Último verano en Stalingrado, novela

martes, 8 de enero de 2008

Permiso para respirar

Al principio, lo único que percibí de ella fue una densidad que no puede traducir bien. A simple vista, si es que tal cosa es posible, hice mi ficha: solterona, un tanto resentida, asustada. Nadie puede sonreír así genuinamente: la mandíbula extremadamente tensa, los labios que se estiran sobre sus dientes amarillos, a pesar de que todas las semanas me pide permiso para ir al dentista. Hola, dice con su voz extremadamente dulce, tan dulce que se hace amarga, como si en lugar de decir hola, cómo estás, dijera: te odio, te envidio, te deseo todo lo de horrible que se te ocurra. Y sigue escribiendo en el teclado, pero enseguida, cuando todavía no he terminado de entrar a la oficina a saludar a los demás, con su voz de suspiro, me dice: vino Fulano, hay que hacer tres carpetas urgentes, le dije que sí, ¿está bien? Tengo un problemita....El uso del diminituvo me pone en estado de alerta: tiene algún turno, se irá temprano, me lo anunciará en secreto, como ocultándose a los otros -aunque probablemente ya lo sepan-, esta vez no sé qué será. Puede ser otra vez la vista, el riñón, una puntada en la cadera derecha, una pequeña astilla voladora que le entró al oído, una interminable recorrida por diversos especialistas. Yo la autorizo rápido, lo más veloz que me sale sin ser descortés, quiero sacármela de encima porque su presencia, ese cuerpo delgado a fuerza de sacrificios, sin embargo, pesa más que los 39 grados de sensación térmica, que mi dolor de cabeza, que el techo del subsuelo. Ella lo sabe. Sabe que el uso de ese tono lastimoso, la expresión de desconcierto frente al nuevo síntoma -el cuerpo le grita de todas las maneras posibles que haga uso de él, que existe, pero ella sigue sorda a los reclamos- le garantizan el permiso. De otra manera me sentiría muy mal, me sentiría la peor jefa y cuenta con eso. Pero no le alcanza con el permiso, quiere mi atención, una atención que reclama como si no estuviera, armando su trampa que consiste en hacerse ver, hacerse notar, exagerando su insignificancia: si todos gritan, ella habla bajito como un gorrión lastimado, si todos comen, ello picotea las migajas de uan media luna que le dura toda la mañana, si los otros discuten acaloradamente, ella calla y conríe y pide permiso para ir al baño, para volver, para usar el teléfono. Cuando no está es como si alguien abriera una ventana al parque más grande la ciudad y entrara todo el viento, la luz y un calor amable que renueva y regocija. Como si todo el espacio que ocupa, con su lastimero andar, se vaciara para dejarse invadir por la tarde y sus aromas de romance, de alegría o de pena, que entran sin pedir permiso. Es porque sus numerosas enfermedades adquieren volumen, se apoderan del espacio y deambulan, como microbios de un loco virus, por el aire que se envicia, aunque ella, claro, no fuma y en cambio tose y nos mira pitar como si la estuviéramos -pobres de nosotros-ahogando.
Hoy hablo con ella por teléfono y hay un tono de reproche que no evita. Yo me marché y ya no tiene, por ahora, a quien pedirle permiso para respirar.

1 comentario:

la vida abierta dijo...

Kafka tiene una advertencia increíble que yo siempre pensé que era especial para los "oficinistas": Hay que cuidarse de las ideas pequeñas de las mentes pequeñas.