Último verano en Stalingrado, novela

jueves, 7 de enero de 2010

Imágenes, vestuarios y poder



Algunas tardes de verano me pierdo en las vidas de los poderosos de otros tiempos. Espiar en la vida de los poderosos es como hacerlo en la de los humillados y olvidados, sólo que con narradores que ponen color, luces y sombras a sus nacimientos, linajes, amores, alianzas, enfermedades, secretos, pecados, locuras, conquistas y muertes.
Si no fuera heredera de la tradición judeo cristiana, probablemente creería en la teoría de las correspondencias y entonces, a la historia de cada individuo la entendería como la historia de la humanidad y del universo. Cada vida y cada muerte, como la Vida y la Muerte.
Pero como no lo soy, hurgo en biografías más o menos académicas, librejos sólo escritos como mercancía y grandes obras literarias. No es ni la corriente de la microhistoria ni un trabajo de investigación siquiera serio. Es la pura y auténtica curiosidad del lego que hurga en las palabras, los mapas históricos y las genealogías, otros mundos posibles.
De cada figura "destacada" (recordada, quizá, o mejor, narrada, sería más adecuada como palabra), desde Plutarco a Emerson, Sarmiento, Zweig, hallamos versiones laudatorias, exageradas, denigratorias, liberales, marxistas, postivistas, etcétera.
Cada biógrafo se constituye de algún modo en un intérprete político, ya sea contemporáneo o no del personaje y la época narrada.
También hay modas que impulsan a señoras con el don de la escritura, que harían muy bien en dedicarse a tomar el té y chusmear con sus amigas, a escribir sobre otras mujeres del pasado, como si de ese modo les hicieran alguna clase de justicia póstuma.
Luego, están algunos supuestos periodistas ávidos de fama rápida y dinero fácil, que escriben sobre los poderosos contemporáneos, sin hacerse cargo en lo más mínimo de las consecuencias políticas de sus imbecilidades, al estilo Luis Majul, que hubiera sido probablemente un entretenido cronista de espectáculos pero se equivocó de rubro y la va de periodista político.
Sobre estas cosas reflexiono a veces, pero luego me olvido, y me pierdo, en los trajes de duelo blanco que usaba la madre de la reina Isabel de Trastámara, descendiente de la casa inglesa Plantagenet, y en el traje verde con que algunos biógrafos retratan a la Ana Bolena que conquistó a Enrique VIII en un baile cortesano.
Ya desde entonces, desde siempre, había tesoreros del reino escandalizados por los suntuosos gastos de la frívola etiqueta cortesana, princesas y príncipes envidiosos, damas celosas, amantes fogosos y ambiciosos dispuestos a traspasar cualquier límite ético en nombre de su deseo.
Entre trajes y banquetes, sangre y batallas, prisioneros y secuestros, asesinatos y nacimientos, distingo un fondo común, la total falta de libertad que suponen las posiciones de poder.
Pero como no había televisión, los publicistas de entonces debían al menos elaborar un poquito más sus estrategias comunicacionales para hacerlas verosímiles.
Como ese retrato que dicen que mandó a pintar Fernando el Católico de su prisionero, el Rey de Granada, Boabdil, para que pudieran luego identificarlo a la hora de tomar la ciudad sin confundirlo con los numerosos dobles que él mismo,por una lado; la madre del Rey, por otro, y algunos de sus partidarios, habían inventado con distintos fines, ninguno de los cuales beneficiaba al prisionero.

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