Último verano en Stalingrado, novela

viernes, 19 de febrero de 2016

No me vengas a decir en unos años que vos no sabías

"Los que vivís seguros
En vuestras casas caldeadas
Carlos Alonso, serie Alonso en el Infierno, 2004
Los que os encontráis, al volver por la tarde,
La comida caliente y los rostros amigos:
Considerad si es un hombre
Quien trabaja en el fango
Quien no conoce la paz
Quien lucha por la mitad de un panecillo
Quien muere por un sí o por un no.[....]
(Primo Levi, Si esto es un hombre)


I
Escalofríos me provoca leerlos en las redes y en los medios, escucharlos clamar mientras gritan y gozan, al ver echar a los supuestos  "ñoquis", portadores de estrellas, frases que evocan significantes del horror: "el trabajo los hará libres", el regreso de las lista de quién se salva y quien queda afuera. El perverso disfrute de la humillación del otro. Esa adoración por la repetición de los gestos y significantes del fascismo y el nazismo, con las herramientas de comunciación del Siglo XXI y una estética descontracturada.


Cuando era adolescente, en los comienzos de la recuperación democrática, plena “primavera” alfonsinista, la hegemonía en política estaba en manos del radicalismo y entre los jóvenes, la Franja Morada. Si te interesaba la política y no eras de "la Franja", además, quedabas afuera de muchos circuitos y muchos beneficios.
Tanto en esos años de colegio (secundario platense de la Universidad Nacional de La Plata), como luego en los años de la facultad y los primeros trabajos, me sentía siempre en minoría. Si eras peronista, de izquierda, progresista, estabas, o al menos así nos sentíamos en el ambiente de clase media urbano en el que me movía, medio out. Fueras de la tribu que fueras, y como en el tema de los Twist, anduve por varias tribus.
Pero sobre todo, en el Centro de estudiantes, el Barrio Nueva York de Berisso, Max Nordeau, el Taller de la Amistad, el PJ, y muchos otros espacios formales e informales en los que me iba formando, me sentía profundamente convocada por la injusticia que vivíamos quienes creíamos, desde el lugar que fuera, que los crímenes del terrorismo de Estado debían ser juzgados y que la causa de las Madres, las Abuelas y “los organismos”, como los llamábamos, era nuestra causa.
Seguramente para muchos que eran mayores que yo, o que venían de protagonizar el horror en sus cuerpos, el reclamo de "Juicio y castigo" era más una bandera o una utopía que un proyecto realizable.
Pero para quienes éramos jóvenes, era algo posible y alcanzable, a pesar de que la realidad se empeñaba en mostrarnos una y otra vez que las relaciones de fuerza no estaban justamente de nuestra parte.

II Nuestra causa
Nuestra como sujeto colectivo, nuestra porque hasta que no hubiera memoria, verdad y justicia, no habría paz y proyecto futuro para Argentina, para este pueblo, no habría vida en su plenitud.
Cuando en esa época cuestionabas la Teoría de los dos demonios, o cuando empezaron a hacerse públicos los primeros casos de secuestro y apropiación de bebés, de robo de identidad, una se quedaba en general hablando sola en muchos sitios.
¡Cómo dolía escuchar a gente querida repitiendo las viejas y nuevas versiones del "algo habrán hecho"! Me acuerdo tremendas discusiones con compañeros/as de estudio y de trabajo que defendían a los apropiadores, que no querían saber nada con informarse, n i escuchar, que no querían correrse un milímetro de sus matrices ideológicas talladas con verdades a medias, o mentiras, o discursos hegemónicos de los que nos modelan a todos.
También a mí, por supuesto.

III Pensar con el cuerpo
Aprendí junto a muchos de mi generación a sospechar de los discursos digeridos, a tomarme el trabajo de estudiar, de leer, de escuchar a los demás, de revisar mis ideas.
Incluso esta.
Pero también, a pensar con el cuerpo y a sentir con el cerebro, a oler con las ideas y a mirar con la memoria. Un niño baleado por las fuerzas de seguridad estatales.
Es un límite insoportable para mis ojos, mi piel, mi cerebro.

IV "Yo no sabía"
Muchas de esas personas al correr de los años, me pidieron disculpas por sus posiciones. Adujeron ignorancia, necedad. Mucha gente decía, como les dijeron a las propias víctimas del terrorismo de estado: yo no sabía.
Como dijeron los alemanes vecinos de los campos de concentración: yo no sabía.
Como los italianos fascistas le dijeron a los huérfanos y viudas de los comunistas y la resistencia: yo no sabía.
Como los rusos estalinistas le dijeron a sus connacionales. 
Los brasileros y argentinos a los paraguayos: yo no sabía.
¿Pero es posible no saber,un genocidio se puede ocultar?
Tal vez no se supiera el alcance, tal vez para muchos fuera inimaginable la perversa modalidad de las torturas y escarmientos, pero no saber…
Tal vez cuando empezaron los primeros síntomas algunos pensaron que era justo, que había que darles tiempo (a los milicos, a MItre, a Hitler, a Mussolini, a Stalin, a los ingleses en la India, a los estadounidenses en Irán, a los isreaelíes en Palestina.......)
Es una posición que muchos eligieron.
No juzgo moralmente. Sí políticamente.
El miedo paraliza. Nos paraliza.
Los fascistas lo saben muy bien.
Y juegan con eso.
El miedo lleva a la autocensura y a la indiferencia, a la ceguera.
No tener una posición es una posición.
No tener una posición condenatoria frente a los síntomas del fascismo, en la Argentina de 2016,  es una posición al menos de complicidad.
Con lo que hemos aprendido como sociedad, con los modos en que podemos enterarnos - incluso en este contexto proclive a la censura fáctica del mercado-, de muchas cosas que los medios no informan, o deforman, u ocultan.
Incluso así.

V
Me sorprendía que alguien sintiera que debía disculparse conmigo por haber elegido no saber.
Por haber elegido la comodidad, el confort digamos, de la ignorancia que posibilita no tener que ponerle el cuerpo a ciertas cuestiones.
Pero me alegré cada vez que alguien que negaba el genocidio, o el terrorismo de estado, o el robo de niños y niñas, en los 80 y los 90, en el 2000 había revisado sus ideas.
Mucho antes del kirchnerismo.
Pensé que habíamos como sociedad alcanzado un grado de acuerdos importante, profundo y mayoritario, respecto a que queríamos vivir en un estado de derecho, después, algunos tendrían este proyecto político y estos estos otros. Están quienes gobiernan para los ricos y quienes gobiernan para los pobres. Las contradicciones, alianzas y complejidades constructivas que son las reglas de juego de la política en las sociedades democráticas occidentales contemporáneas, etcétera.
¡Cómo me equivoqué!

VI
Recuerdo que en mi infancia, mis padres, que no eran héroes ni guerrilleros revolucionarios, sino gente común de clase media argentina, pusieron en riesgo su vida -y la nuestra-  para proteger la vida de amigos (o conocidos) perseguidos por las patotas de la dictadura. Intuyo que ese ejemplo, esas experiencias, calaron profundamente, mucho más que la formación ideológica o doctrinaria.
No se le cierra la puerta en la cara a una pareja con hijos pequeños a quienes persiguen para secuestrar, violar  y matar.
Hay que sobreponerse al miedo cuando está en juego lo más sagrado: la vida. Y más aún, cuando es la vida de los niños y de los viejos.
Y una vez que uno abre esa puerta, ya no se puede cerrar.
Esa puerta queda abierta para siempre.
Pero uno elige qué umbrales cruzar y qué umbrales no.
Incluso cuando esas vidas salvadas se conviertan en encarnaciones de profetas de la muerte, hay que saber en cada célula de nuestra alma-cuerpo-mente que valió la pena.

VII
Ahora, que soy una mujer adulta, con un hijo de casi veinte años, veo las cosas de otra manera.
Puedo imaginar que dentro de unos años, quienes son hoy jóvenes pidan disculpas por haber fomentado, celebrado, negado o tolerado en silencio los avances de comportamientos fascistas.
Tal vez le pedirán disculpas a sus compañeros de estudio, de trabajo, a los familiares de los que quedarán en el camino.
Puedo discutir con pasión y respeto con muchos que piensan muy distinto a mí en muchas cosas, siempre que estemos dentro del límite de la defensa de las garantías y la soberanía de los derechos humanos, del humanismo. 
Cuando ese orden es violentado, cuando a un primer síntoma sigue otro, y otro, y se lo tolera, se lo celebra o se lo niega, quienes son mis coetáneos, o mayores que yo,  no me van a hacer creer en le futuro (porque la foto de hoy mañana ya es pasado) que no sabían, que no entendían, que no se dieron cuenta.
Todos ya vimos el rostro del Leviatán.
¿Acaso creen que vamos a creerles que otra vez no sabían? Que creyeron que los totalitarismos reales, genocidas, hambreadores, en toda la historia humana y en todas las geografías, surgen de repente? ¿No quieren ver el vientre de la ballena que vomita en el proceso? ¿Creen que esos demonios metaforizados en el arte y la religión de mil modos, apelan a algo ajeno a eso que está dentro de cada ser humano? ¿Se creen Frankenstein?
Quienes eligieron el fascismo, por acción u omisión, en nombre del liberalismo, del radicalismo, del socialismo, del peronismo, del hartazguismo, del indignadismo, del catolicismo, del judaísmo, del evangelismo, además de contaminar o tergiversar esas fuentes, cruzaron una puerta que no tiene retorno.

"[...] Considerad si es una mujer
Quien no tiene cabellos ni nombre
Ni fuerzas para recordarlo
Vacía la mirada y frío el regazo
Como una rana invernal
Pensad que esto ha sucedido:
Os encomiendo estas palabras.
Grabadlas en vuestros corazones
Al estar en casa, al ir por la calle,
Al acostaros, al levantaros;
Repetídselas a vuestros hijos.
O que vuestra casa se derrumbe,
La enfermedad os imposibilite,
Vuestros descendientes os vuelvan el rostro."
(final del poema)

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