Último verano en Stalingrado, novela

sábado, 27 de diciembre de 2014

No dicen nada

No dicen nada.
O más bien, todo lo que dicen es como una filigrana en un vidrio, notas en un pentagrama para un analfabeto musical, sombras de palabras que permanecen silenciadas.
Llenan el silencio de sonidos, el aire de gestos encubridores, la mirada de simulacros.
No dicen nada, nada que ilumine en lo oscuro ni que consuele la herida, nada que resuene con el eco de alguna verdad, nada genuino.
No dicen, pero su no decir no es como el de los guardianes de secretos sagrados; no es como el de los que sacrifican la verdad por el bien o permanecen el épica de una leyenda.
Es un no decir como el de una máscara, como el de la sombra de una sombra, una ambigua tipografía escrita por quien no tiene nada que decir,
y dicha por quien nunca escribe lo que sabe.








Vi el dibujo en el tapiz y el revés de la trama y eso trajo estupor y llanto, pero prevaleció la poesía y el alivio,
y no es hermetismo sino  metonimia apenas, de lo posible ahora.
Y evocar un fragmento de aquel poema del que escribió (casi) todo, E.A.P., llamado
"Los espíritus de los muertos
[...] Tu alma se encontrará sola, cautiva de los
negros pensamientos de la gris piedra tumbal;
ninguna persona te inquietará en tus horas de
recogimiento.[...]"


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