Último verano en Stalingrado, novela

martes, 18 de diciembre de 2012

El fin de la inmortalidad

"La muerte de algo inmortal que vive en no-sotros: un oxímoron tan despiadado como la misma enfermedad."  


No sé por qué el cáncer sigue siendo algo tabú.
Gabriela Liffschitz, autorretrato
Quizás porque los enfermos, en general, se ponen pudorosos. Quizás porque se sienten un poco culpables, como con las enfermedades mentales, en razón de una bastante instalada tendencia a berretizar el discurso del psicoanálisis y de otras corrientes de pensamiento que creemos buscan que nos hagamos responsables de las enfermedades, y de los síntomas, como culpables.
Me golpeo el pecho y digo: mea culpa, tengo cáncer. 
Y ya se escuchan los prejuicios y los estereotipos y las univocas explicaciones.
Y ya se escuchan los bisbises e interpretaciones, sobreabundancia de empobrecidas lecturas de metáforas del cuerpo: hizo un cáncer porque se lo traga todo (el veneno, el rencor, el desamor); porque es mala/o. ¿Es de mamas? Tiene un problema con la maternidad. Es de garganta, es todo lo que calla, y bla, bla, bla. Mal leemos libros como La enfermedad como camino. Todos conocemos terapias alternativas, tenemos la posta en cuanto a los alimentos, lo sabemos todo de la biología molecular, el yoga,  la importancia de estar de buen ánimo (tomemos nuestra muerte a la ligera, che, no es para tanto, m`hija/o, ¡haga estos ejercicios y todo estará de perillas!).
Y miran unas miradas como si dijeran: ¿y cómo es posible que "esa" se arregle así las uñas y diga que está sufriendo, ehhhhh?  ¿Y por qué esa preocupación por la ropa con que irá al hospital si en el quirófano al fin todos somos cuerpos desnudos, casi anónimos (y eso por no mencionar la morgue)? No se haga la viva, jeje, Si usté está casi desahuciada. **
"En 2010 unos 600 mil estadounidenses y más de 7 millones de personas en todo el mundo murieron de cáncer. En Estados Unidos, una de cada tres mujeres y uno de cada dos hombres desarrollarán cáncer durante su vida. Una cuarta parte de las muertes estadounidenses, y alrededor del 15 por ciento de todos los fallecimientos en el mundo, se atribuirán a él.” *
¿Pueden todas estas personas enfermarse por lo mismo? ¿Pueden todos estos sujetos, diversos, afrontar del mismo modo la experiencia de la enfermedad?
Cuando al fin hayamos un diagnóstico, después de una temporadita en los infiernos del dolor y la especulación confusa, ¿acaso no nos aferramos a eso, al nombre, aún al más aterrador, porque el nombre ordena, organiza? Y entonces sabemos (creemos) saber cómo seguir, qué comer, qué medicamento tomar, si tenemos que modificar nuestras prioridades, ordenar  los bienes, despedirnos de la vida, tratar de renunciar a lo que amamos si aferrarnos inútilmente pero a la vez sin bajar los brazos.
(Ya estamos del otro lado, del lado de la enfermedad, en la frontera que nadie en general quiere traspasar. 
Allí estamos, irremediablemente solos, frente a nosotros mismos, sin palabras, sin puentes.
Mirar al hijo, al hombre que amamos, a los amigos, a la familia y pensarlos ya sin uno. 
El ciruelo recién plantado, el sobrino pequeño, el amor que ni empezó, la novela inconclusa,  el beso que nos faltó dar, el perdón no pronunciado, la piña escamoteada, las facturas si cobrar. Distantes. Bellos. Imposibles.
Nuestra vida sin nosotros, y nosotros sin ella.)
Y está el que ha perdido a alguien de un tiro, en un accidente, de un repentino paro cardíaco y dice: al menos ustedes pudieron prepararse, despedirse, hacerse a la idea. ¿A qué idea?
¿No es acaso posible que tengamos un poco de paciencia con los enfermos y con nuestras enfermedades, sin juzgar (nos) ni decirnos, definirnos, tan a priori?
La enfermedad y el riesgo de muerte es cotidiano, es estar vivo y lo que ocurre cuando estamos con un pie sobre el abismo es que lo recordamos. Nada más. Nada menos.
No tengo cáncer, al final. ¡Alegría! No moriré este año, no moriré de este dolor insoportable, parece. ¡Alivio! 
Pero moriremos. Somos mortales. Y nuestra ausencia hará sufrir a otros y es por eso también que ya no somos libres. Y debemos cuidar nuestro cuerpo como si fuera nuestro y como si fuera ajeno porque casi nada nos pertenece del todo. Y de pronto la enfermedad nos cachetea para que nos hagamos cargo de eso, de la vida, del soplo del alma que ya no recordamos cómo nombrar.
Pero recién ahora digo la palabra y creo que tuvo que ver conmigo. 
Digo la palabra (cáncer, maligno, benigno, tumor) que no me animaba, que otros tal vez dijeron cerca mío, que dije de otros queridos (amigos, compañeros, algunos vivos, otros muertos). No hay que tenerle lástima a los enfermos. Los enfermos son(mos) como los sanos. Quieren (queremos) ser amados, comprendidos, cuidados.
Gabriela Liffschitz, autorretrato
La gran diferencia de pasar una experiencia de enfermedad tan intensa es que el dolor físico enseña de su ausencia,  enseña de la potencia vital de la salud, que es la enfermedad, que es el cáncer y cualquier otra, la vida, y la muerte, que es estar y no estar, dejar de ir a los lugares, de ver a las personas, de militar las causas, de aprender. Cesar de sufrir,  de desear, de respirar. Dolernos por lo que nos han extirpado, mutilado, matado, para manteneros con vida. Y volver a reír, a leer, a hacer el amor, a escribir. Y una y otra vez. 
El cáncer, la enfermedad y la muerte están en nuestro adn (son nosotros), en nuestro genoma, diría Mukherjee, con toda la potencia latente de cualquier otra célula. Vivas.

 Mukherjee, Siddhartha,  El emperador de todos los males. Una biografía del cáncer, Taurus, España, 2011, 640 págs., en http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-7824-2012-04-01.html.
** evoco al escribir esto también recuerdos vagos de lejana lectura de Un final feliz, de Gabriela Liffschitz,publicado en 2004 post mortem.

2 comentarios:

maría Fernández dijo...

solo a dos cosas me voy a referir "el arte de vivir es la pelotudez mas grande que vi, escuché y presencié en mi vida" y "los laboratorios de medicamentos son la mafia más grande y corporativa (mucho más que el grupo clarín) que también presencié -por criarme en una farmacia y por leer al respecto-, en mi vida. Y muchos de los médicos de la medicina "hegemónica" son parte o no denuncian o sea son negligentes. La que suscribe, Indignación R. Love you

Palabrascromáticas dijo...

Los laboratorios son un negocio creo que hasta más redituable que las armas. En ciertos casos confluyen no sólo la avaricia de las corporaciones, sino también la deshumanización de parte del sistema de salud (en el que incluyo administraciones,y del cual muchas veces los médicos son víctimas) y las dificultades que muchos médicos tienen para escuchar a sus pacientes.(La indispensable y reveladora anamnesis, que es tan o más importante que otros métodos de diagnóstico)