Último verano en Stalingrado, novela

martes, 8 de enero de 2008

La máscara del gato

Apenas abre la boca y ya me doy cuenta que, una vez más, lo importantente es lo que calla. Las palabras se le caen lentamente, como si pronunciarlas fuera un esfuerzo excesivo o como si con el sólo hecho de hablarlas pretendiera hacernos un presente que pruebe su amistad -porque sabe aunque no puede-que la amistad está hecha en gran medida de palabras y silencios; y todas hemos estado hablando y escuchando, escuchando y opinando. Miro su cara y la abstraigo de la situación, de los demás, del bar incluso y hasta de su cuerpo, como si fuera el gato de Alicia en el País de las Maravillas, su cara y luego su boca se independizan. Mueve los labios. Me dan ganas de atrapar esa boca en el aire con un gesto audaz y volver a ponerla en su cara, y ésta en su cuerpo, luego le pediría que haga silencio, la miraría a los ojos y le exigiría que DIGA ALGO REAL. No tengas miedo, le sugeriría: para todos el amor está hecho también de odio, de un rencor que envenena las mañanas o las noches, de desaires y deseos de libertad y de una esperanza ingenua y comedida que asoma cuando cae la tarde. El desgano se lo quitaría a cachetazos, estoy segura de que, más tarde o más temprano, me daría las gracias. Volvería a su casa y le diría a él, gritando como una loca o una mujer cansada, y ya sin la máscara del gato de Alicia, sino ella toda una, cara, palabra, cuerpo y voluntad, las cosas que calla.
En cambio, permanezco en el territorio de la civilidad, renuncio a vislumbrar alguna verdad (de ella) y le ofrezco más vino, que rechaza.

1 comentario:

la vida abierta dijo...

Me gusta mucho este post. Me encanta cómo vas dándole forma a lo que decís. Vamos situando las palabras de la mujer de a poco; y llegamos a algo que no nos imaginábamos. También me gusta cómo hablás con descaro sobre el tabú, de lo que callamos o disimulamos. Creo que es liberador, como si legitimara lo que nos pasa.