Último verano en Stalingrado, novela

viernes, 28 de diciembre de 2012

Miente

Miente.
Tanto miente que ya no le sale decir la verdad ni aunque quiera. Ya ni sabe qué le conviene, olvida qué mentiras dijo a quién, se confunde, se traiciona.
Por supuesto que todos mentimos de un modo u otro, algunas veces, en ciertas situaciones, a determinadas personas. Omitimos, callamos. Evadimos verdades dolorosas, ocultamos, simulamos.
Sin ese recurso la civilización sería imposible, la sinceridad acabaría con los vínculos, con todos, dañaría. A ver, sin una dosis de hipocresía la humanidad no tendría ni un minuto de paz.
Pero me refiero a otra cosa.
Este MIENTE.
Mitomanía, se le dice. Vivir en, para y por la mentira.
Enfermedad en la psyche del mentiroso compulsivo cuya vida se funda en mentiras, como sus vínculos  sus poses, sus simulacros.
Adentro, detrás de las cientos de máscaras, puro vacío, inseguridad y dobleces.
Pasa límites. Usa la enfermedad, inventa pasados, especula en cada palabra y en cada gesto busca obtener del otro una ventaja.
Y al final de tanta sanata, el abismo de la nada, la ausencia de algo total de algo genuino, un pozo de mierda.
Como dijo el poeta Alexander Pope: "el que dice una mentira no sabe qué tarea ha asumido, porque estará obligado a inventar veinte más para sostener la certeza de esta primera".

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