Último verano en Stalingrado, novela

viernes, 14 de agosto de 2015

"Igual que la calandria"

"Borges describió las palabras como 'símbolos de recuerdos compartidos' 
(Dra. Iona Heath, Ayudar a morir) *


 Kokoschka Painting, 1917 Oskar. Isla distante
Desde el punto de vista del amor, afortunada de mí. Claro, todo se paga de uno u otro modo y ahí aparece el el dolor.
No dolor romantizado ni dolor paralizante. No.
Dolor que busca palabras, como dice S. Beckett: "no quería escribir, pero acabé por resignarme. Con el fin de saber dónde estoy, dónde está. Al principio no escribía, sólo hablaba. Después olvidaba lo que había dicho. Un mínimo de memoria indispensable para vivir de verdad."**
Palabras que me unieron en amistades entrañables.
Una no quiere nombrar una ausencia con otra, no quiere restarle protagonismo, no quiere pincelar con tonos ajenos la unicidad de cada ser. Eso que tienen de únicos, y eso que tienen de únicos para nosotros, en el diálogo que hemos establecido y compartido, con palabras dichas, silencios, con miradas, con lazo amoroso, con discusiones, con intensos momentos donde hubo esa otra cosa indecible de las relaciones. Escuchar música juntos. Compartir, en el caso de Del, infancia además, y volver a elegirnos, cada vez, después de larga ausencia...
"de nuevo estoy de vuelta, después de larga ausencia...igual que la calandria" que también canta en otro canto, al prisionero, y esto es código de conversaciones donde ya somos menos...
Me duermo intentando una comunicación con ella, y su ausencia me rodea y su nombre aparece en todas las cosas: de pronto, el mundo, los programas de radio, las revistas, las personas, mencionan a Delfinas. Los muros de las redes sociales, tus hermanos, amigos, todos....te nombramos en voz alta. Después, será el repique en cada pecho, en cada interior donde hace eco el recuerdo como ausencia de tu presencia.
Me consuelo pensando que pudimos, quisimos, decidimos ser amigas y eso ya es mucho. En un tiempo en el que las relaciones son complejas, en las que la mayoría de las personas tiene miedo, desconfianza, ocupa posiciones evitativas, se enmascara, nosotras, y las otras y otros que son nosotras (porque estas amistades están hechas de nuestro vínculo, y del vínculo que forman otros lazos, las otras amigas y amigos, las relaciones familiares, infancias, adulteces, incluso los ex, los amores tuyos, los de ellas, los de ellos, los míos, etcétera).
Los libros que leímos ambas. Los que leímos juntas. Los que ya no leerás y yo diré, al leerlos: mirá, escuchá, como te gustaría esta historia...
Todo eso que ahora surge, eso que no sabía de vos, eso que me cuenta esa otra persona que compartió otra parte, otra faceta de tu vida.
Imágenes, recuerdos captados para la eternidad de nuestro mirar, único y a la vez, mudable, legable. Nuestras caras (rostros), breves como fotos, dice por ahí Berger.
Tenemos tan pocos recursos.
Vivimos sin Dios, sin fe, y hacemos del misterio y la esperanza deformaciones.
Los depredadores y los chantas, los estafadores aprovechan.
Y el discurso médico que no sabe dar tregua ni consuelo, impone condiciones a veces inaceptables;
y el discurso del amo consagran rituales de los que se sirven otros, pero no nosotros.
No podemos.
Ni siquiera confiamos en nuestra propia percepción del cuerpo.
No sabemos acompañar a los moribundos, porque somos soberbios, negamos los finales, nos defendemos, vivimos en un páramo de desamparos incrédulos, y todo lo demás.
Te toco.
Te abrazo en el umbral, ya no para retenerte, sino para acompañarte.
Así nos comunicamos cuando las palabras son un esfuerzo demasiado grande.
Te hablo, con esas palabras que no me pertenecen, que salen de mi boca, de la entraña, pero son como un coro de la humanidad que hay en mí, pero también en vos, y en todos/as los que amamos y dolemos.
Conservo el recuerdo cálido de tu voz, de tu mirada, sonrisas y llantos. Espantos, alegrías.
Tu miedo, querida, lo cargo en mi espalda. Me pesa, no voy a negarlo, pero lo elijo, porque somos amigas, somos libres.
Aprendí un poco quizá.
Vos, ninguna de ustedes, es su enfermedad, es su final.
La muerte no fija la foto, la eternidad quizá sea eso, esos instantes en los cuales conectamos, la conciencia de haber vivido. La película.
Quizás.
No sabemos.
Tu isla distante, tal vez se hayan encontrado allí las dos.
Los tres.
Los miles.
Incertidumbre es vida.
Ahora el viento disipará esa pequeña verdad, y podremos volver a recordanos, recuérdame, te recordaré, como fuimos, cuando la vida era nuestro territorio común.




* Heath. Iona, Ayudar a morir. Con un prefacio y doce tesis de John Berger, Katz,Buenos Ares, 2008.
** Ibídem.

1 comentario:

Jorge Curinao dijo...

El viento nos habla de su pequeña soledad.