Último verano en Stalingrado, novela

domingo, 16 de noviembre de 2014

Jazmines sin flor

Esta vez al Jazmín del Cabo lo dejamos en una maceta.
Parece que le gustó quedarse ahí, limitado.
El error mío de otros años fue confundir la capacidad de seducción de su perfume con una vocación de libertad para crecer y extender su raíces. Ahí, aprisionado, no ha cesado de crecer, de vivir. Mientras que otros jazmines morían al trasladarlos a tierra.
Esto no justifica la acción destructora de la hormiga argentina - que sabido es, gracias a la literatura más que a la ciencia, es de un poder arrasador-, y otras plagas, ni omite la verdad acerca de ataques infligidos por la perra.
Desde ya.
Pero los otros jazmines, como el Del País, abrazan la casa entera, se extienden por las rejas del jardín delantero y la pérgola de atrás, se mezclan con la glicina, florecen cuando en pleno invierno una anticipada primavera los confunde. Resisten inundaciones, heladas, tormentas, hormigas, nidos de zorzales, cortejos gatunos y torpezas caninas.
Incluso la gardenia jasminoide resistió al fuego y a algunas podas excesivas, casi mortales.
Pero el Jazmín del Cabo, como si supiera que es de todas mi especie más deseada, me esquiva, se enferma, se apesta, se deja devorar, y cuando anuncia sus primeras flores para que yo caiga rendida a los pies de su perfume embriagador, y entonce me relajo: muere.
Y otra vez a desearlo, a mimarlo, a esperarlo, a cuidarlo, a soñarlo y a perderlo.


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