Último verano en Stalingrado, novela

sábado, 25 de febrero de 2017

Desorientados y a la deriva

Supongamos que pudiéramos tener un recetario para capear tiempos de fascismo liberal.
Supongamos que lo que a uno le calma un poco el terremoto en el alma pudiera servirle a otros,
y entonces confeccionáramos listas de ayuda y autoayuda.
Una receta que sirva para ganarle dos minutos de tranquilidad al estallido de la destrucción.
Donde seguramente incluiríamos:
 juntarse con amigos, compañeros y personas queridas y que nos quieran.
Si es posible, que sean de distintas edades, que no se parezcan entre sí. Es imprescindible que nos quieran y que nosotros los queramos.
Enamorarse si es posible y sino es posible tener al menos un buen amante para las noches de verano.
Luchar junto a otros, no darnos por vencidos ni aun vencidos, como dijo un poeta.
Dar una clase al menos en la vida de aquello que más nos gusta.
No ser indiferente a los hundidos, aunque estemos todavía del lado de la frontera de los salvados.
No traicionar ni traicionarnos, no envilecernos.
Ser piadosos con las propias oscuridades y las ajenas, pero con límites: mantener a raya a los cínicos y los perversos que gozan con el sufrimiento ajeno.
No olvidar a los muertos que nos marcaron y nos amaron.
Y escuchar música y un listado de películas y series.
Bailar con los pies en la tierra y la música a todo volumen. Por ejemplo, escuchando Help.
Tener un poquito de tiempo para disfrutar a los niños.
Andar en bicicleta.
Si se puede, viajar. Sino se puede, leer.
Siempre leer.
Leer por placer.
Zambullirse en una pileta, un río, debajo de una ola, un lago helado, un arroyo que corre como si el tiempo le perteneciera. Nadar. Correr.
Supongamos que todavía lo peor no llegó y aún conservamos algún trabajo, un pequeño jardín, una huerta, algún ingreso un techo donde vivir, alimentos.
Natalia Ginzburg. Fuente
Y una pequeña o gran biblioteca. Esto último es no negociable.
Entonces yo incluiría allí (entre los muchos que incluiría, pero entre los primeros y si fuese el caso de una selección muy limitada, por ejemplo, de sólo cien libros, hoy pondría...) Querido Miguel, de Natalia Ginzburg.
Y para calmarnos un poco te leería:
"Pero todos nosotros en alguna zona de nuestro ser andamos algo desorientados y a la deriva y nos sentimos a veces fuertemente atraídos por el vagabundeo y por el deseo de no respirar otra cosa más que la propia soledad. Y a esa zona es adonde a cada uno de nosotros debe trasladarse para entenderte a ti". (Pág. 190)
"Y este pensamiento es consolador, porque nos calmamos con nada cuando ya no tenemos nada".(pág. 216)


Ginzburg, Natalia, Querido Miguel, Buenos Aires, Acantilado, 2003.

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