domingo, 1 de marzo de 2020

Un personaje en un cuadro

Nos invadieron las plagas, las del ya no tan lejano Oriente, las del Paraguay y su dengue. Ese mismo Paraguay del que hace 150 años nuestros jefes machos y crueles exterminaron a los hombres y al futuro, sólo porque podían.
Ese mismo Paraguay del que descienden parientes míos que no veo pero presiento.
Leo a María Gainza y su Nervio Óptico y me conmueve cuando cuenta la historia del manco Cándido López, pobre pintor de trincheras y polvaredas de muertes, pobre bajo el mando del genocida Mitre.
Y entretanto, navego un rato para dejar de trabajar y ya no te veo conectado en las redes, ya no tenemos las mismas redes, ya me fui, ya te fusite, ya re configuramos las vidas reales y virtuales y cuando alguien por casualidad te menciona, siento que una máscara mishimesca encubre el gesto que pudiera delatarme, pero no porque recuerde algo en partiuclar, sino porque el olvido borronea alguna incomodidad. A veces pienso que salís con Tal o Cual, me concentro en mí misma, me pregunto si me causa celos, descubro que podría ponerme celosa si alguna vez hubiera sentido que era amor. Pero no. No siento celos. 
En verdad no siento ya casi nada, un poco de curiosidad, como si fueras un personaje en un cuadro, un soldado herido en la trinchera con los ojos cerrados que sueña otra vida o sueña con dormirse satisfecho en brazos de su amante, en la selva.
De eso sí me acuerdo, si me esfuerzo. De tus ojos semicerrados en ese momento en un gesto que me hizo pensar, al recordarlo, que mi cuerpo te conmovió al menos unas tardes, en otra vida. Esas cosas no se mienten.
Te vi conectado  y hubiera querido hablarte pero después me di cuenta de que ya no tenía nada que decirte, ni siquiera te odio un poco. Ya nada, ni siquiera stlakeo tus perfiles ni me entretengo mirando tus fotos.
Para saber si hubo algo entre nosotros sólo puedo apelar a mi memoria, tan buena en general, tan olvidadiza en los días de verano y carnaval.
No sé qué dirías si te preguntara.
Probablemente nada.
Lo que más recuerdo es la múltiples maneras en que me ignoraste, permaneciendo mudo y lejano como los muertos.


martes, 25 de febrero de 2020

Leyendo a La Enriquez





Sé que lo más conveniente sería salir, o hacer ese viaje y estar en la escena y no mirando la escena de afuera,y en cambio estoy siendo así: leyendo lento, muy lento, como nunca supe hacerlo.
Yo, atrapada en la ansiedad, sintiéndome en mi reino al devorar los libros como si fuera el único alimento del náufrago o el oxígeno salvador del asmático, y después corriendo hacia tal o cual sitio donde apenas puedo estar siendo.
Yo, al fin sola, al fin distante de los pequeños diablitos que ensordecen y nos hacen enloquecer de paranoia o de ataques de importancia que nos vuelven tan vanidosas como infelices.
Al fin sola, saboreando las últimas páginas como quien se demora para no salir de la casa.
Al fin, esa soledad que me deja escuchar mi propio latido.
Sin quejas.
Sin simulacros ni autocompasión.
Así, pensando con oraciones y palabras que hagan avanzar esa novelita que escribo, que le mando a J en pequeñas entregas (bendita lectora que se mete en la trama y ya tendrá su papel, como si fuera una de esas escenas en las que Hitchcock se divertía haciendo un bolo, una pasadita frente a la cámara como un ignoto extra).
Quizás .
Yo, leyendo a Mariana Enriquez como si fuera el postre que anhelamos después de las comidas de los hay que (leer para preparar una clase, para evaluar un texto académico, para persuadir a otros de tal y tal política).
Con el pequeño ronroneo y nada más, sin canciones de fondo, sin desear a nadie , como si fuera un monje en un templo de oro mishimesco, pero tan argentina como la inmensa cantidad de horas que pasamos haciendo colas, en medio del ruido que no cesa, sin lograr apenas escuchar nuestros propios latidos.
Yo, al fin estando acá sin culpa, sin desear estar en otra parte, sin hacer de escapista, sin caer en mi propia trampa una y otra vez.
Sin hablar de mí cuando parece que hablo de mí.
Sin simulacros.

Respiro hondo, y en lo hondo, al fin me sumerjo sin miedo.


Para llegar a Ítaca

¿Cómo serán las familias felices de las fotos fuera de las fotos?
En las fotos hay sonrisas de publicidad de pasta dental y paisajes que parecen disfrutarse más porque las familias felices de las fotos son felices todas de la misma manera, parafraseando al revés al gran inventor de la infelicidad de aquella sufriente y apasionada mujer que se enamora de quien no corresponde y de quien no es. Y lo sacrifica todo en nombre de una forma de amor que ya nadie recuerda, y si hay quien la recuerda, la defenestra.
La primer deconstrucción, leo por ahí, fue la de Dios. Digamos que empezó con Kant y el fin de los tutelajes y después puso primera y arrancó con la muerte de Dios del padeciente enamorado de la brillante Lou Andreas (segunda chica rusa de esta historia) hasta las picadas del siglo XX.
Ya en el XXI nadie podría entender a la enamorada Ana Karenina, y mucho menos, compadecerse de ella.
La tratarían de estúpida.
Ahora andamos solos y solas, con los corazones inquietos y familias felices para las fotos.
Las únicas familias que parecen sostenerse son la que se amarran al proyecto burgués, como Ulises para resistir al canto de las sirenas que reclaman: no ames, pero goza.
Y tal vez sólo resisten porque resignan un poco el amor, para ganar en confort y estabilidad económica, o tal vez tengan secretos guardados bajo siete llaves, secretos que no pueden verse en las fotos ni penetrar en la conciencia de una auténtica alma rusa.
Yo veo las fotos de las familias felices en modo familias felices, veo las fotos de los amantes felices en modo amantes felices, incluso mis fotos en ambos modos, y sospecho que debe haber alguna dimensión paralela donde la gente prefiera atravesar la angustia sin atarse al mástil para llegar a Ítaca más temprano que tarde, para intentar reparar el daño que hemos hecho , y tal vez, el que nos han hecho otros.

sábado, 1 de febrero de 2020

Nardos

Yo tenía una pulsera que me había regalado M. Era de cobre o algo así, y tenía un vidrio turquesa y rojo que simulaba una piedra. Cuando me la regaló debí haber adivinado, pero en cambio, aparté esa sospecha como si quitara la vista de una gaviota que pasa volando por la playa.
Usaba esa pulsera cuando me ponía un cinturón que tenía un vidrio del mismo color. 
Me ponía esos pantalones de talles infantiles -hay que ver lo flaca que puede ser una chica que fuma-y unas sandalias de cuero color suela, una camisa rayada en colores turquesas, celestes y marrones, y me iba a encontrar con E para matarnos a besos.
Cuando le contaba a M que había visto a E, no dejaba pasar la ocasión de decir algo desagradable de E. Yo me encogía de hombros y sin defenderlo demasiado, pensaba para mí que si M. supiera lo bien que E. besaba, entendería todo.
M me dijo una vez que jamás se le hubiera ocurrido combinar celestes y marrones o rosas y marrones, que era horrible, de mal gusto y bla bla bla.
Él sabía mucho de arte, en realidad, sabía mucho de todo, y era una de las pocas personas que no dejaba nunca de sorprenderme por su léxico humorístico y sus conocimientos. Su opinión me importaba, así que quise demostrarle que estaba equivocado con el tema de los colores, sumido en prejuicios.
Cuando me vio con aquella mini marrón y la ropa interior -todo de encaje celeste-me hizo una reverencia.
Ante esos detalles, dijo, me rindo a tus pies. Me acuerdo que ese día había puesto unos nardos en un florero, y toda la habitación estaba perfumada.
A veces creo que si hubiéramos dejado las cosas en ese punto aún podríamos seguir discutiendo de arte, literatura, música y política.



viernes, 31 de enero de 2020

Puro invento

Sólo cuando no se está enamorada es posible escribir sobre el amor.
Sólo cuando la parte inventada, como escribiría Rodrigo Fresán, es genuina, es posible que cada lector se encuentre allí, me encuentre ahí, te encuentre.
Entre las palabras que tejen las tramas, y al escribir como contrareloj porque ya pronto se termina este breve tiempo que hemos podido robar al cotidiano y a los amos.
Tiempo para animarnos a mirar en nuestro propio abismo, tiempo robado a los otros (a todos los otros y al Otro), así, de ese modo se cuela la parte autobiográfica, pero lo hace justo allí donde casi nadie la encuentra, a veces ni siquiera nosotras.
O si realmente la encuentran es porque al hablar de mí hablo de otras, es porque se escribe como se puede y a veces es con los codos en un teléfono en una esquina bajo una lluvia de verano; es porque es mi material para contar el mundo: estas palabras y todas las que bailan el juego extraordinario de la sucesión de metáforas y metonimias, estas que a veces se dejan invadir por lo poético, y casi siempre -¡Ay!- lo arruinan. Estas palabras que no soportarían una sola crítica de especialistas,
que a veces simulan confesiones y otras veces pueden serlo, van por su cuenta como esos nadadores que desafían al mar y cada tanto se ahogan sólo para que alguien escriba un cuento.
A los juglares que cantan el amor, honores eternos.
Aunque ellos, como yo, sólo puedan escribir palabras de desamores.
Porque cuando se está enamorada, quién sabe si es posible escribir canciones o relatos.
Sólo cuando los recuerdos se van desdibujando, las voces se olvidan, las pasiones se han consumido -consumadas o no-, entonces estamos listas para contar acerca de eso que es puro invento aunque tal vez sean las únicas formas de encontrarse con alguna verdad de nosotras mismas.

miércoles, 29 de enero de 2020

En una vieja estación de trenes abandonada

Me dicen que un amante que tuve hace poco tiene un nuevo romance y me deja indiferente como un pescado muerto.
G. Klimt
Pero la sola sospecha de que un viejo amor ame a otra me perturba la noche.
Después leo las noticias del mundo y de mi patria y me parece que nada de eso importa.
Y luego llego a creer que lo único que importa es justamente eso.
Un amor, un buen libro, una buena conversación, y que nuestros hijos estén bien.
Todo lo demás es como el polvo que vuela en el viento, en una vieja estación de trenes abandonada.
El tiempo somos nosotros.

martes, 21 de enero de 2020

Como escuchar otra vez a Prince


Cuando de siente un bicho raro, salmón entre delfines, ballena blanca entre orcas; al mirar como espiando por la cerradura a esas parejas que parecen llevar décadas amándose, esas parejas que son como la encarnación (en su imaginación, claro) del proyecto burgués siglo XX, cuando piensa que tal vez el asunto de la monogamia y del amor #paraTodaLaVida no sea tan mal plan (envecejer con alguien que conoce tus lados oscuros y los monstruos que te habitan, el olor de tus bajones, tus miserias), recuerda que hay personas que llevan décadas sin probar el vertiginoso sabor de un primer beso. La inquietud adrenalítica de descubrir el encuentro de los cuerpos por primera vez ... que llevan un millón de años escuchando las mismas canciones y repitiendo el eco de los espejos...
Se encoje de hombros y piensa: esas personas hacen bien. Y ella también. No cree en eso de que si sucede conviene ni en aquello de que Dios nos pone a prueba o nos somete a las experiencias que estamos en condiciones de transitar para aprender.
Hace rato que sabe que la vida es profundamente injusta y que elegimos muy poco.
Pero dentro de ese pequeño territorio que llamaremos libertad, allí donde es capaz de renunciar a la seguridad del cuidado y del confort, pero incapaz de renunciar a la curiosidad y al amor, que siempre viene con su inmensidad de sorpresas y conflictos, con su bibliotecas de desencuentros e inquietudes.
Cada cual tiene las aventuras que puede, cada cual enfrenta el viento de frente de manera distinta. Surfeando la ola, corriendo en medio de una tormenta de arena, orgasmeando la vida, o en asientos de primera en un avión que lleva a un destino de paisajes y museos nuevos, y amores viejos.
Y piensa que el gesto de A en el climax amor del es como escuchar (una vez más) a Prince, aunque ahora lo disfruta más (o por lo menos, distinto) después de haber pasado por unos cuantos tangos y boleros, y unas comedias de enredos, y algún que otro blues trasnochado en viajes campestres.

viernes, 17 de enero de 2020

Lo real

C dice que yo estoy espléndida y que no debería idealizar a A. Que me veo mucho mejor que A. Es decir, suponiendo que hubiera alguna clase de equilibrio o simetría, o algún tipo de justicia estética en los vínculos mediados por el deseo, debería ser A el que dude de sus posibilidades conmigo, y no al revés.
Pero esas cosas no existen.

Nos mostramos fotos. Allí cada una ve lo que quiere, mejor dicho, lo que no sabe que quiere o lo que no sabe por qué quiere. Donde B ve a un hombre atractivo que la seduce por su inteligencia y humor, C ve a un viejo sin gracia y acabado.
C es joven, C es espontánea, C tiene todavía pocos golpes.
Le muestro una foto de A. Yo veo en esa imagen el paso de los años (las arrugas, las entradas, el rictus) pero también veo la memoria de la presencia del muchacho, del viajero, del aventurero, del valiente, del exiliado, del que sabe muchas cosas que yo no sé; y veo los secretos que conozco de nuestra intimidad. Eso me provoca una sonrisa que no puedo disimular, recordar esa intimidad y algunas entonaciones de A, sobre todo cuando parece estar enojado, entusiasmado con lo que dice o bromea.
Yo veo en esos brazos un abrazo de despedida y en esa boca los besos posibles que todavía no, o recuerdo alguno de ayer. Y la chispa esa en la mirada que pide, sedienta.
C, en cambio, insiste en que yo estoy mucho mejor que A, que B está mucho mejor que el hombre que le gusta.
Lo real, escribe por allí Lutereau, es la estética.

jueves, 16 de enero de 2020

Sin animales

Por primera vez en toda mi vida llegar a casa no será llegar del todo. En todas mis casas, en todas mis vidas, al llegar había mascotas o una mascota esperando el regreso.
O al revés.
Incluso cuando el animal había sido parte del viaje, al llegar una gata que se había quedado en la ciudad, por ejemplo, estaba esperándonos.
Gatos, perros, peces, tortugas, benditos sean.

Llegar a casa no será llegar a casa.
Maldición eterna a los que matan por crueldad.

viernes, 10 de enero de 2020

Como un vientito de verano

Sale con A y a pesar de que al principio se entusiasman ambos con el sexo, algunos gustos musicales y amigos comunes, la pequeña llama ni crece ni dura.
Ni siquiera les sirve para olvidar el dolor último que cada uno arrastra. A ella, las circunstancias la colocan rápidamente en un cruce de caminos con el deseo que es realmente deseado. Él sigue, en apariencia, rumiando gozosamente su último tango.
Con un par de chat y un polvo apurado, dan por finalizado el intento de ...
¿encuentro?

Se cruzan un par de veces, el saludo es algo tenso, como cuando compartimos un secreto con otro que no nos interesa demasiado pero que, entre la gente, se vuelve un obstáculo a la espontaneidad.
Después, el humor y el olvido extinguen lo incómodo y cuando vuelven a cruzarse, es como si nada hubiera pasado. Casi dos extraños que no se caen mal, pero tampoco muy bien.
Telón.

En el siguiente acto, sin embargo, una tercera persona irrumpe en la escena. Entonces ella, que ya no recuerda en su cuerpo las marcas de él, siente un escalofrío que le eriza los pelos, como si él realmente le importara más que lo que le importa.
Y entre los helechos y los agapantus, entre la política y las novelas, avanaza el verano y estos celos se diluyen como un cubo de hielo en un vaso de trago.
Mezcla el limón, apura la bebida, se sube a la bici y se deja acariciar por un viento de verano que trae acordes de un pop de los ochenta que no está nada mal.