el cuerpo tus peores moléculas, las enfermas, y saber que mientras yo pongo el cuerpo a este garrón vos ponés la crueldad, la indiferencia y el castigo.
Cuando yo era chica no se hablaba del patriarcado, y sí se hablaba del nuevo hombre, y yo diría, la nueva mujer.
Me gustaría pensar que algún día seremos, en nuestras diferencias, sin perderlas, compañerxs.
Me gustaría que la bondad real de A fuera contagiosa.
Y que ningún hombre pudiera olvidar que los juegos que se juegan de a dos deberían de a dos enfrentar las pruebas.
Me gustaría ser menos ansiosa para la vida, y más rápida para olvidar.
Y entonces recuerdo el enigma de Tiresias del goce en el amor. Y creo que eso es lo que estamos, cada vez más hermanadas, pagando a quienes escribieron las tragedias.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Para la intimidad

El despliegue de imágenes de felicidad en las redes es tan obsceno que se parece demasiado a cualquier propaganda de regímenes autoritarios.
Sé feliz.
Consume.
Goza.
Muéstralo.

Sé sexualmente hiper activa/o.
No te enamores.
No sufras.
No te enfermes.
No caigas en sentimentalismos.
No le digas a alguien lo que realmente sentís porque eso te vuelve vulnerable y estúpida.

Disfrutá el presente.
Aprendé a soltar.
Si sucede conviene.
Viajá a lugares exóticos y caros. No te conformes con menos.
Posá como modelo porno.
Sé joven.
No seas pesimista.
Alegría alegría.
The winner takes it all.

Sé él/la más militante.
Sé bueno/a.
Deconstruite.
Empoderate.
Nunca dudes.
Sé acertiva/o.
No tengas miedo.
Muéstrame.

¡Oh, cómo nos amamos en nuestra pareja/familia/trabajo!
¡Qué libres somos en nuestras redes prisiones!
¡Cómo disfrutamos la vida!
Qué filtros bellos de intensos colores lo tiñen todo.
Acá nadie pierde.
Acá nadie llora a sus muertos.
Acá nadie sale herido, nuestros narcisismos gozan todos de perfecta salud y se hacen chistes ingeniosos y se cortan los vínculos  mostrando una foto que comunica un cambio de planes, mandando un alegre y políticamente correcto mensaje por WhatsApp, dejando al otro/la otra hablando solo.
¿No lo ves?

Entonces la muerte irrumpe con su contundencia.
Y se terminan las imágenes felices.
Y solo somos lo que fuimos: seres rotos buscando el abrazo y el consuelo, la palabra que cura, la mano que acaricia.
La amistad como escudo y hogar.

Entonces la vida irrumpe con su contundencia y somos eso que fuimos: animales alados con corazones infinitos.
Y miradas que ven más allá.

Y nada de eso se muestra. Eso es para la intimidad, aunque ya nadie sepa muy bien qué quiere decir eso.

lunes, 24 de diciembre de 2018

Fin de año y esos prolijitos que nada

Los pies al fin sobre el césped recién cortado, que huele a menta y a tarde de verano.
La pileta sin armar, el arbolito viejo, la infancia de los hijos que se va alejando, lxs amigxs que ya no están.
Todo lo importante que calla, que insiste y calla, que es ADN y microcosmos, vida y muerte a cada rato disputando sus batallas y adorándose en nuestro cuerpo.
Y esta misma increíble sensación de terremoto.
Tsunamis de virus, cólicos y cegueras transitorias o estructurales.
Destellos de saber que al final todo pasa y todo se repite, pero va perdiendo gracia.
Por otra parte no deja de tener su justicia poética el hecho de que estuvieras dispuesta a la careteada, porque sabés lo peligroso que le resulta a tu corazón cuando sos muy vos y te enamorás de algún idiota que te hace surfear hasta que la adrenalina estalla, y caerte de las alturas eróticas hasta pegarte el re palo.
Y esas muertes con las que pagaste el precio de esas pequeñas muertes robadas en alguna que otra siesta ocasional.
Digo, no deja de tener tu gracia que hicieras el esfuerzo de ser amable y muñequita buena, que te repitieras que aunque no te guste mucho al menos te hace pensar menos en el idiota que te rompió el corazón. Y para tu desgracia, en realidad te hace pensar menos en general, y sabido es que nada estimula tanto el deseo como esos luminosos destellos de quienes nos hacen pensar de un modo que no es ni el de ellos (suyo) ni mío, sino nuestro estar pensando, aunque dure unas horas o una eternidad. 
Abrazar o mirar en los ojos donde el brillo del destello conserva la curva de una idea expresada de una forma que sólo él, sólo a vos.
No, no deja de tener gracias que hicieras la versión prolija y paciente, que tomaras hasta achisparte lo bastante para irte a la cama como si te gustara cuando ya todos sabemos que.
No.
Da.
Ni dio.
No está dando.
Pero mientras tanto.
Seamos correctos y buenos.
Buenes. Y al final.
Tanto cuidaste que no se diera cuenta, tanto disimular tu falta de entusiasmo y justo cuando salíamos del embrollo sin prisa ni daño te pega un cachetazo (¿a la autoestima‽) como suele ocurrir con los que dicen frases acusadoras y revanchistas como que sos  la mina que jamás les hubiera dado bola cuando éramos así o asá.
Y entonces cualquier idiota desprolijo con mala fama que te haga sentir viva y bella, aunque te rompa el corazón, es mejor si te hace bailar a tu ritmo que estos  buenitos prolijos que nada.
Fin de año.

lunes, 17 de diciembre de 2018

Dionisio en diciembre, unas líneas para las pibas

Dionisio propicia en esta noche de música, flores y amigos el enlace vikingo, de incipiente cristianismo, hacia formas de amor que no reconocen ni propietarios ni dueños ni mercancías.
Huele a jazmines y a tilos la noche.
Somos bárbaras, guerreras bárbaras, conquistadoras de unas horas para las pibas, un poco de libertad, un respiro, un nuevo mundo donde no tengamos que doblarnos la espalda de tanto trabajar. Somos guerreras del amor, necesitamos unas horas para las pibas, cantan las #NélidaCorralón, la noche es hermosa.
Me acuerdo de vos, el único imprescindible, volvés desde lejos,  te abrazaría, te extraño como hacía mucho no lo hacía, daría tanto porque no me guardes rencor.

Lo importante insiste, canta Lucas Finochi

Miro el cuadro inconcluso que es como una película, me dejo llevar y  le digo que tenía razón con aquello de que un clavo saca otro clavo. Lo sacó de mi cuerpo, se han desvanecido las imágenes, su nombre ya no me provoca. De su paso por este pago ha quedado, como mantra, la advertencia: yo te avisé. Dejé hacer del simple mentiroso un sofisticado misterio, del ajedrecista de grandes aperturas y predecibles jaques, un maestro.
Hablamos, en noches de tormenta, con el creador de melodías. Guarda en su memoria una historia de Eros y vida donde yo siempre soy bella, fuego y llamarada. Solo por eso merecería ya mi gratitud. Ahuyenta el miedo a esa lluvia que inunda y no para. Que estremece.
Mi joven guerrero prepara nuevos viajes. Sus ojos razón de vivir la vida verán otros mundos.
Caen sapos de punta y estrellas fugaces, hay sol en la Pampa, hay soledad en la Pampa, hay una promesa que nunca se nos cumple y siempre esperamos, como los nenes que se plantan en las veredas a esperar que les demos comida y revolución, aunque no sepan que existe esa segunda palabra.
Hay alambres de púas en la Pampa. Los ponen los dueños de todo, o los mandan a sus peones a ponerlos.
Los machos carnean vacas y mujeres. Las preñan, como al ganado, las empestan, las dejan con los críos y el cuerpo roto. El corazón endurecido por tanta brutalidad.
Los hombres, en cambio,  hacen fuego y dan de comer, acarician los vientres que gestan a los hijos y a las hijas del deseo; escriben para ver si estás bien después de que se enteran de que tenés una bomba de tiempo en tu interior, como una mula de frontera pero sin droga, ni negocio, ni otro patrón que al que todos nos agobia, señor dios del dinero, ladrón de libertades y justicias.
Diciembre se ha vuelto lluvia e invierno.

jueves, 13 de diciembre de 2018

Adiós querida Emma B

"Emma trataba de saber lo que significaban justamente en la vida las palabras
 felicidad, pasión, embriaguez, 
que tan hermosas le habían parecido en los libros".
(G. Flaubert, Madame Bovary)

Si tuviera que decir en pocas palabras para qué me sirvió el psicoanálisis en este momento, yo diría, por caso, para dejar de encandilarme con el #SíndromeEmmaBovary, fascinada con personajes de ficción, dispuesta a renunciar a la vida por esa virtualidad encantadora de lo imposible, y volcarme más al #SíndromeMerylStreep, en un texto pegadizo tipo hit de autoayuda que circulaba por ahí en las redes y se le atribuye a ella -aunque creo que no lo es- referido al haber llegado al límite de su paciencia para ciertas manipulaciones y careteadas en los vínculos.
Así, dejo que caiga el telón a los montajes y puestas en escenas de personajes que invento mejor cuando se encarnan en personas que actúan de lo que no son, esconden sus oscuridades bajo mantos de oropeles fantásticos y buscan seducir todo el tiempo al público, para sonreír a quien quiere sonreírme, y abrazarme, y abrasarme (brazos, brasas; vasos y besos) a lo real.
Dejemos la ficción en su mejor lugar, en la escritura, en la lectura, y como cantaba aquella banda- adolescencia-platense-flamígera: a a vida hay que hacerle el amor.
Me quedo con la Emma reivindicada por el feminismo, la Emma que, como Ana, rechaza el modelo burgués de familia y de mujer que le imponen, la Emma que no se adapta. Pero no con la Emma padeciente que no puede gozar del presente porque añora, melancólica y desesperadamente, lo que no fue ni será, quizá porque añora el amor de la madre perdida prematuramente, la comprensión del padre lejano, la empatía de un hombre que sabe amar y cuidar de un modo doméstico y amable, pero que nada sabe de literatura, ni de los mundos imposibles de los que se alimenta la llama de su esposa, ni de sus sueños de altos vuelos y conquistas de horizontes lejanos, quemada en el fuego de amantes clandestinos que llegan y se van como los barcos de los aventureros.
Emma, como Ana, corriendo y corriendo, al lado de la vía, por el prado, corriendo hacia un amor que se escapa y se escapa, que hace vacío en su vientre, que late en su vagina, que humedece primero ero luego todo seca, hasta las lágrimas, hasta la vida, y que nada da.
Emma, haciendo de sí misma un sacrificio, haciendo de su cuerpo (ropa-cuerpo, adornos cuerpo, joyas cuerpo) el objeto de deseo de aquellos que ella desea, sin amar, haciéndose deuda, quiebra, haciendo dolor a su hija, haciendo injuria a ese hombre que nada entiende, que encarna lo más agónico del ideal burgués. Emma, que al final hace de sí tragedia, para ser poesía, o mejor, para ser prosa poética, para perderse entre subordinadas, comas, conjunciones copulativas, Emma, escrita por la mirada de un hombre que sabe ver, que juzga mucho menos que sus contemporáneos, que podría haberse enamorado de alguien como ella, pero no.
Emma y la moral que la señala y la hunde.
Emma y el capitalismo, que la condena y la culpa.
Emma, rodeada de pusilánimes que no se la juegan.
Emma, y los Leones que se asustan al primer viento, que huyen, que olvidan.
Emma, manipulada  por los Rodolphe que ven en las mujeres cosas, que usan, que abandonan, que nada pueden dar.
Emma, como Ana, que nos da esos arquetipos, que hacen de esos amantes significantes que nos marcan, como los Vronsky de los que una y otra vez nos enamoramos, sabiendo de antemano que nos romperán el corazón y nos dejarán tiradas en la vía, mientras parten ya en el Transiberiano, cansados de nosotras y en busca de otra vida.
Pero nos dejan también, como puños cerrados y en alto, como pañuelos verdes y borceguíes curtidos de muchos andares, su maestra jugada hacia el amor libertad, contra la moral burguesa y patriarcal.
Emma, querida Emma, siempre habrá algo tuyo en mí, siempre seré como vos contradicción, habrá algo, pero solo algo.