Último verano en Stalingrado, novela

sábado, 4 de octubre de 2014

#Deaempujoncitos

¿Viste cuando alguien se sienta en tu sillita y te va empujando de a poquito hasta que te caés?
Me dice. Bueno, sí le digo. Y viste, cuando te caés dice:¡ay, no sé qué pasó! ¿No creerás que quise lastimarte no? ¿O sacarte la silla, verdad?
Bueno.
Vi. Me caí de la silla.
Me empujaste.
Dolió.
Parece que se anduvo diciendo por ahí que me caí por culpa mía. Me interpuse en la silla justo cuando a vos se te dio por empujar.
Cuando me incorporé, salí corriendo ante la emergencia de lo siniestro -en nuestro cotidiano se suponía que íbamos a compartir las sillas, yo no contaba con esa vocación fagocitadora tuya, esa mezcla de mujer-hombre de las ratas y de la mantis religiosa (frotándose las manitos satisfechas después de devorarse una vida ajena). O más bien algún insecto un poco menos atractivo, uno más de andar a ras de suelo, en lo oscuro, o uno que gusta de encerrarse en los placares y protegido por la oscuridad destruir de a poquito la ropa ajena. Una polilla. Polilla que detesta mirarse al espejo.
Están los que empujan de las sillas sin miedo: al fuerte, al débil, al herido. Listo. Te empujo, me la banco, andate o inclinate. Yo a esos los respeto.
Están los que empujan de las sillas, los que gozan al empujar de las sillas pero no soportan que alguien se los diga. Empujan con movimientos supuestamente sutiles, avanzan y retroceden, cobardes. Empujoncitos amariconados.
Aman así, cojen así, tienen amistades así, encaran la vida así: #deaempujoncitos. Tienen tanto miedo de que los destruyan (es su goce, su fantasía insoportable e infantil) que por las dudas van destruyendo todo a su alrededor.
Se ensañan con los más vulnerables. Usan el dolor del otro, porque eso les da un placer que no pueden reconocer ni ante sí mismos.
Tiene la vocecita así: en diminutivo, el tono, y las palabras.
Royendo, limando, de a poquito, para que no se note.
La vehemencia de la pasión enunciadora les resulta violenta, porque su violencia es solapada. (Shhhhh).
grabado de María Renati
Encaran la vida a empujoncitos, a morsdisquitos, con sonrisitas (ladeadas, a escondidas, en secreto). Hablan a media voz, en rumores.
Cuando quedan expuestos, atacan.
Cuando se los descubre en su miserable empujonear, se ofenden. Acusan y se visten con la capa de una moralina repulsiva  y barata.


Y cuando me alejé, llegué a un campo a cielo abierto.
Y allí me puse a cantar, a trabajar, a escribir, con gente que come la vida a grandes bocados, la acompaña con buenos vinos, fruta fresca, especias de Oriente y de Centroamérica que traen fuegos de vida y dulces que evocan romances de juventud. Y que engordan. Y que cuando tiene que empujar  lo hace p' alante con otros, con toda la garra, de frente.

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