Último verano en Stalingrado, novela

sábado, 13 de agosto de 2016

Volver a educar nuestros sentidos: el edificio me cuenta

"Hay pocos relatos más desgarradores
que el de una madre cuando cuenta su impotencia y vergüenza
al escuchar el llanto de sus hijos con hambre.
El llanto del hambre es diferente de
cualquier otra forma de llorar que jamás hayamos imaginado.
El dolor de una madre o un padre
que ven a sus hijos llorar de hambre, también."
(Pablo Gentili, Pedagogía de la igualdad.
Ensayos contra la educación excluyente, 2011)





Cuando ingresé al Liceo Víctor Mercante, colegio de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), en 1984, estaba ya hacía unos años funcionando "momentáneamente" en la antigua facultad de Humanidades de la UNlP. No tenía patio ni estaba preparado ese edificio para alojar a los cientos de adolescentes que integrábamos la matrícula.
Pasaron los 80, los 90 y el 2000.
Siempre se nos prometía que pronto tendríamos edificio nuevo, siempre escuchábamos a lxs políticxs afirmar que la educación era una prioridad. Esos decires eran como ecos, como voces sin significado para nosotrxs, promesas que caían en el vacío.



Eran los tonos y las inflexiones de lxs adultxs, y luego de lxs dirigentes, y también de la mentira.
Cuando en los 90 comencé a trabajar en el área de cultura de la provincia de Buenos Aires, funcionaban en el viejo edificio, en constante peligro de derrumbe, los talleres del Teatro Argentino, que disperso desde el fatídico incendio, esperaba también un nuevo edificio.
Allí, en ese edificio que parecía una ruina abandonada, se alojaban los vestuarios del mágico mundo de la ópera, y otros artilugios de encantamientos musicales y teatrales.
Eran tiempos violentos de una joven democracia que era acechada por los poderes económicos dsde las sombras. A veces, los milicos todavía envalentonados, se acuarltelaban para hacer notar sus reclamos, al mismo tiempo que las pensiones a los veteranos de Malvinas eran paupérrimas, y muchos no tenían ni eso.
Y los ricos se juntaban a humillar al presidente Alfonsín en la Sociedad Rural.
Lxs jóvenes luchábamos en las calles por nuestros derechos: el boleto secundario; el no arancelamiento de las universidades; la eliminación de la colimba; contra las privatizaciones; "aparición con vida"; "No al Indulto", con las Madres y las Abuelas, siempre, y después con los Hijos; por la aparición de Miguel Brú; con los sindicatos que trabajan representando los intereses de lxs trabajadores.
Y el edificio del Liceo seguía esperando.
La educación secundaria no era obligatoria.
Internet apenas empezaba a socializarse y poca gente usaba celulares.
Y desde la década del 40 prácticamente no se habían construido escuelas en la Argentina, apenas se reparaban las existentes, los maestros no llegaban a fin de mes.
Siendo muy joven empecé a dar clases en la Universidad, en la Facultad de Bellas Artes de la UNLP, primero como ayudante alumna ad honorem, y luego rentada.Pero tuve que dejar, porque había que parar la olla y una ayudantía rentada no pagaba ni el taxi para llegar en horario desde otro trabajo.
Los libros que comprábamos lxs docentes eran en un 90 % usados.
Y muy poca gente del "ambiente" educativo cultural andaba en auto.
Llegó el gobierno de Néstor Kirchner, 2003, después de que habíamos sido arrasados por un par de tsunamis (primero, la hiperinflaicón y la caída de Alfonsín, luego, la salida de la convertibilidad y la edvaluación de Menem, Cavallo y De la Rúa...La crisis, los cinco presidentes, la violencia más brutal de todas que es el hambre y la pobreza de los pibes.
Una vez, alrededor de 2005, me tocó visitar una escuela en Dock Sud donde el promedio de vida de los pibes era de 18 a 20 años y de las pibas un poco más, siempre y cuando un embargo adolescente prematuro, que las hundía más en la pobreza y la injusticia de la falta de oportunidades, al menos las conectaba a la esperanza y la vida, no como a ellos, que morían por el paco, de un balazo policial o en alguna situación de violencia en ocasión de un delito.
La vida de la mayoría de los pibes no valía un céntimo. Quemaban gomas en las esquinas y las rutas, con sus familias, para hacerse ver, para ver si algún político era capaz de mirarlos, de reconocerlos, de captar el mensaje.
Una vez en una reunión organizada por la gestión educativa provincial, articulada a la nacional,para discutir la nueva Ley de educación, en 2006, un chico contó que la única vez que había estado en La Plata, frente a la DGCyE, era en oportunidad de ir a prender gomas en la calle, en reclamo de becas para terminar la primaria como adulto (tenía unos 18 y había quedado, como tantos, afuera del sistema) y también pidan cupos en los comedores, y zapatillas, y libros. Todos medios para estudiar, para tener una oportunidad de un proyecto de vida menos oscuro, menos estresante.

El edifico del Liceo no era la prioridad, desde ya.

Cuando un día me llamó una ex alumna que trabajaba en el Estado provincial, en un área donde se encargaban de las mejoras y la inversión patrimonial en la UNLP, para contarme que querían invitarme a la reinaguración del Liceo, me emocioné. Un edificio que desde mi pubertad estaba en el corazón del barrio por donde vivía, por donde pasaba diariamente más adelante para ir a trabajar, siempre en ruinas, siempre abandonado, solo, como un gigante que da testimonio de tiempos y sueños más gloriosos.
No me sorprendió. Estábamos legislando el derecho a la educación secundaria obligatoria, un hecho revolucionario pero también lleno de una potencia esperanzadora acerca del futuro, si consideramos que desde la 1.420 tomó casi un siglo universalizar la primaria.
Educación sexual y en derechos humanos, textos escolares gratuitos, libros para las bibliotecas, compus.
Por primera vez en mi vida empezó a haber plata para educación. Pasamos de invertir el 2 % del pBI en unos años al 6 %, y eso se plasmó por ley, para fijar una política pública realmente federal y sostenible. Todas las provincias acompañaron el proceso. Cuando en 2006 se sancionó la Ley de Educación nacional, las provincias adhirieron en su mayoría, empezaron a cambiar sus propias leyes, a recuperarse del golpe que había sido en los 90 el traspaso de la responsabilidad de sostener la educación en las provincias, la mayoría inmensante empobrecidas.
Ecos lejanos.

Están, también en la docencia argentina, quienes solo ven lo que falta hacer, y creyeron que se podía cambiar lo malo, o lo pendiente, y a la vez resguardar lo bueno y lo logrado. Algunas personas no pueden evaluar el proceso. conectar el punto de partida y lo realizado, ni artiuclar una cuestión básica que aprendimos muy bien con Paulo Freire: sin educación no podemos transformar ni mejorar la vida de nuestros pueblos, pero la educación por sí misma no puede, sino hay una política económica y social, un proyecto de país articulado ¿Qué puede hacer la educación por sí sola si las familias están en situación de de desempleo, precarización laboral creciente? 
El edificio del Liceo se recuperó, se arregló. La UNLP nunca recibió tanta inversión, nuevos edificios y campus universitarios, se arreglaron los tres colegios pre universitarios, el Bachillerato de Bellas Artes por primera vez en casi 60 años de historia tuvo un edificio propio, y muchas facultades se expandieron.
También se construyeron en todo el país unas 3000 escuelas nuevas. Se compraron y distribuyeron computadoras para cerca de cuatro millones de alumnxs.
Los docentes seguimos reclamando mejoras, pero mientras la inmensa mayoría fuimos comprándonos un autito, muchos accedieron a créditos Procrear para vivienda, compramos libros, nos empezamos a capacitar de manera gratuita y con calidad, muchos pudios irnos de vacaciones, volvimos a reconciliarnos con una profesión que siempre pide mucho y devuelve a veces muy poco en términos materiales.
Nuestras clases fueron mejores. Nuestras instituciones también. De eso no tengo dudas.
A pesar de que se complejizaron, porque le abrimos las puertas a miles de nuevos sujetos pedagógicos a pibes y pibas que, cual si se tratara de una fatalidad, habían sido históricamente excluidos de las escuelas.
De la gramáticas oficiales, de la legitimación social que significa acreditar los conocimientos de manera institucional, pública, estatal. 
Fue un quilombo, porque es un hermoso despelote, un territorio donde manda la vida, la diversidad, el conflicto muchas veces, pero también la cultura de la paz, la cultura democrática, la cultura del trabajo, de la integración y la inclusión social.
Cuando ingresé al Liceo, se entraba por orden de "mérito" en un examen de ingreso con un diseño excluyente, que era muy improbable que pudiera ser aprobado por un pibe o una piba que no tuviera una familia que lo apoyara, en la mayoría de los casos, que le pagara una preparadora, que tuviera un nivel de ingresos de clase media o media alta.
Nos sentíamos que "pertenecíamos" a una elite, las hijas de los y las profesionales de la clase media culta platense, o algo parecido.
No cualquier iba a ese colegio.
Ni siquiera sospechábamos lo rasante de nuestro vuelo, todo lo que nos perdíamos, todo lo que el discurso común hegemónico quería hacernos creer.
Al dejar atrás esas ideas tan elitistas, el mundo se abrió.
Militando en Berisso, con los pibes del barrio Nueva York o el Barrio Obrero, con otros estudiantes de otros colegios secundarios, en los centro de estudiantes que empezaban a nacer de las cenizas del Estado Terrorista.
*****

Cuando paso por el Liceo, cuando voy dar clases "al Bosque", que en el léxico actual para muchos de nosotros es el territorio de emplazamiento de nuestros lugares de estudio y de enseñanza, soy muy consciente de que hace diez años, todo eso no existía.
Ni siquiera como un sueño posible, tal vez como un sueño alucinado, pero nada más.
Fuimos logrando estas cosas, las celebramos, y rápidamente las naturalizamos, como si siempre la política hubiera sido capaz de hacerse entre tantxs, como acciones que expresaran necesidades largamente acariciadas por las mayorías populares, y no pro un ramillete de dueños de animales que cagan en terrenos donde se explota y se maltrata a los niños, a las niñas, se les impide estudiar, se les cierran las posibilidades de leer, de escribir de hacer cálculos y ecuaciones, de ejercitar el cuerpo, de hacer lazo social, y divertirse, y abrir el mundo por las ventanas de Internet y del patio del recreo o el laboratorio de química, o la biblioteca.
Que comer en la escuela fuera un ritual para recargar energía para seguir estudiando, y no una escuela merendero, que intenta reemplazar lo que el hogar ya no puede.
Conozco mucha gente que está enojada con el gobierno anterior y que no puede salirse del relato de la corrupción (que la hubo, sin duda) y de una mirada fatalista, poco política (en el sentido de la posibilidad de transformar la realidad), que nos induce a creer que esto horrible que no toca vivir, el ajuste, el tarifazo, el hambre, que vuelvan los pibes a comer en las escuela, era inevitable.

Como si fuéramos paganos, o judíos ortodoxos, o de ciertas ramas del cristianismo, resignados ante la fatalidad de la voluntad de los dioses que nos castigan tan solo por haber creído que podíamos ser más felices, vivir mejor, disfrutar algo, abrir las puertas de las escuelas y de las univesridades para todos y todas, aunque fuera un despelote, y que los maestros y los profesores pudiéramos estudiar y volver a enamorarnos de nuestra profesión. Y eso no solo para cumplir los derechos educativos, sino para mejorar al conjunto, porque un pueblo más formado produce más riqueza, vive mejor.
Y que nos dieran ganas de ir a dar clase o a tomar una clase, en un edificio equipo, bello, limpio.
Como si aquello de que para nosotros la prioridad es educar se tradujera realmente en hechos.
Las palabras se resignificaron, los ecos parecieron campanas, escuchamos melodías más alegres.

*****
Me detengo a tomar una foto del Liceo.
Gente inteligente, gente que quiero, me dice en el registro de la certeza inapelable: "se robaron todo". .¿Esta ciudad se olvida de la evidencia, de todo lo que está a la vista? Es cierto que hubo corrupción. Es cierto que donde hay poder y riqueza suele haber corrupción. Que el capitalismo es un sistema estructuralemente corrupto, incluso, legitimidamente corrupto, donde una minoría poderosa engaña a una mayoría para robarle lo que produce, básicamente. Y es cierto que duele mucho más y es más reprobable cuando hay corrupción en gobiernos populares.
Pero eso no quita que la insistencia en "se robaron todo", eslógan efectivo del discurso del poder que convence a tanta gente no explica racionalmente como a ese "todo" se les escapan no solo los millones de reservas en el Banco Central u otros grandes datos de la macroeconomía reconocidos por el mismo poder que elabora el discurso de la doxafilia. También ese todo excluiría las evidencias de tantas experiencias personales de mejoras que están no solo ante nuestra vista, sino de las cuales no hemos beneficiado de manera directa. Porque los otros gobiernos que "se robaron todo" no dejaron atrás más que tierra arrasada: empezando, para no irnos más allá del siglo XIX, por la oligarquía que se apoderó de los territorios -robados a los mapuches y otras etnias; siguiendo por lo de la SRA y sus transas con los frigoríficos, más los negociados de todas las dictaduras -y los grupo de poder que hoy gobiernan, que nacieron o se fortalecieron en esa etapa y luego en el menemismo; la Alianza -que en parte hoy integra el gobierno.
Hay una memoria y saberes en nuestros cuerpos y hogares, que testimonian que hay algo en ese enunciado que lo desmiente.¿Por qué no podemos tratar de volver a confiar un poco más en nuestros propios sentidos, en nuestros propios sentimientos, en nuestro propio intelecto?


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Paso por el Liceo.
Es un edificio hermoso. En un jardín hay un espacio donde se le rinde permanente tributo a los ex alumnos y ex alumnas desparecidos por el Terrorismo de estado, y a ex profesoras que son un ejemplo de lucha, como Chicha Mariani, entre otras.
Paso, me detengo. Nunca cursé ahí. 
Pero el edificio se yergue, en pleno centro de la capital provincial, y nos impide caer en la absoluta locura de creer en lo que dicen en la tele o en nuestros celulares unos publicistas realmente ingeniosos que nos subestiman,y que han logrado engañar a mucha gente, convencerla de que eso que ve o que siente es una mentira, hacerle creer que no se puede viivir mejor . Pero no lograran engañarnos a todos mucho tiempo.

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